El susurro de la línea cuatro (Telefonista Alma Imhof 1) Capítulo 15 Lo que debe el hotel
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Capítulo 15 Lo que debe el hotel

Lo que debe el hotel

Berta había colocado tres sillas delante de su escritorio. En la del centro había una carpeta, así que Alma se quedó de pie al principio. La administradora la cogió, la dejó detrás del tintero y adelantó la silla un dedo.

«Por favor. No quiero que esta conversación tenga lugar en el pasillo.»

Clara Vollenweider se sentó sin quitarse el abrigo. Tenía los hombros húmedos. Había acompañado a Alma hasta la puerta de entrada, había contemplado la lluvia y había dado media vuelta. Desde la consulta oficial sobre la muerte de Eva Suter parecía sentir cada interrupción como tiempo perdido.

Alma ocupó la silla contigua. Jakob Aebi permaneció en la puerta hasta que Gustav hubo ocupado su puesto en recepción.

Después cerró con suavidad. A través de la pared se oyó cerrarse un cajón y, a continuación, una pregunta amortiguada sobre el tren de la tarde.

También aquel día el hotel exigía respuestas a preguntas corrientes.

Berta abrió la carpeta. Encima había un plan de pagos con cantidades modificadas varias veces. Dejó la mano sobre la mitad inferior antes de descubrir por completo la hoja.

«Este es el estado de cuentas que debía presentar al banco. Y aquí está su respuesta. Pedí al señor Vollenweider que aplazara la auditoría hasta después de la reunión. Ya se lo dije. Ahora quiero mostrar de qué se trataba.»

Aebi acercó la segunda hoja. La leyó de arriba abajo. Alma solo vio el sello y la firma; no se inclinó hacia delante.

«¿Se pagarán los salarios el sábado?» , preguntó.

Berta levantó la vista. Por lo visto había esperado otra primera pregunta. «Hay una parte reservada.»

«¿Qué parte?»

«Los nombres concretos figuran en el anexo.»

Alma acercó la silla a la mesa. «Se había prometido el pago para hoy. ¿El sábado sería una nueva fecha?»

Berta miró la puerta cerrada. «Espero tener para entonces la confirmación que falta.»

«Entonces el personal debería saber hoy que tendrá que esperar. Algunos ya tienen comprometido ese dinero.»

La administradora abrió la boca, pero se contuvo. Alma pensó en la cuenta de su propia habitación y en la pequeña cantidad que apartaba cada día de paga. No quería tener que contarle nada de aquello a Berta para recibir una respuesta precisa.

«Hablaré con el personal antes del turno de noche» , dijo Berta al fin. «Diré claramente qué es lo que todavía no está garantizado.»

Clara alisó sus guantes. «Aunque para entonces no haya llegado ninguna confirmación.»

«También en ese caso.»

Clara dejó los guantes en el regazo. «Entonces dele el anexo a la señora Imhof.»

Por un momento solo se oyó el leve roce del papel.

Berta sacó de la carpeta una hoja más estrecha y se la pasó a Alma.

Junto a varios nombres había pequeñas marcas de verificación.

Junto al suyo no había ninguna. Alma siguió leyendo hasta encontrar también a Lena.

La joven debía recibir un anticipo que luego se descontaría del salario pendiente.

La palabra anticipo no encajaba se mirase como se mirase.

«Si Lena recibe el dinero que ya ha ganado, no es un anticipo.»

«El término procede de contabilidad.»

Alma mantuvo la vista en la hoja. Habría sido fácil atribuir también aquella línea solo a Renz. En los últimos días había visto lo deprisa que todos los caminos podían conducir a una persona en cuanto se partía de una respuesta determinada.

«Usted ha dado el visto bueno a la lista.»

Berta no retiró la hoja. «Sí.»

Aebi preguntó por la fecha de la respuesta del banco, por la garantía prevista y por quién había entregado los documentos.

Berta respondió cada vez después de consultar la carpeta.

Su hotel debía seguir funcionando, pero nadie en aquella mesa recibió la promesa de que lo lograría.

Un proveedor había confirmado una prórroga; faltaban otras dos.

No se podía saldar un pago vencido con el valor de una alfombra del salón mientras la alfombra permaneciera en el salón.

Alma escuchaba e intentaba no ver los números como una barrera protectora.

También eran pedidos, horas de trabajo y facturas pendientes.

Entonces Clara puso un dedo junto a la respuesta del banco.

