Capítulo tercero — Protocolo #3
—Lo que hay que hacer —repitió Raúl—. Mira, Marta, yo llevo veinte años en esto y he visto irse a muchos.
Pero hay maneras. A Tata le han dado un comunicado compartido y una taquilla vacía.
—Se ajustó la funda de la rodilla—. Cuando me toque a mí, y me va a tocar pronto, espero que al menos me dejen despedirme del hielo.
—A ti no te toca —dije—. A ti te toca diciembre. La licencia plena. Céntrate.
—Diciembre —dijo, y se palmeó la rodilla—. Oye, si la ciencia lo dice.
Volvió a su prensa. Yo volví a mis vendas. Y en la esquina, Pol Ferrer seguía con sus pesos libres, de espaldas a todos, levantando con el brazo izquierdo el doble de repeticiones que con el derecho, con disimulo elegante, tan seguro de que nadie contaba.
Yo estaba contando.
El domingo por la noche, en casa, abrí el portátil y me puse con los datos de la semana.
Era mi ritual de domingos: volcar las hojas de registro, actualizar la hoja de cálculo, mirar las tendencias.
La ficha de Pol Ferrer ocupaba ya su propia pestaña, con las mediciones del reconocimiento y las dos primeras sesiones del protocolo.
Fuerza de rotadores externos. Hombro izquierdo: referencia individual, plena. Hombro derecho: doce por ciento por debajo.
Doce por ciento.
Me quedé mirando la cifra con la taza de tila fría en la mano.
El ruido articular, el historial vacío, el slap shot que no existía, los cuarenta y dos grados clavados dos veces.
Doce por ciento es menos del quince que marca el umbral de alarma de cualquier protocolo de retorno al juego.
Está, técnicamente, dentro del margen de error de un dinamómetro manual con un paciente que coopera.
Cualquier colega habría firmado esa diferencia sin levantar la vista del café.
Pero yo ya había visto este número antes, en otro formato. Cuarenta y dos grados era un aprobado raspado. Doce por ciento era otro. Dos aprobados raspados en la misma semana, en el mismo hombro, en un jugador que llevaba once semanas libre sin que nadie le llamara.
Hice lo que se hace en estos casos: buscar la explicación inocente antes que la culpable.
Puede ser dominancia: los diestros suelen ser más fuertes del lado dominante, no más débiles; eso iba en contra de la inocencia.
Puede ser desuso: once semanas sin competición bajan la fuerza; pero el izquierdo habría bajado igual, y no lo había hecho.
Puede ser dolor inhibido: el sistema nervioso recorta la fuerza para proteger una estructura dañada.
Eso encajaba con todo. Encajaba demasiado bien.
El dolor inhibido es la firma autógrafa de una lesión que el paciente no declara.
Y sin embargo no era un hallazgo. Era una probabilidad.
El protocolo me pedía reportar hallazgos, y yo no tenía ninguno: tenía un hombro que aprobaba, una asimetría que no se podía fotografiar y una corazonada con formación académica.
Reportar una corazonada contra el fichaje más caro de la historia del club, en la semana en que medio vestuario lo odiaba, no era medicina: era dinamita con bata blanca.
Me quedé un rato largo mirando la pantalla, sopesando algo que no se puede pesar: la distancia entre sospechar y saber.
En la facultad nos lo enseñaban con una frase de manual: «La ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia.
» Lo que no te enseñan es la frase gemela, la que se aprende ejerciendo: la evidencia de presencia tampoco llega sola.
Hay que ir a buscarla. Y buscarla, a veces, es ya una decisión.
Decidí seguir midiendo. Una semana más. Dos.
Tres mediciones iguales son una tendencia, y una tendencia sí es reportable, sí se puede poner delante de un cuerpo técnico sin que te acusen de bruja.
Era una decisión clínica razonable. Lo razonable es lo último que se cuestiona uno, y debería ser lo primero.
Abrí la libreta de tapa dura y escribí la fecha y la línea nueva:
«Semana 1 protocolo. Fuerza RE derecha −12% vs izquierda. Dentro de margen.»
Me quedé pensando. Luego añadí:
«Dentro de margen dos veces es una distribución. Las distribuciones no mienten; los pacientes, a veces.»
Cerré la libreta. Apagué el portátil. Me quedé un momento a oscuras, con las manos en la tapa, haciendo lo que no se debe hacer: imaginarme el informe que todavía no podía escribir.
«Jugador presenta déficit de fuerza en rotadores externos de hombro derecho compatible con inhibición dolorosa.
Se recomienda ampliar estudio.» Veintiséis palabras.
El fin de la temporada de alguien, en veintiséis palabras.
Las guardé en la cabeza, sin fecha, junto a la carpeta que ya no cabía en «observación» y todavía no merecía «problema».
Me fui a dormir con la desagradable certeza de que mi protocolo de integración médica se había convertido, sin que yo lo firmara, en otra cosa: en una vigilancia. Y con la certeza todavía más desagradable de que Pol Ferrer, que sonreía tanto y tan bien, sabía perfectamente que yo vigilaba.
Era su manera de jugar, supongo. Y estaba empezando a ser la mía.