El traspaso (Los del hielo 2) Capítulo cuarto — La última percha #3
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Capítulo cuarto — La última percha #3

Era mi ritual desde que llegué: entrenamiento oficial con el equipo, entrenamiento secreto conmigo mismo.

Necesitaba los lanzamientos extra porque el brazo me duraba menos que la temporada, y necesitaba que nadie me viera dosificar.

Patiné. Lancé de muñeca, siempre de muñeca, setenta discos contra la portería vacía.

A cada veinte, el hombro mandaba su factura: no dolor, algo peor, una especie de desconexión, como si el brazo fuera un electrodoméstico con el cable pelado.

Lo estiraba contra las tablas, contaba hasta diez, y seguía.

La pista vacía de noche tiene otro sonido.

De día el hielo canta con todo el mundo encima; de noche habla bajito, con crujidos de edificio viejo y el eco de los propios patines, y uno se oye demasiado a sí mismo.

Aquella noche la pista me decía cosas incómodas, así que subí el ritmo para no escucharla.

Treinta discos más. El brazo mandó la segunda factura, más cara, y esta vez tuve que parar de verdad: me quedé doblado sobre el stick, en medio del hielo, contando mi propia respiración.

Cuarenta latidos después, el cable volvió a hacer contacto.

Recogí los discos. Cerré el pabellón en mi cabeza: luces, puertas, silencios.

Tenía el itinerario memorizado para no encontrarme con nadie.

Estaba recogiendo los últimos discos cuando oí la máquina.

Sebas entró por la puerta de la banda con el carro de regar, despacio, con la calma de un hombre sin prisa desde mil novecientos ochenta y cinco. Me vio, apagó el motor y se quedó esperando. Yo recogí los discos para dejarle trabajar, y cuando pasé a su lado, el viejo habló por primera vez.

—El hielo no miente —dijo.

Me paré. Sebas no me había dirigido la palabra en dos semanas; me había visto entrenar de noche al menos cuatro veces, y nunca un saludo, nunca una frase. Yo le tenía catalogado como parte del mobiliario noble del club, como el bombo o las pancartas. Y ahora el mobiliario hablaba.

—¿Perdón?

—El hielo —repitió, dándole a la palanca del carro—. No miente. Los hombres sí, el hielo no. Se queda con todo lo que pasa encima y no sabe contarlo de otra manera que no sea verdad.

Me sonreí, por inercia.

—Pues espero que el mío cuente cosas bonitas.

Sebas me miró. Tenía unos ojos pequeños y muy claros, de esos que han visto cuarenta años de partidos malos y unos pocos de los buenos.

—Tú patinas como quien esconde algo —dijo.

No era una acusación. Eso es lo que me heló. Era un parte. Un parte meteorológico.

—Todo el mundo esconde algo, Sebas.

—Sí —dijo el viejo, arrancando el motor—. Pero no todo el mundo esconde lo mismo en el mismo sitio. Buenas noches, muchacho.

Me fui al vestuario con las botas en la mano y el corazón a ciento cincuenta.

Ciento cincuenta. Lo comprobé en el pulsómetro de la muñeca mientras me duchaba, y me reí solo bajo el agua, de puro nervio.

Un delantero de élite, cazado por un helador de sesenta y un años que ni siquiera hablaba en presente de indicativo.

En la Cerdanya me vigilaban médicos con resonancias.

Aquí me vigilaba un señor con un carro de regar y el hielo de testigo.

Lo peor no fue que lo notara. Lo peor fue cómo lo notó: no me vio el brazo, me vio los patines.

Yo había cubierto el hombro con dos meses de técnica depurada, de ángulos calculados, de turnos dosificados, y el viejo no me miró nada de eso.

Miró las marcas que dejaba en el hielo, la huella de las cuchillas, la manera de cargar el cuerpo al frenar.

Toda mi ingeniería defensiva desmontada por un hombre que leía la pista como quien lee el poso del café.

Si el hielo hablaba, necesitaba aprender a patinar en voz más baja.

Me vestí despacio, apagué la luz de mi esquina, y al salir pasé junto a la taquilla vacía. Los dos agujeritos de la chapa me miraron como una puntuación. Dos puntos. Algo que se anuncia.

Lo que no sabía entonces, lo supe más tarde, porque las cosas de los clubs siempre acaban sabiéndose: Sebas llevaba cuarenta años escribiendo un diario.

No de su vida: del hielo. Cada noche, al terminar el turno, anotaba en una libreta gorda el estado de la pista, los partidos, los entrenamientos, los horarios.

El libro de bitácora de la Pista Norte, le llamaba él.

Aquella noche, cuando el pabellón se quedó vacío, el viejo regó el hielo, apagó la máquina, sacó su libreta y escribió tres líneas:

«Turno de noche. El nuevo se ha quedado hasta tarde. El hielo registra todo, incluso lo que los hombros callan.»

Yo, mientras tanto, conducía hacia mi estudio con la radio apagada, pensando en la frase y en el pulsómetro y en la sal de Brett y en el puño de Aitor en el hombro izquierdo. El izquierdo. Siempre el izquierdo, desde hacía dos semanas, en todas las taquillas de todas las ciudades de mi vida nueva.

Patinas como quien esconde algo.

Gané el solitario de aquella noche, como casi todas. Pero por primera vez en mucho tiempo, al recoger las cartas, tuve la sensación absurda de que la baraja también me estaba estudiando a mí.