El traspaso (Los del hielo 2) Capítulo tercero — Protocolo
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Capítulo tercero — Protocolo

El protocolo llegó a mi mesa el viernes por la mañana con membrete, dos firmas y el tufillo inconfundible de las decisiones tomadas en un despacho con humo de café.

Lo leí dos veces. La parte de la «incidencia lesiva de la temporada anterior» era una verdad tan elástica que me entraron ganas de medirla con el goniómetro: el año pasado tuvimos exactamente dos lesiones largas, y una de ellas fue la rodilla de Raúl, que no había manera humana de prever.

Pero entendía el idioma en que estaba escrito.

Segunda temporada en la élite. Directiva acojonada.

Un fichaje estrella que había que amortizar y al que había que vigilar.

Y, sobre todo, un vestuario incendiado al que convenía darle una noticia administrativa que sonara a control y no a castigo.

El jugador de nueva incorporación era, por ahora, uno solo. Pol Ferrer. El protocolo era un marco institucional con una sola silla dentro.

Había una cláusula más, la última, redactada con la letra pequeña de siempre: «La persona evaluadora mantendrá en todo momento la neutralidad clínica y tendrá obligación de reportar al cuerpo técnico cualquier hallazgo que pueda afectar a la disponibilidad del jugador.»

La subrayé mentalmente. Obligación de reportar.

Neutralidad clínica. Era la cláusula correcta, la que yo misma habría escrito, la que sostiene todo el edificio de la medicina deportiva: el fisio trabaja para el jugador pero responde ante el equipo.

La leí, la asentí y la archivé. Entonces no podía saber que aquella frase iba a convertirse en la cuerda de la que colgarían mis siguientes tres meses.

Vicho me citó a las nueve en su despacho para comunicármelo en persona, porque Vicho creía que las malas noticias se dan de cara y las buenas también.

Cuando entré, JR estaba allí también, apoyado en el marco de la ventana con los brazos cruzados, y eso me confirmó que el papel no era de Vicho: era de la casa.

—Tres sesiones por semana, Marta —me dijo Vicho, con las manos como platos encima de la mesa—. Quiero a ese chaval radiografiado. Físicamente, quiero decir. Lo otro es cosa mía.

—El reconocimiento de incorporación salió limpio —dije.

—El reconocimiento de incorporación es una foto. Tú me haces la película.

—¿Alguna sospecha concreta?

Vicho se rascó la nuca.

—Ninguna —dijo, y luego, con la honestidad de los entrenadores viejos—: Pero es que nadie me explica por qué un jugador así estaba libre en septiembre. Nadie. Ni JR, ni Balaguer, ni el mercado. Y cuando nadie te explica algo, el algo suele estar en la letra pequeña del cuerpo.

—El club ha hecho una inversión —dijo JR desde la ventana, sin girarse—. Las inversiones se protegen. No es sospecha, Marta, es contabilidad. Queremos saber qué hemos comprado, con el detalle minucioso de una casa que no puede permitirse sorpresas.

—Lo que compraron fue un extremo de veintiocho goles —dije—. Eso ponía en el comunicado.

—El comunicado lo escribimos nosotros —dijo JR, y entonces sí se giró—. Tú escribes otra cosa. Por eso te ponemos a ti y no a un aparato.

Le miré con respeto renovado. Los entrenadores de la vieja escuela no saben de goniómetros, pero saben de personas, que es el otro goniómetro.

—La película —repetí—. De acuerdo. Pero quiero constancia: el protocolo me obliga a reportaros cualquier hallazgo. Si encuentro algo, lo vais a saber el mismo día.

—Eso quiero —dijo Vicho—. Eso es exactamente lo que quiero.

—Y una cosa más —dije—. Tres sesiones semanales con el mismo fisio crean vínculo. Es inevitable y es útil: los pacientes se relajan y los cuerpos relajados informan mejor. Pero que nadie malinterprete la frecuencia. Ni el cuerpo técnico, ni el vestuario, y desde luego el propio jugador.

—Por eso está la cláusula —dijo JR—. Neutralidad clínica. Tú reportas, nosotros decidimos. Todo el mundo en su casilla.

Anoté la frase. Me la iba a recordar muchas veces.

Salí del despacho con el protocolo bajo el brazo y la sensación de haber firmado algo más grueso de lo que pesaba el papel. En el pasillo me crucé con Eugenia, que llevaba una pila de acreditaciones y cara de haber dormido mal por culpa ajena.

—Marta —me dijo, bajando la voz—. Una cosa. Ayer un fotógrafo de agencia preguntó en recepción si el club tenía prevista «actividad médica» con el nuevo fichaje. Así, con esas palabras. Le dije que no teníamos actividad médica, que teníamos fisio como todo el mundo.

—¿Y qué más le dijiste?

—Que el agua del dispensador estaba al final del pasillo —dijo—. Soy becaria, no tonta.

Le di las gracias y seguí mi camino. Un fotógrafo preguntando por actividad médica en la primera semana. Lo archivé en la misma carpeta mental que los cuarenta y dos grados. La carpeta empezaba a tener grosor.

La primera sesión fue aquel mismo viernes por la tarde, y Pol Ferrer entró en mi consulta como se entra en un casino ajeno: mirándolo todo, sonriendo de medio lado, con las manos en los bolsillos.

