El susurro de la línea cuatro (Telefonista Alma Imhof 1) Capítulo 16 La pizarra de Gustav
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Capítulo 16 La pizarra de Gustav

La pizarra de Gustav

La miró. «Normalmente lo paso a limpio.»

«Ahora nadie te ha pedido eso.»

«Si la señora von Arx ve la pizarra...»

«Está detrás de usted.»

Gustav se volvió de golpe. Berta no le quitó la pizarra. Miró los apuntes por encima de su hombro y le preguntó si necesitaba otra para recepción.

«Queda la pequeña.»

«Entonces use de momento la pequeña.»

Alma habría querido señalar enseguida la línea central. Las letras parecían contener ya una respuesta. En vez de hacerlo, esperó a que Aebi se despidiera de la señora Nägeli y lo llamó al mostrador. Solo dijo que la pizarra se había quedado entre los documentos del miércoles.

Aebi acercó una silla. Se sentó por el lado de recepción, de modo que Gustav pudiera seguir de pie si quería. «Cuénteme para qué utiliza esta pizarra.»

El muchacho se quitó de la manga un resto de tiza. «Para encargos que no puedo hacer enseguida. O cuando tengo dos a la vez. Después borro el que he terminado.»

«¿Por qué no borró estos?»

«Por la alarma. Después todos querían saber algo. Las facturas estaban aquí, y luego...» Levantó las manos. «La metí debajo. Para que nadie la rozara con la manga.»

Alma recordó la recepción abarrotada aquella noche. También ella había cogido papeles y los había dejado en otro sitio. En semejante desorden, una pizarra que ya no se necesitaba podía conservarse mejor que una carta importante.

Aebi le pidió que explicara el primer encargo. Se trataba de un equipaje del que Gustav se había ocupado antes de la cena. La última línea, poco clara, correspondía a un mensaje para una habitación. Al llegar a O. V., Gustav vaciló. Miró hacia la escalera.

«El señor Vollenweider.»

«¿Qué quería?»

«Que le llevara una tarjeta al señor Renz.»

Aebi no señaló la hora. «¿Dónde se la dio?»

«Arriba. Junto a la antesala. Tenía la puerta abierta.»

Alma volvió a ver el rectángulo blanco en la mano de Gustav. Había visto al muchacho recorrer el hotel con tarjetas y cartas tantas veces que aquel trayecto solo ahora se distinguía de todos los demás.

«¿Adónde llevó la tarjeta?» , preguntó Aebi.

«Al señor Renz. A contabilidad.»

«¿Qué ponía?»

Gustav apretó los labios. «Yo no leo la correspondencia de los huéspedes.»

La respuesta llegó deprisa y con una mirada a Berta.

Alma se sentó en el borde de la silla libre junto al mostrador.

Antes también ella había reprendido a las muchachas de los recados cuando sabían demasiado sobre una nota abierta.

En el momento equivocado, una norma del trabajo podía parecer una prohibición de decir la verdad.

«¿El señor Vollenweider te dio algún mensaje con ella?» , preguntó.

Gustav soltó el aire. «Que le dijera al señor Renz que lo esperaba a las ocho y media. En su despacho. Que sería poco tiempo.»

«¿Entonces esa hora es la de la invitación?»

«Sí.»

Aebi sacó su cuaderno. «¿No la hora a la que entregó la tarjeta?»

«No. Eso fue antes.»

«¿Cuánto antes?»

El muchacho miró el reloj de recepción y apartó enseguida los ojos. «Cinco minutos, más o menos. Miré porque no quería que después el señor Renz dijera que había llegado tarde.»

Alma mantuvo quietas las manos. En la pizarra no había una confesión. Había un recado, una invitación y una hora que debía encajar en la versión de Renz sobre aquella noche. Bastaba con eso para que la habitación pareciera más pequeña.

* * *

Aebi pidió a Gustav que volviera a mostrarles el recorrido. Berta se hizo cargo de recepción; Alma los acompañó después de completar una conexión que esperaba. No llevaba nada consigo. La pizarra quedó, con la cara escrita hacia arriba, sobre el abrigo doblado de Aebi.