«¿Y con cuál de estas cantidades se iba a pagar a la señora Suter?»

«El fondo de ayuda tiene una contabilidad independiente.»

«Lo sé. Pregunto si ha pasado dinero de ella a esta.»

Berta entrelazó las manos. «No he ordenado ninguna transferencia de ese tipo.»

«¿Ha advertido alguna?»

Esta vez la administradora no miró ninguna hoja. «No.»

Alma recordó a Lena en la cocina, el esfuerzo que le había costado pronunciar el año en que había muerto su madre. Para ella, de aquel recibo no dependía un balance. Dependía saber si alguien se había dado cuenta de que no había llegado una ayuda.

«¿Quién tenía que haber preguntado si una familia no recibía el dinero?» , preguntó Alma.

«El fondo se administraba en mi hotel. El señor Renz llevaba los libros. La auditoría correspondía al señor Vollenweider.»

«¿Y las cartas de las familias?»

Berta apretó las yemas de los dedos unas contra otras. «Llegaban a administración.»

Clara se adelantó en la silla. «Mi padre debería haberlo revisado antes. Eso no cambia dónde está su escritorio.»

Alma esperaba que Berta protestara por el tono. En vez de eso, cogió una hoja en blanco y escribió arriba dos palabras. Actividad ordinaria. Más abajo, dejando un espacio, Fondo de ayuda. Después puso el anexo de salarios junto al primer epígrafe.

«Las preguntas deben responderse por separado. Presentaré los documentos de caja de ambos ámbitos. El señor Aebi decidirá cuáles deben quedarse aquí de momento.»

Aebi asintió. «Todos. Incluidos los justificantes que usted considere irrelevantes.»

Berta volvió a coger la pluma, pero se detuvo. «¿Puedo al menos preparar los pagos corrientes?»

«De modo que se pueda seguir cada paso. Sin retirar justificantes antiguos ni hacer añadidos sin fecha. Si falta algo, el hueco debe quedar a la vista.»

Aquella instrucción pareció afectar a Berta más que la sospecha de la mañana. Alma conocía su deseo de mantener el hotel ordenado. Dejar un hueco a la vista era allí casi una forma pública de desorden.

* * *

Cuando salieron del despacho de administración, la señora Nägeli esperaba en recepción.

Sujetaba una factura con tanta fuerza que el borde se curvaba alrededor de sus dedos.

Gustav había extendido ante ella dos sobres de distinto tamaño y miró a Alma como si regresara de una región donde se entendía de aquellas cosas.

«Me han vuelto a poner la misma cantidad» , dijo la señora. «La señora von Arx la tachó de su puño y letra anteayer por la noche.»

Berta cogió la factura. «Di aviso de la corrección.»

«Pues el aviso no ha llegado muy lejos.»

Alma sacó el delgado libro de copias de debajo del mostrador de recepción.

Gustav le hizo sitio. El cargo correspondía a una habitación distinta de la que habían confirmado a la señora Nägeli antes de su llegada.

Había recibido la más pequeña y seguían cobrándole la más grande.

Al margen de la factura antigua figuraba la corrección de Berta.

«¿Estuvo aquí por ese asunto el miércoles por la noche?» , preguntó Aebi.

«Un buen rato. Primero buscaron mi reserva, luego la confirmación y después a alguien que se considerase responsable.»

Berta bajó la factura. «Yo estaba aquí, señora Nägeli.»

«Después de que fueran a buscarla. Luego se quedó. Eso se lo reconozco.»

Alma miró a Aebi. Aún no había abierto su cuaderno. La pregunta había sonado como parte de la reclamación.

«¿Recuerda a qué hora fue?»

La señora Nägeli abrió el bolso, como si guardara también la hora dentro. Encontró la carta de confirmación y se la entregó a Alma. «Después de cenar. Quería dejarlo resuelto antes de subir. Hacia las ocho y media llegamos por fin a la factura.»

«¿Hacia las ocho y media o a las ocho y media en punto?»

La señora frunció el ceño. «Si lo supiera con exactitud, habría dicho en punto.»

Aebi asintió sin disculparse. «¿La señora von Arx permaneció con usted?»

«Hasta que se corrigió la cantidad.»

«¿También mientras buscaban los documentos?»

«Sí. El muchacho buscaba. Nosotras estábamos aquí.»

