Capítulo 19 Las seis en vez de las siete
Las seis en vez de las siete
Aebi trajo los originales en su carpeta. Sacó primero el libro de despertadores, después la transcripción de Alma y, por último, la hoja del coche y la lista doblada de Renz. Alma apartó el bloc de repuesto. Por primera vez desde el miércoles, su libro volvía a estar en su sitio.
No lo tocó enseguida. La noche del asesinato había convertido con cuidado el siete en un seis y anotado la hora al lado.
Ahora vio también la corrección anterior, debajo de la cifra tachada, donde se le había roto la punta del lápiz al escribir por primera vez.
Tres cambios en aquel pequeño espacio. Para ella, cada uno había tenido una razón distinta.
Bichsel se puso las gafas y se inclinó sobre la lista doblada. «Exacto. Esta.»
«¿Qué desea rectificar?» , preguntó Aebi.
«Quizá nada. Quizá solo lo que pensé entonces.»
El investigador dejó el lápiz. «Empecemos por ahí.»
Alma había ido a buscar a Gustav. El muchacho estaba junto a la puerta, con su nueva pizarra pequeña contra el vientre. Bichsel le hizo sitio con el codo, pero Aebi le pidió que esperara en recepción. Le preguntaría por separado cómo habían sucedido las cosas. Gustav miró una vez a Alma y salió.
Bichsel contempló el seis junto al nombre de Vollenweider. «Cuando me lo preguntó aquella primera noche, no sabía el minuto exacto. Tampoco ahora puedo asegurarlo. Pero recibí la lista antes de la orden del coche.»
«¿Qué orden del coche?»
Acercó la hoja grande. «La confirmación del viaje de la mañana siguiente. Aquí. Todavía tenían que confirmármela.»
Aebi señaló la hora del margen. Las veinte cuarenta y cinco.
A su lado estaba la marca que indicaba que el encargo entregado había quedado tramitado.
Alma conocía aquella pequeña anotación: para que por la mañana no preparasen el coche según un encargo anterior, Bichsel había dado por cerrado el viaje conjunto solo después de recibir la confirmación.
Aebi tenía la hoja desde el primer interrogatorio.
Nadie había podido añadir la hora aquel día.
«¿Y en ese momento ya tenía la lista?»
«Sí.»
«¿Cómo lo sabe?»
Bichsel se quitó las gafas. «Porque comprobé si el señor seguía queriendo salir a las ocho. En el despertador ponía las seis. Me pareció temprano, pero lo del coche no cambiaba. Puse las dos hojas una al lado de la otra.»
Alma miró el ocho intacto de la hoja del coche. El hombre que había llamado solo había cambiado el despertador. Volvió a oír la respuesta escueta a su pregunta. Lo que ahora no encajaba no era el ocho. Era que el papel de Renz ya contuviera el seis antes de la llamada.
Aebi preguntó si Bichsel había corregido después la lista por su cuenta.
El portero negó con la cabeza. Él anotaba las horas de despertador con un lápiz de trazo más grueso; aquel seis formaba parte de la letra uniforme de Renz.
Sobre todo, recordaba su rápida comprobación.
Había pensado que el huésped querría trabajar antes de salir.
«¿Había recibido entonces algún cambio de la señora Imhof?»
«No.»
Alma notó que la miraba y esperó a que Aebi se volviera hacia ella antes de responder.
«El mío llegó con la llamada de las ocho cuarenta y siete. Hasta entonces yo tenía anotadas las siete.»
Aebi comparó los renglones. Luego separó un poco más las dos hojas. «El orden que recuerda importa más que el orden en que coloquemos hoy los papeles. Enséñeme en el mostrador lo que hizo.»
* * *
Bichsel se situó detrás del mostrador de recepción.
No necesitaba buscar ningún objeto; conocía tan bien cada gesto que los reproducía con las manos vacías.
