Capítulo quinto — Los números no mienten #2
Supe la noticia por Eugenia, que la supo por el grupo, que lo sabía todo antes que nadie: Óscar Beltrán tenía el futuro encarrilado. Un equipo interesado, conversaciones avanzadas, la promesa de ser titular. La firma esperaba al mercado de invierno. Hasta entonces seguiría entrenando con nosotros.
La reacción del vestuario fue una cosa extraña que yo no había visto nunca: la rabia se convirtió en luto.
Mientras la salida de Tata era un rumor abierto, el equipo estaba furioso, y la furia tenía un destinatario cómodo: el de la esquina.
Pero cuando la salida tuvo fecha, cuando la cuenta atrás empezó de verdad, la furia se hizo tristeza, y la tristeza, que es mucho más educada que la furia y mucho más cruel, eligió otro camino: la solemne indiferencia.
Nadie hablaba del tema delante de Pol. Nadie le pedía opinión sobre nada.
Las conversaciones sobre el partido de despedida que le harían a Tata —porque se la harían, eso se sabía desde el minuto uno— se cortaban en seco cuando él se acercaba, con esa elegancia helada de los grupos que deciden que no existes.
Lo vi el miércoles en el comedor: Pol se sentó en su extremo de la mesa, y en el otro extremo, Peralta le estaba enseñando a Jiménez el menú de un restaurante para la cena de homenaje.
Veintidós personas invitadas. La mesa entera lo sabía.
Pol comió su pasta con la sonrisa puesta, pidió la sal que nadie le pasó —se la pasó Aitor, otra vez Aitor, administrando justicia homeopática— y se fue a los veinte minutos con la bandeja impecable.
Yo miraba desde la mesa del cuerpo técnico con un nudo de esófago que no figuraba en ningún manual.
—Se está portando —me dijo Sara, que había seguido mi mirada—. Hay que reconocerlo. Yo habría prendido fuego al comedor en la segunda semana.
—Se está defendiendo —dije—. Es distinto.
—¿Tú le crees?
Pensé en la pregunta. Sara no preguntaba por el comedor.
—Le creo el talento —dije al final—. El resto está por ver.
—Qué respuesta más de ti —dijo Sara—. La mediría con tus aparatos y saldría exactamente equidistante de todo.
Aquella noche le mandé un mensaje a Aitor. No era mi costumbre; con Aitor funcionábamos por canales presenciales. Pero la cosa se estaba poniendo fea de un modo que ya no era vestuario, era clínica: un jugador sometido a estrés sostenido es un jugador que se lesiona, y eso sí era mi departamento.
«Tu vestuario está ejecutando a un compañero por un crimen que firmó la directiva.»
Tardó diez minutos en contestar.
«Lo sé.»
«¿Y?»
«Y no puedo mandarles que le quieran, Marta. Puedo mandarles que le pasen la sal. Es lo que hay. El hielo arregla estas cosas, no yo.»
«El hielo no arregla nada», escribí. «El hielo solo pone el espejo.»
Se quedó escribiendo un rato. Luego:
«Entonces que el espejo trabaje. Y tú vigílame a ese chaval. Me han dicho que le tienes en protocolo. Si hay algo raro, quiero saberlo antes que la prensa.»
Leí el mensaje dos veces. Ahí estaba, servida: la invitación institucional a vigilancia que el protocolo ya me había dado.
Todo el club quería saber lo que yo sospechaba.
Todo el club tenía derecho a saberlo. Y yo seguía en mi ronda de observación, con mis cuatro razones buenas y mi quinta inconfesable, sosteniendo la puerta con el hombro.
«Si hay algo médico, lo sabrás por el canal oficial», contesté.
«Eso me temo», escribió Aitor. Y se desconectó.
El viernes por la mañana tuve a Tata en la camilla.
Venía una vez por semana desde hacía dos años, por la espalda, una artrosis de veterano que se administraba con estiramientos y sentido del humor.