Gustav señaló el cajón de abajo. «Primero en el libro equivocado. La señora Nägeli llevaba la confirmación encima. Solo que estaba entre los billetes de tren.»

La señora lo miró. «Su ayuda fue muy útil, joven. No hace falta acompañarla de un reproche.»

A Gustav se le pusieron rojas las orejas. «Quería explicar por qué tardamos.»

Alma cogió la carta y comparó la descripción de la habitación y la cantidad.

Podía extender una factura correcta a la señora Nägeli; la información sobre el miércoles no debía convertirse en una contraprestación.

Así que tachó la suma errónea, pidió a Berta que rubricara la corrección y le devolvió primero la hoja.

«Ya está corregida. El señor Aebi quisiera hablar un poco más con usted, si dispone de un momento.»

La señora Nägeli revisó cada apunte. Solo después se volvió hacia él. «Siempre que no vuelva a preguntarme por mi reserva.»

Se sentaron en la mesita junto a la entrada.

Alma permaneció en el mostrador porque Aebi le pidió que tuviera a mano el libro de recepción.

Hizo que la señora relatara de nuevo lo ocurrido, esta vez sin los añadidos de Gustav.

Recordaba que Berta se había desplazado hasta el extremo del mostrador, una comprobación de las cuentas y al portero, que se había sumado después con un encargo de coche.

Durante todo aquello Berta había tenido la factura delante.

En ese recuerdo no cabía un desplazamiento a la escalera.

Aebi también preguntó si la señora Nägeli había dejado de mirar alguna vez o se había ausentado de recepción.

La señora calificó al principio aquella distinción de quisquillosa.

Él esperó. Al fin, ella explicó que nadie podía afirmar que hubiera mirado a otra persona durante veinte minutos sin pestañear.

Pero Berta había hecho las cuentas con ella, había respondido a sus preguntas y había conservado la factura hasta el final.

Alma sintió alivio y, precisamente por eso, se obligó a escuchar también los límites de la declaración.

La señora Nägeli no podía fijar un minuto exacto en un reloj.

Sí podía atestiguar una tarea prolongada realizada juntas.

Si Berta hubiera ido al despacho, habría tenido que interrumpir la discusión en recepción.

No había ningún recuerdo de ello ni nada en el desarrollo de los hechos que explicara esa interrupción.

Cuando Aebi terminó de leer la declaración en voz alta, la señora Nägeli exigió una modificación. No se había quejado de la habitación, sino de la factura. La habitación estaba muy bien. Aebi cambió la frase. Berta permanecía en silencio junto al mostrador.

* * *

Clara esperaba en el paso hacia el salón. Había podido seguir el interrogatorio desde allí sin acercarse. Ahora le quitó a Alma la pila de copias de facturas antiguas y la llevó hasta la centralita.

«Eso ayudará a la señora von Arx.»

Alma metió las copias en su casillero. «Sí.»

«Casi ha dicho que sí a regañadientes.»

«Me alivia. Solo quiero tener cuidado con lo que se deduce de ello.»

Clara asintió. «Que una mujer estuviera en recepción cuando murió mi padre no paga ninguna ayuda que no llegó.»

Alma miró a Berta a través del cristal. La administradora se había quedado con Gustav. Señalaba la factura corregida y esperaba mientras él copiaba la cantidad correcta en el libro. Esta vez no le quitó la pluma de la mano.

«Ha puesto los documentos sobre la mesa» , dijo Alma. «Podemos recordárselo.»

Clara pasó el pulgar por la costura de su guante. «Muchas veces le dije a mi padre que hiciera algo de una vez. Si ahora me limito a señalar a los demás, seguirá siendo una conversación sobre él.»

«¿Qué quiere hacer?»

«Ocuparme de la consulta. Recoger la confirmación en cuanto llegue. Y después averiguar quién más esperó en vano.»

Alma quiso advertirle que no se cargara de demasiado trabajo. Después lo dejó. Clara había señalado una tarea, no había pedido consuelo.

De recepción llegó un roce áspero. Al guardar una carpeta, Gustav había notado algo duro bajo los documentos. Sacó su pequeña pizarra. En la superficie gris había varias líneas cortas; una quedaba medio tapada por el borde de la carpeta.

«La estaba buscando» , dijo.

Alma vio la escritura de tiza y recordó la tarjeta blanca que él había llevado el miércoles. Apoyó la mano en la puerta de la centralita.

«Por favor, no la borres todavía.»