Capítulo cuarto — La última percha
Un vestuario no es una habitación. Es una carta que se reparte sola.
Al miércoles siguiente ya me sabía la geografía de memoria, porque no tuve más remedio que aprenderla: cuando nadie te habla, el mobiliario se convierte en tu interlocutor.
El vestuario del Árticos se organizaba por órbitas, igual que los sistemas solares.
En el centro, alrededor de la mesa de los masajes, los titulares: Aitor con su taquilla ordenada como un estado mayor, Kuba con sus cosas apiladas en montoncitos checos y precisos, Brett con la taquilla convertida en altar de fotos de su perro.
Cerca de las duchas, los veteranos de la casa, los del ascenso, con las chanclas gastadas y las historias largas.
Junto a la puerta, los chavales del filial, que abrían y cerraban sus taquillas con la reverencia del recién llegado que no acaba de creer que le dejen usarlas.
El mapa se había reordenado aquel verano, me explicaron: el capitán al centro, los veteranos a su lado, la esquina para el que llegaba. Y en la esquina del fondo, al lado del armario de las toallas limpias y debajo de un tubo fluorescente que parpadeaba los días impares, estaba yo.
El miércoles hubo entrenamiento de líneas, el primero con las combinaciones de verdad, y ahí me enteré oficialmente de lo que ya sabía por el rumor de los corros: Vicho me ponía en la segunda línea, con Brett y un centro de la casa llamado Carmona, veinticuatro años y una cara de no haber roto nunca un plato.
No era la primera línea. Era un mensaje con forma de alineación: aquí se empieza desde abajo, hasta los que vienen con veintiocho goles en el currículo.
Lo acepté con la mejor de mis sonrisas. En el póker, la peor respuesta a una provocación es parecer provocado.
El entrenamiento salió bien. Brett y yo nos entendimos en el hielo desde el primer pase, porque el talento no sabe de funerales: yo le ponía el disco donde él ni sabía que lo quería, y él me devolvía pases que en la Cerdanya me habrían costado una temporada de mimos.
Al final de la sesión, Vicho me llamó aparte con el silbato.
—Tú —me dijo, señalándome con el dedo—. Tienes gol. Eso no se entrena. Lo demás sí: defiende más, que aquí hasta los extremos defienden, y no me regales ni un pase horizontal en zona propia. ¿Enterado?
—Enterado, míster.
—Y otra cosa. —Bajó la voz, que en él era como bajar un terremoto a siete grados—. Lo del vestuario se arregla ganando. No hay otro manual. Mete goles y ya verás qué pronto aprenden tu nombre.
Se dio la vuelta y siguió silbando. Me quedé pensando que Vicho y Aitor me habían dicho lo mismo en dos idiomas distintos: la pista te juzga, los goles te absuelven.
Era un tribunal con una sola ley y yo conocía el reglamento.
Lo que ninguno de los dos sabía era que mi brazo tenía fecha de caducidad y el calendario no patinaba.
Mi taquilla era funcional. Percha, estante, banquillo.
Le faltaba de todo y le sobraba ubicación.
Desde ella se veía todo el vestuario sin ser visto, que es la única ventaja de los exiliados: la visibilidad.
Yo había jugado bastante al póker en viajes de autobús como para saber que el sitio desde el que se ve toda la mesa nunca es el centro.
A mi izquierda, a dos metros de distancia prudencial, seguía la taquilla vacía.
La chapa había desaparecido ya. Alguien, imagino que el utilero, la había desatornillado una mañana, y en su lugar quedaban dos agujeritos y un rectángulo de pintura más limpia que el resto, una silueta de nombre ausente.
La taquilla de Óscar Beltrán estaba vacía, limpia, disponible, y nadie se sentaba en ella.
Nadie dejaba una bolsa encima. Nadie apoyaba ni un codo.
El primer día un chaval del filial dejó su botella de agua en el banquillo de esa taquilla, distraído, y un veterano se la quitó con dos dedos y se la devolvió sin decir nada, con esa delicadeza de los funerales. El chaval no volvió a acercarse.
Era la última percha del vestuario, y estaba ocupada por un fantasma.
El jueves, antes del entrenamiento, alguien dejó una corona de flores de broma junto a la taquilla vacía.
No fue crueldad; fue lo contrario. Eran cuatro flores de plástico de esas de gasolinera y una nota escrita a rotulador: «Siempre en nuestra línea.
» La pusieron los veteranos del ascenso, me enteré después, los mismos que no me dirigían la palabra.
Las despedidas en los vestuarios son liturgias privadas con puertas de cristal: todo el mundo las ve, nadie está invitado.
Yo miré la corona desde mi esquina y entendí que aquella taquilla no se iba a reasignar nunca.
