Capítulo segundo — El traspaso
El día que fiché por el Árticos de Madrid amaneció lloviendo, lo cual me pareció de un simbolismo tan barato que ni me molesté en apreciarlo.
Me desperté a las seis y media en el apartamento que el club me había conseguido para las primeras semanas: un estudio amueblado en la calle de detrás del polideportivo, con una cama, una mesa, dos sillas y una ventana que daba a un patio de luces donde vivía una paloma deprimida.
Dos meses y medio llevaba esperando una llamada, y cuando por fin llegó, llegó de un club que olía a cerveza y a naftalina, con la peor calefacción de la categoría y el mejor ambiente.
Había dicho que sí en cuatro segundos. Dije que sí tan rápido que mi agente todavía me lo reprocha en las comidas.
Lo que no le dije a mi agente, ni al club, ni a nadie, era con qué estaba firmando.
Firmaba con veintisiete años, once de profesional, una temporada de veintiocho goles a la espalda y un hombro derecho que llevaba muerto desde finales de marzo.
Rotura de labrum. Parcial pero generosa, como las facturas.
Detectada a finales de marzo, confirmada en Girona por mi cuenta y en efectivo, y archivada en mayo por decisión de un club que prefirió no escribirla en ningún sitio.
No constaba en mi historial. No constaba en ningún parte.
Constaba en mi brazo, que era donde menos me convenía que constara.
La Cerdanya sabía lo que hacía. Me dejó libre el treinta de junio con una palmada y un comunicado cariñoso, y dejó que el mercado hiciera el resto.
Y el mercado lo hizo: once semanas de silencio.
Los clubs grandes no llamaron. Los clubs medianos llamaron, olieron algo, y dejaron de llamar.
En este deporte las lesiones no hace falta declararlas; basta con que un preparador se lo comente a otro en un torneo de verano, y de pronto eres un coche de segunda mano con el cuentakilómetros trucado. Todo el mundo lo sabe. Nadie lo firma.
Yo había apostado a que alguien, en algún sitio, necesitaría un extremo más de lo que temía un hombro.
Y acerté: el Árticos de Madrid, recién ascendido, presupuesto de bolsillo, una plaza de extranjero vacía y una directiva con más ambición que dinero.
Mi licencia de jugador sigue registrada en la federación francesa, cosa de haberme criado a caballo entre Puigcerdà y Font-Romeu, y según el reglamento de la liga eso me convierte en extranjero a efectos de plantilla.
Tres plazas por equipo. Yo ocupaba la tercera. La última. La que cierra la puerta.
Hay gente que cree que un jugador es una persona.
Yo aprendí pronto que un jugador es una etiqueta con piernas.
A los catorce años era «la perla de la cantera».
A los diecisiete, «activo del club». A los veintiuno, cuando sonó lo del traspaso a un equipo francés que nunca llegó, era «la operación del verano».
En la Cerdanya me tasaron cada junio como se tasa una cosecha: puntos, edad, contrato, reventa.
Mi agente me enseñó una vez, sin maldad, la tabla que le mandaban los clubs: una columna con mi edad, otra con mis goles, otra con mi salario, y al final una cifra con el símbolo del euro.
Mi valor de mercado. Llevaba tatuado ese número en la cabeza desde los veinte, y les juro que hubo noches en las que me dormí haciéndole cuentas.
Por eso, cuando el médico de Girona me dijo en abril lo del labrum y me dibujó el calendario —cirugía, cuatro a seis meses, adiós temporada—, no vi una lesión.
Vi la tabla. Vi la columna de la edad subiendo una fila y la columna del valor bajando a cero.
Veintisiete años, año de contrato, borde de la selección.
Un extremo con el hombro roto no es un enfermo; es una mercancía devuelta.
La Cerdanya lo entendió antes que yo y por eso no escribieron nada: un informe médico público me convertía en chatarra, y la chatarra no se vende ni se regala.
Me dejaron libre con el secreto bien guardado, como se deja una casa con una viga comida: que lo descubra el siguiente dueño.
Y el siguiente dueño era yo. Me pertenecía la viga.
Así que decidí, una noche de mayo, solo en mi apartamento de Puigcerdà, que iba a jugar una temporada entera con un hombro y medio.
Una temporada de las buenas, que suben el número de la tabla.
Y luego, con el contrato nuevo firmado y el valor recuperado, me operaría en verano, como se pasa la ITV.
Era un plan frío, sí. Pero era mi plan. Por primera vez en la vida, la tasación la firmaba yo.
Soy la carta que nadie pidió en esta baraja. Lo supe antes de firmar, y lo firmé igual.
A las diez me recogió Eugenia, la becaria de comunicación, una chica de veintipocos con un walkie, tres móviles y la cara de no haber dormido.
En el coche me explicó el plan del día con voz de parte de defunciones: rueda de prensa a las doce, fotos, presentación en la pista, y por la tarde, si me venía bien, pasar por el vestuario a «ir conociendo a los chicos».