En la primera planta olía a lana húmeda. Ante la habitación de Clara había un par de zapatos sobre un periódico viejo. Alma se mantuvo a la derecha del pasillo para no moverlo. Gustav se detuvo ante la puerta de la suite catorce. Miró a Aebi en espera de indicaciones.

«Hasta aquí» , dijo el investigador. «La puerta se queda cerrada.»

Gustav se colocó sin tocar el umbral. «Salió de la habitación de dentro. Ya tenía la tarjeta en la mano.»

«¿Había un sobre?»

«No.»

«¿A quién dio después el mensaje?»

«Solo al señor Renz.»

Regresaron. Gustav eligió la escalera principal. Alma vio que en el rellano se saltaba un peldaño, luego se corregía y seguía más despacio.

«Entonces fui más deprisa» , dijo. «Pero sin correr.»

Aebi no se detuvo por aquella diferencia. «Lo importante es el camino que siguió. No hace falta que hagamos una carrera.»

Abajo, Gustav los llevó por delante de recepción hacia el este. La puerta de contabilidad estaba entornada. Renz se inclinaba sobre un libro abierto y sujetaba una página con dos dedos. Al verlos, no los retiró.

«¿Necesitan otra vez los documentos de la calefacción?»

«Un recado» , respondió Aebi. «Gustav nos está mostrando el recorrido.»

Renz retrocedió medio paso. «Adelante.»

Gustav se detuvo ante el escritorio. Su sombra cruzaba la página abierta. «La dejé aquí.»

«Me la dio a mí» , dijo Renz.

El muchacho retiró la mano. Alma observó el gesto y se preguntó cuántas correcciones así soportaba en una jornada. Esta vez dijo en voz baja: «Primero la dejé ahí. Usted todavía tenía la pluma en la mano. Después la cogió.»

Renz asintió tras una pausa. «Puede ser.»

Aebi preguntó si Renz había recibido la invitación. El contable respondió que sí. Era un trámite habitual. Durante su auditoría, el señor Vollenweider había solicitado cifras o justificantes en repetidas ocasiones. No se ayudaba a nadie tratando ahora cada nota como una cita extraordinaria.

«¿Estuvo con él a las ocho y media?» , preguntó Aebi.

«Con mucho gusto le explicaré lo ocurrido a partir de mis documentos.»

«Lo haremos. Antes: ¿le respondió a Gustav?»

Renz pasó el índice por el borde de la página. «Supongo que le di las gracias.»

Gustav miraba el mismo dedo. «Dijo que iría.»

El reloj de contabilidad hacía tictac, mucho más despacio de lo que Alma habría esperado. Se dio cuenta de que estaba pendiente de la cara de Renz, de una contracción o una mirada. Nada de eso demostraría dónde había estado el miércoles. Así que se volvió hacia Gustav.

«¿Volviste después arriba para comunicárselo?»

«No. El señor Vollenweider había dicho que no hacía falta que volviera.»

Renz cerró el libro. «Un joven debería anotar enseguida un encargo en el libro correspondiente. Esta costumbre de las pizarras da lugar a malentendidos.»

Alma oyó un paso detrás de ellos. Berta había llegado hasta el marco de la puerta; entretanto, Bichsel había ocupado su puesto en recepción.

«La pizarra estaba autorizada para recados breves» , dijo. «Por mí.»

Lo dijo con tanta objetividad que Gustav tardó un instante en levantar la vista.

Aebi pidió a Renz que tuviera preparados para esa noche los documentos de la calefacción.

No exigió una explicación inmediata ni reclamó la tarjeta blanca desaparecida de un cajón concreto.

Solo preguntó qué había sido de ella. Renz no lo sabía.

Por lo general no conservaba ese tipo de mensajes una vez atendidos.

Alma habría querido saber si él aún podía ver la tarjeta en su memoria. Solo podía dejar constancia de que había confirmado haber recibido la invitación. A partir de ahora iba a necesitar a menudo aquella distinción.