Allí había dejado la lista de despertadores; allá, la hoja del coche.
Renz había llegado desde administración.
Habían pasado unos dos minutos hasta que quedó cerrado el encargo del coche.
«¿Hacia las veinte cuarenta y tres?» , preguntó Aebi.
«Si resto dos minutos a las cuarenta y cinco, sí. Pero no miré el reloj al recibirla.»
Aebi anotó también aquella salvedad. Alma se alegró. Precisamente porque invertir aquel orden cambiaba tantas cosas, la precisión aparente no podía ir más allá de lo que Bichsel recordaba.
El portero avanzó hasta el extremo del mostrador.
Allí había recibido la confirmación del coche y después había marcado el encargo como concluido.
La señora Nägeli seguía cerca; recordaba mejor la discusión sobre su cuenta que sus propias palabras.
No sabía si Renz ya se había marchado cuando terminó.
«¿Le dijo que la señora Imhof había cambiado la hora?»
Bichsel se detuvo. «No. Me dio la lista. Yo di por hecho que estaba bien.»
«¿Y después, cuando supo lo de la llamada?»
«Pensé que de ahí venía el seis.»
Alma lo miró. También él había construido una historia previa a partir del contenido de un papel.
Era algo tan habitual que ni siquiera parecía un error.
El contable entregaba una lista con una hora cambiada; por tanto, alguien debía de haber pedido el cambio antes.
Solo el encargo del coche oponía resistencia a aquella suposición.
Aebi pidió a Bichsel que se sentara en el salón mientras hablaba con Gustav. El portero recogió las gafas del mostrador y se alejó despacio. No parecía ofendido, sino cohibido porque un gesto cotidiano estuviera ocupando tanto tiempo.
Gustav lo sustituyó. Alma se quedó junto a la centralita, fuera de su campo de visión directo. Aebi le preguntó por el encargo del coche del jueves, sin mencionar la lista de despertadores.
El muchacho recordaba el viaje conjunto y la orden de llevar la confirmación al mostrador. Señaló el lugar donde había estado Bichsel. La hoja doblada ya estaba allí; el portero la había levantado para despejar la hoja del coche, que quedaba debajo.
«¿Pudo leer los nombres?» , preguntó Aebi.
«No. Estaba del revés.»
«¿Cómo sabe qué hoja era?»
Gustav indicó el tamaño con las manos. «Doblada por la mitad. El señor Bichsel dijo que comprobaba los despertadores y que con eso yo ya había terminado. Aún tenía que saber si debía ir a buscar a alguien.»
La declaración no confirmaba la cifra. Confirmaba que Bichsel tenía la lista de despertadores en la mano mientras cerraba el encargo.
Aebi hizo que Gustav repitiera exactamente eso.
En aquel momento, Alma apreciaba aquel trabajo: una persona no necesitaba haberlo visto todo para que su pequeña observación resultara útil.
«¿Ya se había producido la llamada por la que la señora Suter no debía subir el té?»
Gustav negó con la cabeza, se interrumpió y miró a Alma. «Solo sé que el aviso a la cocina llegó después. La llamada no la oí.»
«Dejémoslo ahí, entonces.»
El muchacho relajó las manos. El día anterior había aprendido que introducir una salvedad no convertía automáticamente una declaración en algo poco fiable. Ahora lo hacía por iniciativa propia.
Aebi hizo volver a Bichsel. Ambos escucharon sus declaraciones resumidas, sin fundir las dos perspectivas en un recuerdo compartido.
El portero confirmó el contenido de la lista; Gustav, lo sucedido al recibir la confirmación del coche.
La anotación de las veinte cuarenta y cinco, hecha en su momento en la hoja que la policía custodiaba, ofrecía una referencia externa.
Alma abrió entonces su libro de despertadores. Puso un dedo junto a la cifra corregida.
«Yo cambié la hora a las veinte cuarenta y siete.»
