Capítulo primero — Sobrecupo #3
Rotación externa activa del hombro derecho: cuarenta y dos grados.
El corte de alarma para un jugador de campo está en cuarenta.
Fuerza de rotadores externos contra resistencia: cuatro sobre cinco, que es el aprobado.
Dolor referido: cero. Ni una mueca, ni una guarda, ni una compensación del trapecio.
Cualquier fisio con dos cursos habría firmado ese hombro sin pestañear: dentro de rango, funcional, apto.
Pero yo llevo nueve años entre camillas mirando atletas fingir, y hay dos maneras de fingir una lesión: esconderla, que es lo que hacen los torpes, o pasarla raspada, que es lo que hacen los listos.
El torpe dice que no le duele nada. El listo deja que le duela exactamente lo suficiente.
Pol Ferrer me ofreció un hombro derecho que aprobaba por los pelos en cada apartado, como un examen entregado con la nota calculada, y ni un solo dato más allá del aprobado.
Ningún atleta sano rinde tan justo. Los hombros sanos derrochan grados.
—¿Alguna molestia previa en este hombro? —pregunté, con el goniómetro todavía en la mano.
—Lo normal. Golpes. Doce años de oficio.
—En el historial no consta nada.
—En Cerdanya no constaba nada que no fuera grave —dijo, y la sonrisa se le quedó un segundo quieta—. Éramos un club pequeño. Se jugaba con todo.
—Aquí consta todo. Hasta los resfriados.
—Entonces me va a tener muy ocupado, doctora. Yo soy de catarros espectaculares.
Terminé la exploración con la batería de siempre para columna cervical y cintura escapular, y ahí fue donde el cuadro se me terminó de redondear.
Todo el lado derecho de su cuerpo funcionaba con una economía exquisita, demasiado exquisita: compensaba tan bien que apenas se notaba que compensaba.
Le pedí que se quitara la camiseta para la observación estática y ahí, con la luz blanca de la consulta encima, vi lo que el goniómetro no me había dicho: una leve asimetría en la musculatura periescapular derecha, un deltoideo un punto menos lleno que el izquierdo.
Nada que un ojo no entrenado fuera a registrar.
Nada que yo pudiera escribir en un parte como hallazgo. Una sospecha con forma de sombra.
—¿Peso? —pregunté mientras se vestía.
—Ochenta y cuatro. Los mismos de abril.
—¿Duerme bien?
—Como un bebé con contrato —dijo—. ¿Eso también va en el parte?
—En el parte va todo lo que afecta al rendimiento.
—Entonces ponga que duermo de maravilla, como un directivo. —Se abrochó la chaqueta—. ¿Le preocupa algo, doctora?
Le sostuve la mirada.
—Todavía no —dije—. Es septiembre. En septiembre solo me preocupa el linimento caducado.
Se rio otra vez, y en la risa hubo un milímetro de alivio que a cualquier otro se le habría escapado. A mí no. Llevo demasiados años tomando la tensión para no saber cuándo se afloja un cuerpo.
Terminé la exploración, le tomé las constantes y le cité para la prueba de esfuerzo. Se fue con otra sonrisa y un «hasta pronto» que sonaba a declaración de intenciones. Cuando la puerta se cerró, me quedé un rato mirando la hoja de registro.
Abrí la libreta de tapa dura, la que no era historia clínica oficial sino mi cuaderno de campo, mi seguimiento privado de todo lo que el sistema no pedía pero el oficio mandaba. En una página limpia escribí la fecha, las iniciales y la primera línea:
«P.F., 27 años. Reconocimiento de incorporación. Hombro D: ROM externo 42º (corte: 40). Fuerza 4/5. Dolor: 0. Exploración completa dentro de rango.»
Me quedé pensando. Luego añadí, debajo, en mi taquigrafía de siempre:
«Paciente coopera demasiado. Sospechoso.»
Cerré la libreta y guardé el goniómetro.
Me dije que era septiembre, que todo el mundo llega a las pretemporadas con achaques sin declarar, que un hombro al límite no es un hombro roto y que mi trabajo era vigilar, no imaginar.
Lo archivé en la carpeta mental de «observación», que era donde archivaba las cosas que no quería archivar en la de «problema».
Cuando salí de la consulta eran casi las ocho y el pasillo de dirección olía a café recalentado y a reunión larga.
La luz del despacho de JR seguía encendida, una raja amarilla bajo la puerta, y detrás se oían dos voces, la suya y la de Balaguer, con ese tono llano y cansado de los hombres que llevan horas negociando algo que no les gusta del todo.
Pasé de puntillas, por puro instinto de fisio de club pequeño: donde hay negociación larga, hay baja anunciada.
En el aparcamiento, el móvil vibró. El grupo del club, «El Autobús», se había movido por primera vez en horas.
Eugenia había publicado un gif sin texto: un pingüino resbalando en el hielo y levantándose con solemnidad.
A los once segundos lo borró. El grupo se quedó en silencio otra vez, pero el rastro quedó: «Este mensaje fue eliminado».
Miré la pantalla un momento. Once segundos. Lo justo para que un vestuario entero lo viera, y lo bastante corto para que nadie pudiera preguntarle nada.
Guardé el teléfono. Mañana, miércoles, JR tenía algo que anunciar. Y yo tenía una plantilla de veintidós fichas, un hombro derecho que aprobaba por los pelos y la certeza recién adquirida de que, en este oficio, los exámenes más peligrosos no son los que se suspenden.
Son los que se aprueban justito.