El traspaso (Los del hielo 2) Capítulo primero — Sobrecupo
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El traspaso (Los del hielo 2)

El traspaso (Los del hielo 2)

Por Nora Valdavia

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Capítulo primero — Sobrecupo

La temporada empezó para mí, como empiezan todas las temporadas que valen la pena, con el olor a linimento y la lista de lesionados más corta de lo que iba a durar.

Era domingo por la mañana, diecisiete de septiembre, y la Pista Norte todavía olía al partido de la víspera.

El estreno liguero dejaba ese residuo particular que se queda en los edificios viejos: cera de las tablas, cerveza derramada en la grada, el humo frío del hielo recién cortado.

Yo llegaba siempre la primera al servicio médico, por costumbre y por superstición, y ese domingo encendí la luz de la consulta con la satisfacción absurda de abrir una tienda propia.

Una temporada y pico llevaba en el Árticos de Madrid.

Una temporada y pico desde que dejé la planta de traumatología de una clínica con moqueta y café decente para meterme en un antiguo parque logístico del norte de Madrid reconvertido en pista de hielo, con mil doscientas localidades, calefacción caprichosa y un equipo que acababa de debutar en la máxima categoría de la liga nacional.

Una temporada y pico, y ya no me imaginaba trabajando en otro sitio.

El balance de la víspera era limpio. Veinte jugadores sanos, un dedo magullado, un chichón en la frente de Brett Callahan que el propio Brett había bautizado como «mi segundo cerebro» y que no daba para más que una bolsa de hielo y dos chistes malos en el autobús de vuelta.

El estreno en casa había sido un partido para recordar: la grada respondió, el equipo compitió contra un rival con más presupuesto y más banquillo, y cuando sonó la bocina final el marcador les dio la razón a los nuestros por la mínima.

La Grada Norte, los sesenta de siempre, cantó hasta que el último jugador desapareció por el túnel.

El hielo en las venas, como dicen ellos.

Abrí el ordenador y dejé que se cargara la plantilla mientras repasaba el parte de la noche anterior.

Temporada dos en la élite. El año pasado habíamos terminado octavos, a un puesto de la zona de playoff, con una asistencia media que había crecido de cuatrocientas a setecientas personas y un último partido en casa con mil tres espectadores.

Mil tres. A Sara Urién, nuestra responsable de prensa, todavía se le iluminaba la cara al recordar la cifra, y todavía le dolía la cuenta que había hecho en voz alta en el vestuario aquella noche de marzo: faltan ciento noventa y siete.

Mil doscientas butacas, mil tres personas, ciento noventa y siete huecos entre el equipo y el lleno.

Sara se había propuesto llenar esos huecos con la obstinación de una cazadora de exclusivas, y a estas alturas medio club se había contagiado.

Yo tenía otras cuentas. Las mías cabían en una hoja de cálculo con pestañas de colores y en una libreta de tapa dura que no tocaba nadie más. Veintidós fichas. Veintidós historiales. Un cuerpo técnico que me dejaba trabajar y un presupuesto médico que cabía en un sobre.

El teléfono vibró sobre la camilla.

«Buenos días, doctora. ¿Se puede subir a la grada con tacones? Pregunto para un amigo.»

Sara. Le contesté sin mirar apenas el teclado.

«Dile a tu amigo que la grada de la Pista Norte se come los tacones y las promesas.»

«Mi amigo soy yo y ya estoy en la puerta. Traigo café.»

Llegó diez minutos después con dos vasos de la máquina del vestíbulo y cara de haber dormido cuatro horas por placer. Se había puesto la bufanda del club encima del abrigo, un detalle que le daba un aire entre ejecutiva y ultra que solo ella sabía llevar.

—Ayer estuviste bien —dijo, dejando mi vaso junto al teclado—. No te vi ni una vez con cara de urgencia.

—Es que no la hubo. Temporada nueva, huesos nuevos.

—Tócate la madera.

Me toqué la frente, que era la superficie más parecida a madera que tenía a mano, y ella se rio por lo bajo. Se sentó en el taburete de las vendas, giró sobre sí misma una vez, dos veces, y entonces vi que no había subido solo a traerme café.

—Vale. Suelta la bomba —dije.

—¿Qué bomba?

—Sara. Llevas el bufón puesto desde que entraste. Tu cara de primicia es la misma que tu cara de resaca, pero con más brillo en los ojos.

Suspiró con dramatismo de redacción.

—Es un rumor —dijo—. Todavía. Pero es un rumor con patas. JR lleva tres días encerrado con Balaguer, y ayer, durante el partido, Balaguer no miró al hielo ni veinte minutos seguidos. Miraba el teléfono.

—Puede que tenga un negocio que atender.

—Balaguer tiene tres negocios y una secretaria que le atiende los tres. Lo que tiene es una operación encima de la mesa. —Bajó la voz, por costumbre de periodista aunque estábamos solas—. Quieren fichar a un nombre grande. Uno de verdad.