Bichsel se sentó en la silla libre. «Entonces yo la tenía antes.»
Nadie lo contradijo.
* * *
Alma tuvo que atender dos llamadas seguidas en la centralita.
Mientras tanto, Aebi guardó las pruebas en su carpeta; tampoco esta vez se las dejó para que las custodiara.
Gustav fue a la cocina con un recado y Bichsel volvió a recepción.
Durante unos minutos, parecieron recorrer sus trayectos habituales con más cuidado que de costumbre.
El segundo huésped quería que lo despertaran a una hora determinada.
Alma la anotó en el bloc de repuesto y repitió la cifra.
Se dio cuenta de que esperaba una objeción.
No la hubo. Después de colgar permaneció sentada un momento.
El panel no podía explicarle por qué un hombre había hablado con el nombre de otro dos días antes.
Solo había hecho aquello para lo que estaba construido.
Aebi se encontraba al otro lado del cristal. Ella abrió la puerta.
«Renz lo sabía antes que yo» , dijo.
«Lo había escrito antes que usted.»
«¿Cómo iba a saberlo?»
Aebi acercó el taburete. «Por el propio señor Vollenweider. Es una posibilidad que debemos comprobar.»
Alma lo miró. La idea era fastidiosamente razonable. El auditor podía haber pedido al contable que lo despertaran más temprano y haber llamado después él mismo para asegurarse. A veces los encargos se repetían. Un huésped también podía decir cosas distintas a dos empleados.
«Entonces Renz tendrá que decir cuándo.»
«Y en qué circunstancias. La lista anterior a la llamada plantea una pregunta nueva; no da todavía una respuesta.»
Alma miró el bloc de repuesto. «El señor Vollenweider me dijo las siete. No de pasada. Lo repitió arriba.»
«Consta en su declaración.»
«A las ocho y cuarto todavía encargó té para las nueve menos diez.»
Aebi levantó la vista. «También tenemos la nota de la cocina. La añadiremos.»
Ella repasó la secuencia. Un huésped que quisiera trabajar y tomar té tarde podía aun así levantarse temprano a la mañana siguiente.
Por sí solo, aquello servía de poco. Pero si Renz alegaba ahora una petición verbal, tendría que vincularla a un encuentro real.
Volverían a preguntarle precisamente por los trayectos y las horas que la víspera no había querido concretar.
Desde recepción, Alma oyó a Bichsel explicar a un huésped por qué le entregarían un recado a otra persona solo cuando esta regresara. Hablaba con una claridad casi excesiva. Reconoció aquel intento de apaciguar una duda antigua haciendo bien una tarea nueva.
«Se lo reprochará» , dijo.
Aebi siguió su mirada. «Conservó la lista y rectificó su recuerdo. Las dos cosas ayudan.»
Alma asintió. Se lo diría ella misma a Bichsel más tarde, cuando no pareciera un consuelo delante de todos.
Ahora tenía que soportar otra posibilidad incómoda.
Quizá Renz nombrara a un testigo de aquella petición de despertador anterior.
Quizá su explicación deshiciera una parte de la sospecha. En tal caso, tendrían que escucharla.
Aebi se levantó. «Quiero volver a preguntar a Ottilie por el té. Después hablaremos con el señor Renz.»
«¿Voy con usted?»
«Si su servicio se lo permite. Tiene que ser capaz de mantener lo que usted sabe, aunque la explicación de él suene muy ordenada.»
Alma enderezó el bloc de repuesto y esta vez se dio cuenta antes de completar el movimiento. Lo dejó un poco torcido.
«Soy capaz.»
Cuando Aebi salió, atendió la siguiente llamada.
Preguntó el nombre, aunque creía reconocer la voz.
Solo cuando el huésped se lo dio anotó su petición.
La mano se mantuvo firme. A su lado faltaba el viejo libro de despertadores, pero ahora sabía con más precisión qué historia no podían contar aquellas dos cifras.