Capítulo primero — Sobrecupo #2
Hice la lista de todas formas, claro. Se hace siempre, aunque sea en la cabeza y aunque pese.
Si entraba un contrato grande, el dinero tenía que salir de algún sitio, y en una plantilla como la nuestra los sitios se contaban con los dedos de una mano.
Los chavales del filial cobraban poco; recortarlos no liberaba nada.
Los extranjeros estaban blindados por estadística y por sentido común.
Quedaban los veteranos, los del ascenso, los que habían firmado en segunda con sueldos de segunda y renovado en la élite con sueldos que para la élite eran de broma y para nosotros eran de respeto.
Y entre los veteranos había un nombre que cualquier contable subrayaría primero y cualquier corazón tacharía el último.
Óscar Beltrán. Tata.
Treinta y tres años, alero, capitán honorífico sin brazalete.
El hombre de la ferretería de Usera que cerraba los sábados por la tarde para entrenar, el del stick más viejo de la liga, una reliquia que le acompañaba desde juveniles y que los utileros le reparaban cada verano con el mimo de un mueble de familia.
El que lloró la noche del ascenso en medio del hielo, agarrado al escudo, delante de las cámaras, sin importarle nada.
El que metió el gol que nos dio la permanencia virtual en marzo y al que la Grada Norte dedicaba una canción propia, cosa que solo tenían tres jugadores en toda la plantilla.
Tata no era el mejor jugador del Árticos. Era, simplemente, el Árticos.
Pensé en su ficha de mi libreta: rodillas razonables, espalda de veterano, disponibilidad casi total la temporada pasada. Un jugador sano, barato de mantener, carísimo de querer.
Aparté el pensamiento. Las listas se cumplen, había dicho Aitor, y él conocía a los vestuarios mejor que nadie.
Por la tarde toqué la pestaña de Raúl Cuesta, que era la pestaña que más me ocupaba aquel otoño.
Raúl, treinta y seis años, defensa, el primero de la historia del club, el que había llegado cuando el Árticos era un proyecto de segunda división con duchas frías y se había quedado hasta verlo en la élite.
El veintiséis de febrero, en un partido de liga en Gijón, se le había ido la rodilla por tercera vez en la vida.
Tercer ligamento cruzado. A los treinta y cinco.
La reconstrucción fue el seis de marzo, y desde entonces su nombre ocupaba en mi libreta una doble página de seguimiento que se actualizaba cada semana con la obstinación de un parte de guerra.
Lo encontré en la sala de fuerza, solo, haciendo prensa de piernas con la mitad del peso que levantaba hace dos años y el doble de concentración. Sudaba con esa furia silenciosa de los veteranos, la furia contra el calendario.
—No pases de ahí —le dije desde la puerta—. La serie de hoy era la de control, no la de exhibición.
Dejó la barra con cuidado y se limpió la cara con la toalla.
—Esto es control.
—Esto es un veinte por ciento más de lo que pone tu plan.
—Tu plan es conservador.
—Mi plan es el que te va a poner en el hielo en diciembre —dije—. La licencia plena llega cuando la rodilla la pida, no cuando la pida tu orgullo.
Se sentó en el banco, se palmeó la rodilla operada como quien saluda a un viejo amigo gruñón.
—En diciembre —repitió—. Lo firmas.
—Lo firmo si haces las series que tocan y no las que te apetecen.
—Trato hecho. —Se quedó mirando la pared de espejos—. ¿Has oído lo del fichaje?
—Todo el club ha oído lo del fichaje. Lo que nadie ha oído es el nombre.
—Da igual el nombre —dijo Raúl—. Lo que importa es el otro nombre. El que sale.
No se lo discutí, porque tenía razón, y porque en la sala de fuerza, con él sentado entre los hierros y la rodilla envuelta en su funda negra, la conversación tenía un peso distinto.
Raúl llevaba veinte años en vestuarios. Sabía que las plantillas son habitaciones con aforo limitado y que los veteranos duermen siempre más cerca de la puerta.
