El traspaso (Los del hielo 2) Capítulo tercero — Protocolo #2
16%

Capítulo tercero — Protocolo #2

El sábado hubo entrenamiento vespertino y yo me quedé a verlo desde la banda, cosa que hacía de vez en cuando para observar gestos técnicos con carga real.

El vestuario tenía razón en una cosa: Pol Ferrer era bueno de verdad.

No de estadística, de verdad. Veía el juego un segundo antes que los demás, escondía el pase detrás de la cadera, y tenía esa manera de los grandes de parecer que patina despacio cuando va más rápido que nadie.

En la parte de finalización marcó tres goles y celebró cada uno con una discreción tan estudiada que daba más rabia que un baile: sabía que en ese vestuario hasta la alegría tenía que pedir permiso.

Lo que el vestuario no veía, o no quería ver, era el epílogo.

Cuando Vicho dio por terminada la sesión y el equipo se fue a las duchas, Pol se quedó en el hielo.

Recogió discos. Se puso a lanzar a portería vacía desde la frontal, solo, con la luz de los focos ya a media intensidad.

Una hora. Me quedé en la sombra del túnel mirando, con la excusa profesional de la observación y la excusa real que no me apunté en ninguna hoja.

Desde el túnel se veía toda la pista y se oía todo el edificio.

Oí las duchas apagarse, las puertas del vestuario, los motores del aparcamiento.

Oí a la Grada Norte irse con las bufandas y con la conversación de bar que traían de serie.

Y oí los tiros de Pol, uno cada veinte segundos, regulares como un metrónomo, contra la portería vacía.

Lanzaba siempre igual. Recepción, media vuelta, tiro de muñeca.

Nunca de slap, nunca cargando el hombro por encima de la cabeza.

Un delantero con su repertorio debería abusar del slap shot en los entrenamientos libres; es el tiro vistoso, el que se entrena solo por gusto.

Pol Ferrer lanzaba de muñeca como si el reglamento le prohibiera el viento.

Hice memoria de los partidos que le había visto la temporada pasada, los dos cruces contra la Cerdanya.

Recordaba un slap suyo desde la línea azul, un misil que levantaba a la grada.

Lo recordaba porque Aitor lo había comentado en una revisión: «Este tío no debería poder pegarle así con esa mecánica.

» Abrí el teléfono, busqué el resumen de aquel partido, adelanté el vídeo.

Ahí estaba: marzo, Pol Ferrer cargando el slap con el hombro derecho por encima de la oreja, todo el brazo en arco, el gesto amplio del pegador de verdad.

Lo rebobiné. Lo volví a ver. Luego miré por el túnel al hombre que ahora, en septiembre, lanzaba de muñeca con el codo pegado al cuerpo, y la diferencia entre los dos gestos era un abismo de cinco meses y ninguna explicación oficial.

Guardé el teléfono. En mi cabeza, la carpeta de «observación» se movió sola hacia el cajón de «problema». No la dejé llegar. Todavía no.

Sebas entró con la máquina a las ocho y media.

El viejo aparcó junto a la banda y se quedó esperando, con la paciencia geológica de un hombre que llevaba cuarenta años esperando a que los jugadores se larguen del hielo.

Pol le vio, recogió sus discos en silencio, le dedicó un gesto de disculpa y desapareció por el túnel.

Sebas se quedó mirando las marcas de los patines un momento largo. Luego arrancó la máquina.

Pasé por su lado al salir.

—Se ha quedado hasta tarde, el nuevo —dije.

—Sí —dijo Sebas—. Los que se quedan hasta tarde o tienen mucha hambre o tienen mucho que callar.

—¿Y usted qué opina?

—Yo no opino, doctora. Yo riego. —Arrancó la máquina—. Pero el hielo se queda con todo. Eso le puedo decir.

Me fui a casa con esa frase dándome vueltas, que es lo que pasa con los viejitos de los clubs: sueltan una línea y te la cobran en insomnio.

El domingo por la tarde, Tata vino al gimnasio.

La semana había seguido su curso de hielo recién cortado: lisa por fuera, con las marcas debajo.

En el comedor del club, la mesa larga se había reorganizado sola con la crueldad hidráulica de los grupos: Pol en un extremo, con dos sillas vacías a cada lado como si fuera contagioso, y el resto comprimido en el otro extremo, donde las conversaciones eran más altas de lo natural y las risas sonaban a declaración.

Yo comía con el cuerpo técnico, en la mesa de en medio, y desde ahí se veía la geometría entera.

Aitor comía despacio, con la vista en el plato, y una sola vez, cuando Pol pidió la sal y nadie se la pasó, alargó el brazo y se la acercó él mismo sin mirarle.

Un gesto de capitán. Pequeño, medido, definitivo.

Aitor no perdonaba ni condenaba: administraba justicia en dosis homeopáticas.

Lo supe porque estaba haciendo mi revisión semanal de Raúl cuando entró por la puerta de la sala de fuerza, con su bolsa de siempre y su cara de siempre, y la sala entera —Raúl, dos chavales del filial, el preparador— hizo ese silencio torpe de las despedidas que no terminan de ocurrir.

Tata seguía entrenando con el equipo. Vicho se lo había permitido: hasta que encontrara club, podía usar las instalaciones y unirse a las sesiones para no perder la forma.

Era una decisión humana y probablemente correcta, y era también, cada día, un cuchillo de mantequilla abriendo la misma herida.

Raúl dejó la prensa y le dio un abrazo sonoro.

—¿Cómo va la búsqueda? —le oí preguntar.

—Hay cosas —dijo Tata—. Segunda, algún equipo que quiere veteranía. Ya veremos.

—Te tienes que quedar cerca.

—Ya lo sé —dijo Tata—. Eso digo yo.

Se puso a trabajar en una bicicleta, con la cabeza gacha y la cadencia constante de un hombre que había hecho de la constancia una religión.

Y entonces pasó lo que tenía que pasar: la puerta del gimnasio se abrió y entró Pol Ferrer, que venía a hacer no sé qué ejercicio de recuperación, y el gimnasio entero se congeló dos grados.

Lo vi todo desde mi esquina de las bandas elásticas.

Pol frenó un medio segundo en la entrada, calculó la sala como se calcula una mesa, y se fue a la esquina más lejana a ponerse con unos pesos libres.

Tata no levantó la vista de la bicicleta.

Nadie dijo nada. Los chavales del filial miraron al suelo.

Raúl volvió a su prensa con la cara de aguantar una ventolera.

Y durante veinte minutos los dos hombres de la misma taquilla, el que se iba y el que había llegado, compartieron una sala de cuarenta metros cuadrados sin cruzar una palabra, una mirada, ni siquiera un espejo.

Cuando Tata terminó, recogió su toalla y salió. Al pasar junto a la puerta se encontró conmigo y me dedicó una sonrisa pequeña.

—Cuídales, Marta —me dijo—. Que son buenos chicos. Todos.

Todos. Se fue con la bolsa al hombro y la espalda recta, y a mí se me quedó esa palabra pegada al pecho como una espinilla.

Raúl se quedó mirando la puerta un rato, con la rodilla envuelta en la funda negra y las manos en la cintura.

—Tres años compartiendo línea —dijo, más para sí que para mí—. Tres años. El tío que te cubría la espalda sin mirar. Y ahora entrena a las horas raras para no estorbar.

—Está buscando equipo —dije—. Es lo que hay que hacer.