El traspaso (Los del hielo 2) Capítulo segundo — El traspaso #2
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Capítulo segundo — El traspaso #2

La foto con la camiseta, el dorsal diecinueve, los aplausos de protocolo.

Después me llevaron a la pista para las fotos oficiales: el hielo vacío, los focos encendidos solo para mí, el escudo pintado bajo las botas.

El fotógrafo me pidió que posara «con actitud ganadora» y yo le di mi catálogo completo: la sonrisa de tres cuartos, la de medio perfil, la de los brazos cruzados.

Mientras tanto miraba la grada. Mil doscientas butacas azules, pequeñas y empinadas, con las pancartas de la Grada Norte colgadas en el fondo como ropa tendida.

En la Cerdanya jugaba en un pabellón frío y hermoso, de esos que parecen neveras de diseño.

Esto era otra cosa: un antiguo almacén con alma de teatro de barrio, un sitio donde la gente venía a querer, no a mirar.

Pensé que igual me venía bien un sitio así.

Luego pensé que los sitios así son los que más tardan en perdonar, y se me pasó.

Sara Urién me acompañó al túnel cuando acabamos. Tenía la amabilidad profesional de las personas que han visto morir muchas primicias.

—No leas los comentarios esta noche —me dijo, de sopetón.

—No pensaba hacerlo.

—Mentira —dijo, sin acritud—. Todos lo hacéis. Pues hazlo con cerveza y en compañía del sentido del humor. Los aficionados de verdad te van a juzgar en el hielo. Los de internet te juzgan desde el sofá, y el sofá no patina.

—¿Eso es un consejo oficial del departamento de prensa?

—Es un consejo de alguien que lleva quince años viendo cómo trata este deporte a los que llegan y a los que se van —dijo—. Bienvenido al Árticos, Ferrer. De verdad.

Y luego la parte que nadie pone en los vídeos de bienvenida: el vestuario.

El vestuario del Árticos es una sala larga y baja con taquillas de madera, un banco corrido y fotos del ascenso en las paredes.

Tiene geografía propia, como todos los vestuarios: los titulares en el centro, los veteranos cerca de las duchas, los chavales junto a la puerta.

La esquina del fondo, la taquilla más fría y más lejos del aire acondicionado, era la de los recién llegados.

Lo supe antes de que nadie me lo dijera, porque delante de esa taquilla había una bolsa de viaje con mi nombre.

Y a dos metros, la taquilla de al lado estaba siendo vaciada.

Un utilero mayor, con cara de estar haciendo el peor trabajo de su vida, sacaba cosas de una taquilla y las metía en cajas de cartón.

Espinilleras gastadas. Unos guantes remendados.

Un stick viejo, tan viejo que la curva parecía de otro deporte, envuelta en una toalla como si fuera de cristal.

Del interior de la puerta despegó con cuidado, muy despacio, una foto pegada con cinta: un equipo celebrando algo en un hielo pequeño, veinte tíos abrazados, y en el centro uno con la cara roja de llorar.

En la taquilla, arriba, todavía colgaba la chapa con el nombre: BELTRÁN.

El vestuario estaba lleno. Veinte jugadores preparándose para el entrenamiento de la tarde, y nadie, absolutamente nadie, miraba hacia mi esquina.

Vestuarios hostiles he conocido unos cuantos; esto era otra cosa.

Esto era un funeral con luces fluorescentes.

La conversación fluía en el centro de la sala, baja y normal, y se detenía en una frontera invisible a tres pasos de mi taquilla, como si mi esquina fuera una pista de hielo señalizada con conos.

Me cambié en silencio. Conté las salidas. Conté las miradas que no llegaban. Hice lo que sé hacer: la sonrisa de entrenamiento, la que se lleva puesta debajo de la piel.

Fue Aitor Mendoza el que rompió el cerco, claro. El capitán. Se acercó con las zapatillas en la mano, se plantó delante de mí y me miró con esa cara de puerto de montaña que tiene, cara de previsión de nevadas.

—Ferrer.

—Capitán.

El vestuario entero fingió no escuchar, lo cual significaba que escuchaban hasta las cremalleras.