—Los chicos ya me conocen —dije.
—Sí —dijo ella, y miró la carretera con mucha atención—. Por eso.
La sala de prensa de la Pista Norte era un aula reconvertida con un fondo de sponsors pintado a mano y sillas de tijera.
Se llenó, lo cual me sorprendió: la prensa de hockey en este país cabe normalmente en un taxi, pero aquel miércoles había veinte personas, tres cámaras y hasta un fotógrafo de agencia.
No venían por mí. Venían por el otro nombre, el que aún no sabían.
JR Echarri me estrechó la mano antes de empezar. Cincuenta y ocho años, exinternacional, fundador del club, con cara de haber visto todo lo que puede verse sobre un hielo y de no haber olvidado nada.
—Bienvenido, chico —me dijo, bajo—. Hoy sonríe. Mañana ya veremos.
—¿Eso es un consejo o un pronóstico?
—Es las dos cosas. —Me apretó la mano un segundo más de lo normal—. El hielo no perdona, chico. Ni las portadas ni los descuidos.
No supe a cuál de los dos se refería. Quizá a los dos. Me guardé la frase, como me guardo todas las frases que no entiendo del todo: en el bolsillo de atrás, para jugarlas cuando toque.
Empezó la rueda de prensa. Sara Urién, la jefa de prensa, leyó el comunicado con voz profesional y cara de póker, y ahí fue donde el día se partió en dos.
Porque el comunicado no era un comunicado.
Eran dos, impresos en la misma hoja, y Sara los leyó seguidos, sin pausa, como quien pasa página en un menú:
«COMUNICADO OFICIAL. El Árticos de Madrid alcanza un acuerdo para el fichaje del jugador Pol Ferrer, que se incorpora a la disciplina del primer equipo con contrato para las próximas dos temporadas.
El extremo, internacional en varias concentraciones con la selección española y procedente del CG La Cerdanya, ocupará la tercera plaza de jugador extranjero de la plantilla. »
Una respiración. La hoja giró.
«Asimismo, el club comunica la baja de Óscar Beltrán, que queda desvinculado de la entidad tras alcanzar un acuerdo para la rescisión del contrato que les unía hasta junio de 2029.
El Árticos de Madrid agradece a Óscar su entrega durante tres temporadas, en las que ha sido pieza fundamental del ascenso y la consolidación del club, y le desea la mayor de las suertes en su futuro deportivo y personal. »
Silencio. De ese silencio de redacción que yo conozco bien: el de veinte personas haciendo la misma cuenta a la vez. Tres plazas de extranjero. Un contrato grande. Un veterano con ficha. La hoja decía «acuerdo» y «agradecimiento»; el silencio decía «sacrificio».
Las preguntas vinieron en avalancha y casi ninguna era para mí.
¿Cómo encaja el club la salida de un icono?
¿Ha sido decisión deportiva o económica?
¿Qué opina el vestuario? JR respondió con la calma de un hombre que ha pasado la noche ensayando: decisión deportiva, proyecto, futuro, respeto eterno a Óscar.
Balaguer, a su lado, asentía con cara de contable en un funeral.
Un colega de una web especializada preguntó si el vestuario había sido consultado, y JR dijo que el vestuario estaba «alineado con el proyecto», que es la frase que usan los directivos cuando el vestuario se ha enterado por el comunicado, igual que la prensa.
Otro preguntó por la indemnización de Beltrán, y Balaguer carraspeó y habló de «acuerdos confidenciales beneficiosos para ambas partes», que es la frase que usan los contables cuando han pagado lo justo para dormir y no lo bastante para estar orgullosos.
A mí me tocó mi turno al final, tres preguntas de cortesía.
Que cómo me encontraba físicamente. De maravilla, dije, con la sonrisa puesta.
Que qué me había hecho elegir el Árticos.
El proyecto, dije, y la afición, y la ciudad, el repertorio completo.
Que si me pesaba llegar en estas circunstancias.
Ahí dudé un segundo, lo justo para elegir la verdad más presentable.
—Me pesa el sitio que deja otro jugador —dije—. Eso se respeta y se trabaja. Lo demás lo dirá el hielo.
Salió bien. Siempre me sale bien la parte hablada; el habla es mi juego defensivo. Lo que no me salió tan bien fue no mirar la hora mientras sonreía, calculando cuánto faltaba para entrar en un vestuario donde el hombre al que yo había sustituido era un santo laico con una taquilla llena de fotos.
Yo sonreí en mi silla, respondí lo mío —ilusión, proyecto, ganas de trabajar— y por dentro hacía lo que hago siempre en las mesas que no controlo: contaba salidas.
Nadie me preguntó por el hombro. Nadie. Veinte periodistas y ni uno olió la sangre. Casi me sentí decepcionado.