—Tú estás fuera de esa cuenta —le dije—. Estás de baja larga. A ti no te mueve nadie.
—Ya lo sé —dijo, y sonrió sin alegría—. Esa es la única ventaja de romperse. Que te vuelves inútil para la aritmética.
El martes amaneció con el rumor convertido en certeza a medias.
Eugenia, nuestra becaria de comunicación, pasó por la consulta a las diez con cara de contener un tuit y me preguntó si a las cuatro me venía bien hacer «un reconocimiento de incorporación».
No dijo de quién. Dijo que JR lo anunciaría todo el miércoles, que hasta entonces era confidencial, y que yo necesitaba el hueco en agenda.
Le di el hueco. Le pedí el nombre. Se mordió el labio, miró el techo, y salió de la consulta sin contestar, que era una forma de contestar.
A las tres y media supe el nombre por el canal menos glorioso de la historia del periodismo: el grupo de WhatsApp del club. Alguien, nunca supe quién, filtró la noticia de un portal deportivo: el Árticos de Madrid negociaba el fichaje de Pol Ferrer.
Pol Ferrer.
Dejé el teléfono boca abajo sobre la mesa y me quedé mirándolo como si fuera a morder.
Pol Ferrer, del CG La Cerdanya. Ex del CG La Cerdanya, desde el treinta de junio, cuando su contrato expiró y el club de toda su vida decidió no renovarle.
El Mago, le llamaban en las crónicas. Veintisiete años, extremo, internacional en varias concentraciones, el jugador más talentoso que había producido el hockey español en una década según los que miden el talento con adjetivos.
Y, para este vestuario, algo mucho más concreto: el tipo que la temporada pasada, en el peor partido de nuestro año, le había dejado a Aitor Mendoza una carga por la espalda contra las tablas que no pitó nadie y que el capitán se pasó dos semanas escupiendo en los entrenamientos.
Nadie en esta casa hablaba de Pol Ferrer sin bajar la voz, igual que no se habla de un incendio en una carpintería.
Y nadie en el mercado lo había fichado en dos meses y medio. El jugador más talentoso del país, libre desde junio, y los teléfonos callados. Eso, en mi oficio, también era un dato.
A las cuatro en punto llamaron a mi puerta.
Pol Ferrer era más bajo de lo que parecía en la tele y más ancho de lo que parecía en las fotos, con el pelo oscuro cortado al tres y una barba de dos días calculada con precisión de anuncio.
Entró sonriendo, con la mano extendida y el aire del que ha entrado sonriendo a muchas habitaciones hostiles.
—Pol Ferrer —dijo, como si hiciera falta.
—Marta Cifuentes. Jefa de servicios médicos. Siéntese.
—Doctora. —Se sentó en el taburete, no en la camilla, y cruzó las manos sobre las rodillas—. Me han dicho que usted manda aquí más que el entrenador.
—Le han informado mal. Aquí manda la fisiología. Yo solo tomo nota.
Se rio, una risa cómoda, ensayada o no, y empezamos.
El reconocimiento de incorporación es un procedimiento largo y aburrido por diseño: constantes, analítica pendiente, espirometría, prueba de esfuerzo programada, y luego la parte que me interesa, la exploración osteomuscular completa, articulación por articulación, con el historial del jugador delante y los ojos bien abiertos.
Pol Ferrer tenía un historial limpio de forma sospechosa: contusiones, un esguince de tobillo hacía tres años, una conmoción leve documentada.
Nada más. Un delantero de élite con once años de profesional y un hombro, un tobillo y una cabeza en el parte. Limpio como una patena.
Y entonces llegamos al hombro derecho.
Se lo hice todo por protocolo, sin avisar de qué buscaba: rango de movimiento activo y pasivo, fuerza en rotación interna y externa, pruebas de inestabilidad, aprehensión.
Y Pol Ferrer cooperó. Cooperó mucho. Cooperó con una puntualidad que al cabo de tres pruebas empezó a darme mala espina, porque cada medición caía en el mismo sitio exacto: el límite inferior de lo aceptable.