Capítulo cuarto — La última percha #2
Me enteré de la historia del dibujo por el utilero, que era una enciclopedia con mono de trabajo.
La niña se llamaba Vera, nueve años, hija de Raúl y de un matrimonio que no había sobrevivido a la segunda rodilla.
Le tocaba dos fines de semana al mes, y esos fines de semana Raúl llegaba al lunes con otra cara, más cansado y más contento, con la cara de las vueltas de los partidos que importan.
El dibujo lo cambiaba cada temporada; el de portero era el de este año.
«La niña dice que el portero es el que menos corre», me explicó el utilero con una carcajada.
«Y el abuelo lo ha puesto ahí tan orgulloso. »
Raúl no entrenaba con el equipo; seguía en rehabilitación, con su rodilla y su calendario.
Pero venía todos los días, se ponía a hacer bicicleta en el gimnasio contiguo con la puerta abierta, y desde ahí administraba el vestuario como un alcalde jubilado que no suelta la plaza.
Saludaba a todos. Preguntaba por todo. Una tarde me encontró solo en la sala de fuerza, se sentó en la máquina de al lado y estuvo veinte minutos hablándome del tiempo, de la pista, de la horchata, sin acercarse ni un centímetro al tema.
Cuando se fue, me di cuenta de que había venido a verme.
El alcalde jubilado haciendo visita institucional al barrio conflictivo.
Le vi hacer su rutina completa una mañana, desde la puerta: cuarenta minutos de bicicleta, luego la mesa de ejercicios, luego la bolsa de hielo en la rodilla, quince minutos mirando al techo con la paciencia triple de su historial.
No se quejó ni una vez. Ni una. Los jugadores jóvenes se quejan por oficio; los que se han roto de verdad ya no, porque saben exactamente lo que cuesta cada minuto de silencio.
Reconocí en él algo que no me gustó reconocer: la contabilidad exacta del dolor.
Raúl llevaba las cuentas de su rodilla igual que yo llevaba las de mi hombro, con la diferencia de que él las enseñaba y yo las escondía.
—Tu hombro —me dijo al salir, desde la puerta, sin venir a cuento—. Cuida ese hombro. En este club los hombros tienen mala prensa.
Y se fue. Me quedé con la mancuerna a media altura y el pulso a ciento treinta. Casualidad, me dije. Los veteranos hablan de hombros como los marineros hablan del tiempo. Casualidad.
El grupo de WhatsApp, «El Autobús», siguió toda la semana con su curioso sistema de comunicación unidireccional: ellos hablaban, yo leía.
Se organizaban cenas, se pasaban vídeos, se mofaban de los entrenamientos de Vicho con la libertad de la confianza vieja.
Mi mensaje de presentación seguía ahí arriba, con sus veintitrés vistos y sus cero respuestas, como una lápida digital.
El jueves alguien publicó una foto de la cena del miércoles, una cena de equipo a la que no se me había invitado porque, según supe después, «se organizó en el grupo pequeño».
Había un grupo pequeño. Claro que había un grupo pequeño.
Siempre hay un grupo pequeño; la primera regla de los grupos pequeños es que no te enteras de que existen hasta que ves la foto.
Lo curioso es que no me dolió tanto como debería. Llevaba meses entrenándome para no necesitar a nadie; era la disciplina del que juega con una sola carta. Lo que no había previsto era que la soledad, cuando por fin la consigues, viene con eco incluido.
El sábado, treinta de septiembre, llegó mi segundo partido en casa y mi primer gol.
Lo recuerdo entero, porque los goles que se meten en deuda se recuerdan con otra tinta.
El partido había sido feo durante dos periodos, de esos que se juegan en la zona media con más empuje que idea, y el rival —un equipo de media tabla con más oficio que talento— se había adelantado en el segundo con un gol de rebote que dejó la pista en un gruñido.