La iban a enterrar en vida, con nombre y todo, y algún día, cuando el año hubiera pasado, la vaciarían en silencio una mañana y nadie hablaría de ello.
Los clubs son así: no olvidan; archivan.
Aquella semana me dediqué a hacer lo que sé hacer cuando las cartas no me favorecen: estudiar a los jugadores. Toda mesa tiene su gramática, y aquella mesa era legible como un manual. Fui archivándolos uno a uno, con la ficha mental de siempre: qué enseñan, qué esconden, qué les duele.
Aitor jugaba al ajedrez. Se le notaba en todo: en la manera de no desperdiciar movimientos, en cómo colocaba a la gente con la mirada, en que jamás hablaba para rellenar.
Aitor pensaba tres jugadas por delante y te castigaba la primera.
Yo no juego al ajedrez; yo juego al póker, que es el mismo juego pero con gente mintiendo encima.
Entre él y yo había una frontera de estilo, no de nivel, y ambos lo sabíamos.
Era el único del vestuario que me trataba con la distancia exacta: ni hostil ni cálida.
Profesional. Me pareció el peor rival y el mejor capitán de la sala, y me fastidié por las dos cosas.
Kuba Novotný era una roca checa de treinta y cuatro años que hablaba poco y faltaba menos. Su farol era no tener farol: decía siempre la verdad, pero tan despacio y con tan pocas palabras que nadie sabía qué hacer con ella. Me caía bien contra mi voluntad.
Brett Callahan era el corazón visible del vestuario, un canadiense de risa fácil que convertía cualquier conversación en espectáculo.
Conmigo llevaba diez días practicando la amabilidad a distancia: chistes lanzados al aire, para el grupo, que si yo recogía bien y si no también.
Un día soltó uno bueno, de verdad bueno, sobre los porteros y sus conversaciones con los postes, y yo me reí antes de poder evitarlo.
Brett se giró, me miró sorprendido, y asintió, anotando un resultado.
Al día siguiente me pasó la sal. No dijimos nada. La sal es una moneda.
Iván Redondo, el portero, vivía en su propia jurisdicción, como todos los porteros.
Llegaba, se ponía la armadura, paraba cosas, se la quitaba, se iba.
En el vestuario apenas hablaba; en el hielo tampoco; en la portería era un muro con acento madrileño.
Le observé una semana y solo conseguí ficharle un rasgo: antes de cada entrenamiento tocaba el larguero dos veces con la punta del stick, siempre igual, izquierda-derecha.
Los porteros no son supersticiosos; son religiosos.
Carmona, mi centro, era un jugador distinto según dónde lo miraras: en el hielo, listísimo, de esos que nacen sabiendo dónde va a estar el disco; en el vestuario, transparente, de esos que nacen sin saber dónde ponerse.
Conmigo era cordial en el hielo e invisible en la mesa del comedor.
No le guardé rencor: los jugadores de su edad no deciden a quién quieren, deciden a quién temen, y él temía al centro de la sala.
Los veteranos del ascenso formaban un bloque compacto y legible: Peralta, el de los bigotes; Jiménez, el de las anécdotas; dos o tres más que habían subido juntos desde segunda y se trataban como hermanos de mili.
Con ellos no había farol que valiera: no odiaban al nuevo, odiaban lo que el nuevo significaba, que es una clase de odio mucho más honesta y mucho más difícil de desactivar.
En el póker se juega contra las cartas de los demás, no contra sus duelos.
Yo archivé el bloque entero en la carpeta de «tiempo»: había mesas que solo se ganaban esperando.
Y los chavales del filial, tres, con las taquillas junto a la puerta y los ojos como platos.
Esos sí me miraban. Me miraban cuando creían que no lo notaba, con la fascinación de ver de cerca a alguien que ha salido en la tele.
Uno de ellos, un gallego de diecinueve años, me pidió un día, con la voz bajísima, que le enseñara «el amague ese de la muñeca».
Se lo enseñé en diez minutos, después del entrenamiento, y se fue tan contento que me dio vergüenza lo poco que me había costado.
Al día siguiente, el gallego me dejó un bote de bebida isotónica en la taquilla.
Sin nota. La primera generosidad del club me llegó de un chaval que todavía no sabía que estaba prohibido quererme.
Y Raúl Cuesta. El abuelo. Treinta y seis años, la rodilla envuelta en una funda que era ya parte de su anatomía, y una taquilla que era el único museo de la sala: encima de la percha, pegada con cinta adhesiva, tenía una hoja de libreta con un dibujo de un jugador de hockey hecho por una niña.
El jugador era un palo con casco, el disco era un punto negro desproporcionado, y arriba, en letras de imprenta torcidas: «PAPÁ PORTERO DE LOS BUENOS».
Que Raúl fuera defensa, y no portero, no parecía importarle a la artista ni a él.