Aquel día trabajé en silencio más tiempo del normal, y fue él el que habló primero, con la cara metida en el hueco de la camilla.
—Estás pensando muy alto, Marta.
—Estoy pensando en tu lumbar.
—Mi lumbar está en su mejor momento. —Se incorporó sobre los codos—. Es por lo del chaval, ¿no?
Dejé las manos quietas.
—Es por todo.
—Pues que no te coma eso. —Tata se sentó en la camilla, despacio, con la mecánica del veterano que sabe dónde le duele—. Mira, yo llevo en este club desde que el hielo se descongelaba con una manguera. Y te digo una cosa: lo que le están haciendo al chico no es justo, pero es necesario.
—¿Necesario?
—El vestuario está de duelo, mujer. Y el duelo necesita un culpable.
Mejor que sea él, que está curado de espantos, que uno de los chavales.
—Se encogió de hombros, la espalda crujiendo—.
Además, es bueno. Es muy bueno. En dos meses le querrán.
La gente quiere a los que meten goles, es una ley más vieja que yo.
—¿Y tú? ¿Tú le quieres?
Se quedó mirando la pared un momento.
—Yo le vi jugar en la Cerdanya cuando tenía diecinueve años —dijo—. Me quitó el puesto en una convocatoria. Justo no es la palabra. —Me miró—. Pero no fue él el que firmó mi baja, Marta. Fue la cuenta. Las cuentas no tienen cara, y por eso la gente necesita ponérsela a alguien.
Se bajó de la camilla, se puso la chaqueta, y en la puerta se giró.
—Cuando me vaya, cuida tú de esta casa. Que a mí me quedan dos telediarios aquí y a ti te queda la vida. —Se le escapó la sonrisa—. Y dile a la Grada que la canción me la vayan guardando. Para cuando vuelva.
—¿Vas a volver?
—Todo el mundo vuelve, Marta. Lo que no sabemos es en qué equipo.
Se fue. Me quedé con el olor a linimento y una frase dándome vueltas: fue la cuenta. Dos veces en un mes me decían lo mismo con distintas palabras, y las dos veces la cuenta tenía un número de dorsal y una taquilla con dos agujeritos.
El sábado jugamos fuera, un desplazamiento largo al norte, y yo viajé con el equipo como siempre: botiquín, camilla plegable y el sitio reservado detrás del banquillo.
El partido fue un partido de octubre: trabado, frío, con el hielo rápido de los pabellones del norte y un rival que defendía con once jugadores.
Ganamos por uno con un gol de Brett en el tercer periodo, y Pol dio la asistencia, un pase de espaldas que no entraba en ninguna estadística de duda.
Desde el banquillo le observé los turnos con ojo clínico. Dosificaba. Cargaba poco, descargaba rápido, evitaba la banda derecha en las entradas al contragolpe. Lo hacía tan bien que solo se notaba si llevabas tres semanas midiéndole, y en ese pabellón solo yo llevaba tres semanas midiéndole.
Fue en el descanso del segundo periodo cuando le vi.
Estaba de pie en la zona de prensa, al otro lado de la pista, con una libreta en la mano y sin apuntar nada en ella.
Gonzalo Feijóo. Cuarenta y tantos, abrigo caro, la cara más conocida del periodismo deportivo de invierno y el hombre que le debía a Sara tres años de guerra fría por un asunto que ella nunca me contó entero.
No era raro verle en un partido de hockey; cubría lo que le dejaban cuando el fútbol no le necesitaba.
Pero no miraba el partido. Miraba el banquillo.
Miraba, concretamente, la esquina del banquillo donde se sentaba Pol entre turno y turno, con la atención quieta de los fotógrafos de naturaleza.
Le perdí de vista en el tercer periodo. Al final del partido ya no estaba.
—¿Has visto quién ha venido? —le dije a Sara en el autobús de vuelta.