* * *

De vuelta en recepción, Gustav tenía las dos manos a la espalda.

La pizarra seguía intacta sobre el abrigo.

Aebi copió en papel los tres apuntes legibles y preguntó por cada signo.

Al llegar a la media hora, Gustav hizo ademán de repasar la tiza.

Alma no le sujetó la mano; le acercó una hoja limpia.

«Enséñalo aquí.»

Él reprodujo la escritura. «Si no, después dirán que no se puede leer.»

«Tal como está ahora se puede ver lo que pusiste entonces.»

Bichsel se inclinó. «Siempre escribe así las medias horas. Ya se lo he señalado en el libro de servicio.»

Aebi recogió el comentario, pero no permitió que sustituyera a la explicación de Gustav. Después puso un papel sobre la superficie de tiza, sin frotarla, y preparó la pizarra para guardarla. El muchacho observaba como si estuvieran confiscando una parte de su escritorio.

«¿Me la devolverán?»

«Cuando ya no haga falta para la investigación.»

«Necesito algo para escribir.»

Alma trajo la pequeña pizarra de repuesto. El marco de madera tenía una esquina astillada. Puso un trozo de papel encima para que Gustav no se hiciera daño. «Para hoy. Mañana buscaremos una mejor.»

Él la cogió, pero no dijo nada. Solo cuando Aebi entró en el despacho de administración con el objeto protegido se volvió hacia Alma.

«Entonces fui yo quien lo mandó a ver al señor Vollenweider.»

Las palabras salieron casi sin voz. Alma dejó el cabo de tiza.

A través de la puerta de recepción veía las hileras rectas del perchero, donde aún se secaban abrigos ajenos.

Aquella noche Gustav había hecho lo que se le pedía constantemente.

Las consecuencias de un mensaje podían ser mucho mayores que el encargo de quien lo llevaba.

«El señor Vollenweider lo invitó. Tú llevaste la invitación.»

«Si se me hubiera olvidado...»

Alma no lo dejó completar la frase con una respuesta ya hecha. «Todavía no sabemos todo lo que ocurrió después de tu recado. Lo que sabemos lo anotamos bien. También que tú hiciste tu trabajo.»

Gustav pasó el pulgar sobre la astilla tapada. «Renz cree que he hablado contra él.»

«Lo has contradicho en un punto.»

«Casi siempre basta con eso.»

Alma no podía prometerle que a partir de entonces nadie en el hotel le guardaría rencor. Por eso le acercó la transcripción de Aebi. «Lee antes de confirmarla. Si algo suena distinto, dilo.»

Él leyó despacio, moviendo los labios. Se detuvo en el pasaje donde Renz había cogido la nota. Después puso la punta del dedo sobre una línea.

«Aquí falta que todavía tenía la pluma.»

Alma sacó la silla para él. «Entonces volveremos a llamar al señor Aebi.»

Gustav no se sentó enseguida. «¿Puedo enseñarle después a la señora von Arx lo que he dicho?»

«Pregúntaselo. ¿Para qué quieres enseñárselo?»

Miró hacia contabilidad. «Para que no se entere primero por el señor Renz.»

Alma comprendió. Para ella, la declaración era una parte de la investigación.

Para Gustav lo acompañaría al trabajo a la mañana siguiente, cuando alguien repartiera un encargo o buscara un error.

Fue a la puerta del despacho de administración y pidió a Aebi que regresara.

Esta vez dejó que Gustav hiciera la pregunta.

El investigador escuchó. No prometió al muchacho una defensa pública ni un papel capaz de ganar cualquier discusión. Pero dijo que él mismo comunicaría a Berta que Gustav había relatado sus observaciones durante el servicio a petición de la policía.

«Por favor, no vaya contando los detalles por el hotel. Si lo presionan por su declaración, venga a verme.»

Gustav asintió. Después señaló la línea de la pluma. Había recibido respuesta a su pregunta; ahora quedaba por corregir el pequeño error del texto.