Capítulo segundo — El traspaso #3
Por la tarde, antes de irme, Eugenia me añadió al grupo de WhatsApp del equipo.
«El Autobús», se llamaba. Me presenté con un gif de un pingüino saludando y un «Buenas.
Traigo magdalenas los lunes.» Visto por veintitrés.
Ni una respuesta. Ni un pulgar. El mensaje se quedó ahí flotando, doble check azul, como una bandera en un planeta sin atmósfera.
Cené en el estudio, de pie junto a la encimera, algo que venía en un tupper. La paloma del patio me miró con lástima. Le devolví la mirada con dignidad.
Luego saqué la baraja.
Viajo siempre con una baraja española, de las de cuarenta cartas, herencia de mi abuelo materno, que enseñaba a jugar al mus en un bar de Font-Romeu y decía que un hombre sin baraja es un hombre sin conversación.
Me senté en la cama y me eché un solitario, como casi todas las noches desde los doce años.
El solitario es el único juego en el que el rival eres tú y encima hace trampas.
Me sale bien. Me ha salido bien siempre, lo cual debería haberme preocupado más.
Jugaba y pensaba. Pensaba en la rueda de prensa, en la hoja doble, en la taquilla vacía, en la frase de JR, en aquello del hielo que no perdonaba ni las portadas ni los descuidos.
Pensé en mi hombro derecho, colgado de su sitio como un cuadro torcido, y en el examen de la víspera, en la fisio de ojos quietos que me había medido tres veces la rotación externa sin decir nada.
Cuarenta y dos grados. Le había dado cuarenta y dos porque el corte estaba en cuarenta, y darle cuarenta y dos era darle una verdad pequeña para esconder una grande.
Jugadores de mi edad no andan justos de hombro.
Los hombros de los delanteros sobran. Ella lo sabía.
Yo vi que lo sabía, y vi también que no dijo nada, y eso, en mi juego, se llama dejar pasar una mano.
Acabé el solitario. Gané, por supuesto. Estaba recogiendo las cartas cuando el móvil se encendió con una notificación de esas que cambian la temperatura de una habitación.
Óscar Beltrán había publicado su despedida.
Lo vi tres veces antes de leerlo entero. Una foto suya con la camiseta del Árticos, de espaldas, el dorsal y el nombre, en un hielo que reconocí como el de la Pista Norte. Y debajo, sin más, siete palabras:
«Gracias por todo. Hielo en las venas.»
Siete palabras. Ni una queja, ni una explicación, ni un nombre. Trescientas respuestas debajo cuando lo miré, y subiendo: aficionados, excompañeros, clubs de otras categorías, la cuenta oficial de la Grada Norte. Trescientas personas llorando en público a un hombre que se iba en silencio.
Leí las respuestas hasta el final. No sé bien por qué. Quizá por la misma razón que se mira una carta quemada: para confirmar que arde.
Había de todo. Gente que llevaba su camiseta desde segunda división.
Una señora que ponía que su hijo había aprendido a patinar viéndole a él.
Un crío con un perfil sin foto que solo escribía «no puede ser» tres veces seguidas.
Exjugadores de otros equipos dejando respeto en forma de emoji de fuego, que es como se despide la gente de este deporte.
La cuenta del club, prudente, puso un corazón azul.
La Grada Norte puso un comunicado en mayúsculas llamándole «DE LOS NUESTROS PARA SIEMPRE», y en los comentarios de ese comunicado, por primera vez, aparecí yo.
No por el nombre. Por la función. «Que el que venga sepa lo que pesa esa camiseta.
» «Dinero no compra historia.» Cosas así.
Flechas sin nombre de destinatario, que son las que más duelen, porque uno las recoge todas.
En trescientas respuestas no aparecía mi nombre ni una vez. Aparecía mi hueco. Es distinto y es peor.
Dejé el móvil en la mesilla, me quedé mirando el techo del estudio, la mancha de humedad con forma de continente, la paloma que ya no estaba. Y practiqué la sonrisa de entrenamiento, allí tumbado, solo, sin nadie que la viera. Levanté las comisuras. Las mantuve diez segundos. Las dejé caer.
Pensé en llamar a alguien. Abrí los contactos y los recorrí con el pulgar, de la A a la Z, como se repasa una baraja buscando una carta que sabes que no está.
Mi agente: no, me diría que era normal, que el tiempo lo arregla, que sonría.
Mi madre: no, huele la desgracia a trescientos kilómetros y yo no tenía fuerzas para fingirle dos verdades seguidas.
Los de la Cerdanya: dejaron de ser mis amigos en junio, a la velocidad exacta de un contrato sin renovar.
El pulgar volvió al principio de la lista. Cerré los contactos.
Hay una jugada en el mus que se llama «jugársela al descarte»: te quedas con la peor carta y confías en que la mesa se equivoque. Yo me había quedado con la peor carta de mi vida y la mesa era un vestuario entero con una taquilla vacía en el medio.
Mañana había entrenamiento a las diez. Mañana tocaba ser el fichaje estrella, el de los veintiocho goles, el Mago. El hombre que llegaba a ocupar una plaza que no era suya y una taquilla que olía a otro.
Me quedé dormido con la baraja en la mano, y soñé que jugaba una partida en la que todas las cartas tenían la misma cara: la de un tipo llorando en el centro del hielo, abrazado a un escudo que ya no era el mío.