Capítulo 12 – La mujer de la limpieza
La llamada llegó un martes por la mañana. Maria estaba desayunando con Enrico, que comía galletas mojadas en leche y dejaba migas por todas partes. El teléfono vibró en la mesa. Un número desconocido.
– ¿Diga?
– ¿Maria? Soy Anna. La prima de Giulia.
– Ah. Sí. Hola.
– Oye, te llamo por aquello. Lo del trabajo. Mi hermana busca a una mujer para la limpieza. Es una empresa de limpieza, en Taranto. No es nada especial, pero pagan. ¿Te interesa?
Maria miró a Enrico. El niño estaba construyendo una torre con las galletas.
– Sí – dijo – . Me interesa.
– ¿Puedes empezar mañana?
– ¿Mañana?
– Sí. Hay una oficina que necesita a alguien. ¿Estás disponible?
Maria cerró los ojos un segundo.
– Sí. Estoy disponible.
Colgó. Enrico la miraba.
– ¿Mamá?
– ¿Qué?
– ¿Quién era?
– Nadie. Una señora que buscaba a alguien para un trabajo.
– ¿Y vas a ir?
– Sí. Voy.
Enrico asintió. Luego volvió a sus galletas.
Maria se quedó sentada. Miró la mesa, las migas, la leche derramada. No le dijo nada a su madre, que estaba descansando en su habitación. No le dijo nada a Sergio, que le había mandado un mensaje esa mañana y ella todavía no había contestado.
Se levantó. Puso los platos en el fregadero. Fue al baño, se miró en el espejo. Se recogió el pelo.
– Vale – se dijo a sí misma – . Vale.
La oficina estaba en un edificio de seis plantas, en una zona de Taranto llena de bancos y bufetes de abogados. Maria llegó a las siete y media, con un mono gris y unas zapatillas viejas. Anna la esperaba delante de la entrada.
– Eres puntual – dijo Anna – . Bien.
Anna tenía cincuenta años y una voz áspera. Le explicó lo que tenía que hacer: los baños de la primera y la segunda planta, los pasillos, las escaleras. Le dio un carro con cubos, trapos, detergentes.
– Si encuentras algo roto, no lo toques. Llámame.
– Vale.
– Y no hables con los empleados. Ellos trabajan, tú limpias.
– Vale.
Maria empezó por la primera planta. Había dos baños, uno de hombres y uno de mujeres. Entró en el primero con el cubo y el trapo. El olor a amoníaco le llenó las fosas nasales. Se puso los guantes de goma y empezó a limpiar.
Lo primero que hizo fue limpiar el inodoro. Se arrodilló en el suelo frío y pasó el trapo alrededor de la taza. Sintió el líquido detergente picarle los dedos a través de los guantes. Ya le dolía la espalda.
Luego pasó a la segunda taza. Luego a la tercera. Luego a los lavabos. Luego al espejo. Luego al suelo.
Cuando terminó el primer baño, miró el reloj. Eran las ocho y veinte. Aún tenía todo el día por delante.
Se levantó. Le crujieron las rodillas. Cogió el cubo y fue al baño de hombres.
La mañana pasó despacio. Maria limpió los baños, los pasillos, las escaleras. No habló con nadie. Los empleados pasaban a su lado sin mirarla, como si formara parte del mobiliario. Una mujer con traje de chaqueta pasó cerca y dijo «Perdone», como si ella fuera un obstáculo.
A mediodía Anna le trajo un bocadillo.
– Come. Tienes media hora.
Maria se sentó en un banco delante del edificio. El bocadillo era de jamón y queso. Se lo comió sin apetito. Miró la calle, los coches, la gente que pasaba.
Pensó en Enrico. Pensó en su madre. Pensó en Sergio.
Luego volvió a entrar.
La tarde fue peor. El cansancio se le acumuló en las piernas y en la espalda. Las manos empezaron a arderle por el detergente. Cuando llegó la hora de irse, eran las cinco y media. Había limpiado seis baños, tres pasillos y dos tramos de escalera.
Anna le pagó en efectivo.