—Lo del año pasado —dijo Aitor—, lo de la carga en las tablas, se queda en el año pasado. Aquí se empieza de cero.

—De cero —repetí—. Me gustan los números redondos.

No le hizo gracia. No se la esperaba hacer.

—Pero aquí nadie te va a regalar nada —siguió—. Ni un pase, ni un turno, ni una palabra. La pista te juzga.

Se fue. Y ahí quedó todo: ni bienvenida ni guerra.

Un juez y una pista. Me senté en mi banquillo de la esquina, a dos metros de una taquilla vacía con una chapa que todavía decía BELTRÁN, y pensé que en el póker hay un momento, cuando te reparten las cartas, en que ya sabes si la mano va a ser larga. La mía iba a ser larguísima.

El resto del vestuario se fue completando por oleadas, y yo fui fichando caras con el fichero que uno lleva dentro.

Kuba Novotný, el checo, treinta y cuatro años de defensa y acento de piedra: me miró, asintió medio centímetro y siguió atándose las botas, que en su escala de valores equivalía a una carta de recomendación.

Brett Callahan, el canadiense, el de las bromas en los corros: pasó por delante mía, me dedicó una sonrisa de cortesía internacional y se fue a contar un chiste a la otra punta, comprobando en tiempo real que su humor no cruzaba la frontera de mi esquina.

Iván Redondo, el portero, ni siquiera me miró; los porteros viven en otro país y ese día su país estaba de luto como los demás.

Los chavales del filial pasaron de largo con los ojos bajos, esquivando un charco invisible.

Y luego entró Vicho Saldaña y el luto se acabó de golpe, porque Vicho no sabía estar de luto.

—¡ATENCIÓN, SEÑORES! —rugió, y las luces fluorescentes parecieron temblar—.

¡YA LO HABÉIS LEÍDO TODOS, ASÍ QUE NO VOY A HACERLES UN DRAMA!

¡ÓSCAR SE VA Y LE DEBEMOS UN EQUIPO DEL QUE ESTÉ ORGULLOSO!

¡Y ESTE —señaló con el dedo, sin mirarme, al aire— ES POL FERRER!

¡HA METIDO MÁS GOLES QUE TODOS VOSOTROS JUNTOS Y A PARTIR DE HOY LOS METE AQUÍ!

¡EL QUE TENGA UN PROBLEMA, QUE ME LO DIGA AHORA!

Silencio. Nadie dijo nada, que era exactamente lo que Vicho esperaba y exactamente lo contrario de lo que significaba.

—¡MUY BIEN! ¡PUES A ENTRENAR, QUE ESTO NO HA HECHO MÁS QUE EMPEZAR Y EL AUTOBÚS NO ESPERA A LOS OFENDIDOS!

Y salió como había entrado, dejando detrás ese olor a colonia barata y autoridad que tienen los entrenadores de la vieja escuela.

Más tarde supe que Vicho había llorado la noche anterior en su despacho, que había intentado que la directiva buscara otra fórmula, y que su discurso de bienvenida me lo había regalado a mí para no tener que regalárselo a sí mismo.

Los entrenadores también juegan sus partidas. La suya se perdía en casa.

El entrenamiento fue un entrenamiento. Corrí, pasé, marqué dos goles en la parte de finalización, y cada gol fue recibido con el entusiasmo de una factura.

Vicho rugió instrucciones con esa voz de excampeón de otro deporte que tiene, y una sola vez, una, me rugió algo parecido a un elogio: «¡Eso!

¡Otra vez igual!». Le hice caso. Igual, otra vez.

Si había un idioma que ese vestuario entendía, era la repetición.

Lo que no repetí fue el brazo. En los ejercicios de pase largo noté el aviso de siempre, ese tirón sordo en la parte delantera del hombro, como una puerta que no cierra del todo, y dosifiqué.

Pases cortos, descargas rápidas, nada de vaselinas de treinta metros.

El cuerpo de un profesional aprende a mentir solo; el mío llevaba cinco meses en el oficio y ya era un funcionario del engaño.

Lo importante era no dejar que nadie cronometrara lo que tardaba en levantar el brazo para secarme el sudor.

Detalles. El diablo juega al solitario en los detalles.