Dejé el café en la mesa.

—No tenemos dinero para un nombre grande.

—No tenemos dinero para un nombre mediano, Marta. Y sin embargo.

—Las cuentas no dan —dije—. La plantilla está cerrada. Los extranjeros, dos de tres plazas. Kuba y Brett, y la tercera guardada como un candelabro. El año pasado JR dijo que la tercera plaza se quedaba libre para alguien que la mereciera.

—Pues puede que haya encontrado a alguien que la merece.

—Y el salario de ese alguien, ¿de dónde sale? Los contratos están firmados. El tope está en el tope.

Sara me miró por encima del vaso.

—A eso iba. Si entra uno grande, las cuentas tienen que dar de todas formas. Y cuando las cuentas no dan, alguien paga la diferencia.

Lo dijo suave, sin titular, y por eso mismo me quedé un momento en silencio.

Fuera, en la pista, se oía el ruido lejano de la máquina de Sebas reacondicionando el hielo, un zumbido grave que llevaba en ese edificio más años que el propio club.

Pensé en la plantilla. Veintidós fichas.

Un puñado de veteranos que habían subido al equipo desde segunda con las botas gastadas y el alma entera.

Un par de chavales del filial. Dos extranjeros con contrato blindado y estadísticas que los sostenían.

—¿A quién le toca? —pregunté.

—No hay nombres. Es un rumor, te lo he dicho.

—Los rumores siempre tienen nombres, Sara. Tú trabajaste en prensa. Los rumores son nombres que todavía no tienen firma.

Se terminó el café de un trago.

—Si supiera nombres, no estaría aquí haciendo compañía a tu linimento —dijo—. Estaría escribiendo. Pero estate atenta esta semana. Y si ves a JR con cara de haber tragado un limón, me avisas.

Se fue como había venido, dejando el vaso vacío y una inquietud del tamaño justo para estropearme el domingo.

Pasé la mañana con el papeleo de inicio de curso: consentimientos, revisiones pendientes, el calendario de pruebas de esfuerzo que la liga exigía antes del mes de octubre.

A mediodía bajé a la pista. El hielo estaba vacío, blanco y parejo, con la luz de los focos apagada a medias, y Sebas manejaba la máquina con esa lentitud ceremonial suya, como si estuviera peinando al edificio.

Me vio desde lejos y levantó la mano sin dejar de conducir.

—Doctora.

—Sebas.

—Ayer patinaron bien los muchachos.

—Ayer patinaron todos —dije—. Incluido el chichón de Brett.

El viejo se rio sin aspavientos, una risa baja que salía del pecho.

—Ese muchacho tiene la cabeza dura. Le viene bien el oficio.

Le dejé con su máquina y su hielo, y subí a la grada vacía un momento.

Desde arriba la pista parecía más pequeña y más nuestra.

Mil doscientas butacas azules, el escudo pintado en el centro del hielo, las pancartas de la Grada Norte ya colgadas en su esquina de siempre.

Pensé en lo que había dicho Sara. Si entra uno, sale otro.

Era la aritmética más vieja del deporte y la que menos se hablaba en voz alta.

El lunes por la mañana vino Aitor Mendoza a revisión de rodilla, y con él se me arregló el humor.

Aitor era nuestro capitán, treinta años, un armario ropero con pinta de no haber sonreído desde la infancia, y el hombre que me había traído a este club.

Habíamos coincidido años atrás, cuando él arrastraba una rodilla que los informes daban por amortizada y yo era la fisio de guardia que se negó a amortizarla.

Le reconstruí la confianza antes que la articulación, que era el orden correcto, y desde entonces me tenía fichada.

Cuando el Árticos ascendió y el puesto de jefa de servicios médicos quedó libre, su nombre apareció en mi recomendación y el mío en su lista de exigencias.

Nunca hablamos de eso. Era nuestra manera de llevar la contabilidad de los favores: no llevarla.

Se sentó en la camilla con la puntualidad de siempre y me tendió la pierna sin que se la pidiera.

—Flexión completa —dije, trabajando la articulación—. Sin derrame. Esto está mejor que mi cuenta corriente.

—No me hables de cuentas corrientes.

—Vaya. Tú también has oído cosas.

Me miró de reojo. Aitor no chismorreaba; Aitor informaba, en frases cortas, como los partes meteorológicos.

—JR quiere hablar con el vestuario esta semana —dijo—. No ha dicho de qué.

—¿Y tú qué crees?

—Creo que cuando un director deportivo convoca al vestuario en septiembre, no es para felicitar el otoño.

Terminé la revisión, le di el alta para la semana y me quedé un momento con las manos en la carpeta.

—Aitor. Si entra un fichaje grande, ¿quién sale?

Se abrochó la zapatilla despacio.

—No lo sé —dijo—. Y prefiero no hacer la lista en voz alta. Las listas se cumplen.

Se fue con su andar de hombre que mide cada paso, y yo me quedé con la carpeta abierta y la pregunta cerrada.