– Mañana a la misma hora.
– Vale.
Maria cogió el dinero. Se lo guardó en el bolsillo. Salió del edificio y se dirigió al coche.
Condujo hasta Oria sin encender la radio. Tenía las manos rojas sobre el volante. Le dolía la espalda. Todavía notaba el olor a amoníaco en el pelo.
Llegó a casa a las seis y media. Su madre estaba en la cocina.
– Has vuelto pronto – dijo Rosanna.
– Sí. La entrevista fue bien.
– ¿Te han cogido?
– No lo sé. Me avisarán.
Rosanna asintió. No preguntó más.
Maria fue a su habitación. Cerró la puerta. Se sentó en la cama.
Entonces empezó a llorar.
No fuerte. No a lágrima viva. Solo lágrimas silenciosas que le resbalaban por las mejillas y caían sobre la sábana. Se tapó la boca con la mano para no hacer ruido.
Se quedó así unos minutos. Luego se secó los ojos. Se levantó. Fue al baño, se lavó la cara.
El teléfono vibró. Sergio.
«¿Cómo ha ido?»
Ella miró la pantalla. No respondió.
Después, al cabo de un minuto, escribió:
«Necesito verte.»
Sergio llegó media hora después.
Maria le abrió la puerta. Tenía los ojos todavía rojos, el pelo suelto, y llevaba un jersey ancho que le cubría las manos.
– ¿Qué pasa? – preguntó él.
– Entra.
Él entró. La cocina estaba vacía. Rosanna había ido a recoger a Enrico al colegio.
– Siéntate – dijo ella.
Él se sentó. Ella se quedó de pie, apoyada en el fregadero.
– ¿Y bien? – preguntó él.
– He encontrado... o sea. – Se detuvo – . He encontrado trabajo.
– Bien.
– No.
Él la miró.
– He limpiado váteres, Sergio.
Él no respondió enseguida.
– He limpiado váteres durante seis horas. He limpiado inodoros. He limpiado suelos. He limpiado espejos. He limpiado escaleras.
– ¿Y qué?
– Y nada. Es un trabajo.
– Es un trabajo.
– No es lo que quería.
– Lo sé.
– No es lo que estudié. No es para lo que trabajé diez años.
Él no dijo nada. Le cogió la mano.
– Y me pagan en efectivo. Como si fuera invisible.
Él no dijo nada.
– ¿Sergio?
– ¿Qué?
– Dime algo.
Él la miró. Luego:
– ¡Pero con qué cualificación! ¡Eran váteres limpiados por una persona con una carrera universitaria! ¡Pueden sentirse orgullosos!
Ella lo miró. Luego se rió. Una risa breve, rota, que terminó en un sollozo.
– Eres un idiota.
– Lo sé.
– No bromees.
– No estoy bromeando. Es verdad.
– No. No es verdad. Es humillante.
Él se levantó. Se acercó a ella. No la tocó. Pero se quedó a un paso.
– Lo sé – dijo – . Pero no es culpa tuya.
– Ya sé que no es culpa mía. Pero eso no cambia nada.
– Cambia que lo has hecho. Y que mañana lo harás otra vez. Y que un día dejarás de hacerlo.
Ella lo miró. Las lágrimas seguían cayendo, pero no se las secó.
– ¿Cómo lo sabes?
– No lo sé. Pero lo digo igual.
Ella negó con la cabeza. Pero no lo echó.
– ¿Sergio?
– ¿Qué?
– Quédate un poco más.
– Vale.
Él volvió a sentarse. Ella se sentó frente a él. No hablaron. La cocina estaba en silencio. Fuera, el cielo empezaba a oscurecer.
Al cabo de un rato, Maria dijo:
– No se lo digas a mi madre.
– No lo diré.
– Y no se lo digas a Enrico.
– No lo diré.
– Y no se lo digas a Paolo.
– No lo diré.
– ¿Sergio?
– ¿Qué?
– Gracias.
– ¿Por qué?
– Por haber venido.
Él no respondió. Pero se quedó sentado.