Empatamos al poco de salir del vestuario, en una jugada de estrategia que Vicho llevaba dos semanas machacando, y el tercer periodo fue un asedio sin premio.
La Pista Norte empujaba con ese ruido sordo de las gradas pequeñas: setecientas personas, poco más de la mitad del aforo, pero bien colocadas, con la Grada Norte al mando de la acústica y su bombo marcándonos el pulso a todos.
Yo había pasado los dos primeros periodos dosificando, que era mi manera de jugar aquel año: turnos cortos, intensidad administrada, nada de cargas que obligaran al brazo a frenar contra un defensa de cien kilos.
Pero en el tercero, con el empate y el partido pudriéndose, Vicho me miró desde el banquillo y me hizo la señal. Salta. Y salté.
Aitor robó un disco en medio del hielo, me lo puso en la media luna, y yo hice lo único que sé hacer sin pensar: amague de muñeca, medio metro, y el tiro raso pegado al poste que el portero no llegó a ver.
El ruido subió como sube el agua en una bañera. Me giré hacia la grada con los brazos medio abiertos, y durante un segundo —uno solo— fui el fichaje estrella del que hablaban los comunicados.
Los compañeros llegaron a abrazarme en orden y con corrección: primero Aitor, con el choque de cascos reglamentario; luego la línea, luego el banquillo.
Fue una celebración bien ejecutada y fría como un trámite.
Nadie me tiró del pelo. Nadie me gritó nada al oído.
En la Cerdanya, los goles se celebraban como bodas gitanas: allí era felicidad, aquí era notificación.
Pero la Grada Norte, benditos sean, cantó.
Sesenta tipos en el fondo norte con bufandas azules y un bombo que sonaba a corazón grande.
No cantaron mi nombre; cantaron lo suyo, lo de siempre, lo que cantaban para cualquiera que vistiera la camiseta: «Hielo en las venas, hielo en las venas», a tres voces, con el pabellón entero siguiéndoles la última línea.
No era para mí. Era para el gol. Pero yo lo cogí prestado, me lo puse debajo del casco, y supe que era lo primero auténtico que me daba ese club desde que llegué.
Ganamos por uno, al final, y en el vestuario hubo cervezas y música y hasta dos frases dirigidas a mí.
Brett me dedicó un «buen tiro, nuevo» con la naturalidad de pagar una deuda pequeña.
Kuba asintió desde su taquilla. Aitor no dijo nada, pero al salir me golpeó el hombro izquierdo con el puño, el izquierdo, y siguió andando.
Lo anoté todo en el fichero: la mesa empezaba a pagar alguna apuesta.
Vicho hizo su discurso de victoria, que consistía en tres frases gritadas y una bofetada de afecto en la nuca de cada uno. Cuando le tocó a la mía, me retuvo un segundo más.
—¿Ves? —me dijo—. Manual de instrucciones. Página uno.
—¿Y la página dos?
—La página dos la escribes tú, lumbrera. —Me dio otra bofetada, esta vez más suave, que en su escala era un abrazo—. Buen gol. De los que valen tres puntos y medio vestuario.
Sara pasó por el vestuario con la tablet, recogiendo declaraciones para la web, y me hizo la entrevista más corta de mi vida: dos preguntas, treinta segundos.
«El gol, muy contento, pero del equipo.» «La afición, increíble, se nota en los terceros periodos.
» Mentiras técnicamente correctas. Cuando apagó la grabadora, me miró con esa cara de haber leído el borrador.
—Sigue así y en diciembre te hacen una canción —me dijo.
—¿Eso es una promesa del departamento?
—Es una estadística —dijo—. Aquí le hacen canción a todo el que marca dos goles importantes. La Grada Norte es así: tardan en quererte, pero cuando te quieren, te quieren con letra y con estribillo.
Me quedé después de que se fuera el último. Dije en el vestuario que me esperaba un amigo para cenar, mentira piadosa, y cuando el pabellón se quedó en silencio volví al hielo.