—Doctora —dijo—. Mi partida semanal, ¿no? Tres por semana, me han dicho. Usted sí que sabe valorar a un cliente.

—Siéntese. Quítese la camiseta.

—Qué directa. Ni una copa primero.

—Soy muy romántica con la columna vertebral. Camiseta fuera.

Se quitó la camiseta con teatralidad de anuncio y se sentó en la camilla.

Empecé la exploración de control: la batería de hombro que ya le había hecho en el reconocimiento, más movilidad de cadera, más cadena posterior.

Trabajaba en silencio, que es como se trabaja mejor, y él soportó el silencio exactamente cuarenta segundos.

—¿Sabe que es la única persona de este club que me habla sin que le paguen por ello?

—Me pagan por ello.

—Ya —dijo—. Por eso lo digo.

Seguí midiendo. Rotación externa derecha: cuarenta y dos grados. Otra vez cuarenta y dos. Apunté el dato sin variar la cara.

—El vestuario es un ecosistema —le dije—. Usted ha llegado ocupando el nicho de otro animal. Es normal que le gruñan.

—No me gruñen. Peor. Me ignoran con una educación exquisita. Es como estar muerto pero con taquilla.

—Bienvenido a la terapia de exposición. Dentro de un mes le gruñirán. Será un avance.

Se rio, una risa corta y de verdad, la primera que le oía que no sonaba a ensayo.

—¿Sabe qué dice el vestuario de usted? —preguntó.

—No me interesa.

—Que es usted la única persona del club a la que Aitor Mendoza obedece. Dicen que usted le reconstruyó una rodilla y él le construyó un templo.

—Dicen mal —dije—. Le reconstruí la confianza. La rodilla se la reconstruyó él, que era la pieza cara.

—Modestia clínica. Me gusta. Es usted como una sala de espera: fría, limpia y con información que no me dan.

Apreté el goniómetro contra su brazo.

—Su ego presenta inflamación crónica —le dije—. Reposo y silencio. Cierre el pico y gire el codo.

Se calló. Duró tres minutos, que en su moneda debían de ser tres años. Terminé la sesión, le pauté ejercicios de cadena escapular —los normales, los que le pondría a cualquiera— y se fue silbando. En la puerta se giró.

—Hasta mañana, doctora. Que tenga una noche estadísticamente significativa.

—Lo mismo le digo. Haga los ejercicios.

—¿Los voy a hacer?

—No —dije—. Pero la literatura dice que hay que pautarlos igual.

Se fue riéndose, y yo me quedé con la hoja de registro en la mano y una sensación incómoda en el esternón. No era el hombro. Era que me había reído. Dos veces. En la primera sesión. Apunté los datos y no apunté eso, porque no había casilla.

La segunda sesión fue el sábado por la mañana, y ahí empezó el protocolo de verdad: no el de las tres firmas, sino el otro, el que se escribe entre dos personas que se están tomando la medida.

Llegó cinco minutos antes, lo cual ya era un dato.

Los jugadores conflictivos llegan tarde a la fisio; los asustados llegan pronto.

Se sentó en la camilla sin que se lo dijera y se quitó la camiseta con la misma teatralidad del viernes, pero noté que hoy la teatralidad era más lenta: se estaba aprendiendo el ritual.

—Hoy toca tren inferior —le dije—. El hombro descansa.

—Qué alivio. Estaba preocupadísimo por él.

—No me extraña. Es su órgano favorito. Le dedica más atención que al resto del cuerpo junto.

Se quedó quieto un segundo. Era un segundo muy corto, pero yo me gano la vida con los segundos cortos.

—Doctora —dijo, recuperando el tono—. ¿Usted sospecha de mí?

—Yo sospecho de todo el mundo. Es mi formación. La evidencia primero, las personas después.

—Qué fría.

—Qué sano.

Le hice la batería de cadera y tobillo. Estaba fuerte, equilibrado, con la simetría limpia de los atletas bien construidos.

Solo en la sentadilla profunda unilateral vi el detalle: al cargar sobre la pierna derecha con el brazo en alto, bajaba el brazo derecho un palmo antes que el izquierdo.

Compensación. Mínima. Del catálogo de las compensaciones que no duelen.

—Puede vestirse —dije al final—. ¿Cómo va el vestuario?

—¿Eso es anamnesis?

—Todo es anamnesis. El estrés mata más tejido que las entradas.

Suspiró, y por una vez la respuesta no vino envuelta en celofán.

—El vestuario es un funeral con buena iluminación —dijo—.

Comen conmigo por educación y no me pasan la sal por principio.

El checo me habla, que es como hablar con una montaña simpática.

El canadiense hace chistes a tres metros de distancia de seguridad.

El capitán me juzga. Y el de la taquilla vacía sigue entrenando con nosotros, lo cual es un nivel de tortura que no salía en el contrato.

—Tata se merece ese sitio —dije—. Se ha ganado el derecho a irse como quiera.

—Lo sé —dijo Pol, y se le apagó la sonrisa del todo—. Créame, doctora. De todo lo que me está pasando, eso es lo único que sé con certeza.

Se vistió y se fue. Yo apunté la sentadilla, la compensación, la hora de llegada. Y debajo, en la libreta y no en el parte, escribí: «Primera respuesta sin envoltorio. Contenido: culpa. Origen: correcto.»