Capítulo 7 – El vaso vacío
Esa noche, después de la entrevista, Sergio no volvió a casa.
– ¿Adónde vamos? – preguntó Maria, mientras el coche enfilaba la carretera hacia Oria.
– A tu casa – dijo él.
– ¿Por qué?
– Porque he traído vino.
Ella lo miró.
– ¿El vino?
– En el coche. Lo cogí antes de salir. Pensé que si te cogían, celebraríamos. Y si no te cogían, beberíamos igual.
– ¿Y si no me cogían y yo no quería beber?
– Entonces me lo habría bebido yo solo.
Ella negó con la cabeza, pero le brillaba algo en los ojos.
– Eres un idiota.
– Lo sé. Pero tengo el vino.
Llegaron a su casa. La luz de la cocina estaba encendida. Maria aparcó, apagó el motor, y se quedó sentada un momento.
– Mi madre está en casa – dijo.
– He visto el coche – dijo él.
– Y no sabe que has venido.
– Se lo dirás.
– ¿Y si no quiere que entres?
– Entonces me quedo en el coche. Pero tengo el vino.
Ella lo miró. Luego abrió la puerta y bajó.
Sergio cogió la botella y la siguió.
La puerta se abrió, y les llegó el olor a salsa de tomate y albahaca fresca. La cocina era pequeña, con una mesa de madera y dos sillas. Una mujer mayor estaba de pie junto a los fogones, con una olla en la mano. Tenía el pelo gris, un delantal de flores, y los ojos de Maria.
Se volvió al oírlos entrar.
– Maria – dijo – . No me habías dicho que venías con alguien.
– Es un amigo – dijo Maria.
– ¿Amigo?
La mujer dejó la olla y miró a Sergio. Sus ojos bajaron a las piernas de él, luego volvieron a subir a la cara.
– Buenas noches – dijo él.
– Buenas noches – dijo ella. No sonreía. Pero tampoco parecía enfadada. Parecía solo... atenta.
– Este es Sergio – dijo Maria – . El hombre del que te hablé.
– No me has dicho nada – dijo la mujer.
– Te lo dije por teléfono.
– No me dijiste nada por teléfono.
Maria suspiró.
– Mamá, este es Sergio. Es un amigo. Ahora nos sentamos a beber un poco de vino. ¿Vale?
La mujer miró la botella que Sergio sostenía. Luego lo miró a él. Luego miró a Maria.
– Vale – dijo – . Pero yo no bebo.
– No te he pedido que bebas – dijo Maria – . Te he pedido que te sientes.
La mujer no respondió. Pero se sentó.
Sergio dejó la botella en la mesa. Maria cogió dos vasos y los llenó.
– Gracias – dijo él.
– De nada – dijo ella.
Bebieron. La mujer observaba.
– Bueno – dijo Maria – , hoy he tenido una entrevista.
– ¿Y qué tal ha ido? – preguntó la madre.
– No me han cogido.
– ¿Por qué?
– Demasiado cualificada.
La mujer asintió. No dijo nada. Pero su rostro se endureció.
– ¿Y usted? – preguntó, mirando a Sergio – . ¿En qué trabaja?
– No trabajo – dijo él.
– ¿Por qué?
– Porque nadie me contrata.
– ¿Y por qué?
– Porque tengo las piernas de metal.
La mujer lo miró. Luego miró sus piernas. Luego volvió a mirarle la cara.
– ¿Y qué sabe hacer? – preguntó.
– ¿Saber hacer qué?
– Saber hacer. Con las manos.
– No lo sé – dijo él – . Antes era fotógrafo.
– ¿Y ahora?
– Ahora busco trabajo.
– ¿Y lo encontrará?
– No lo sé. Pero lo intento.
La mujer asintió. Luego miró a Maria.
– No me habías dicho que era fotógrafo.
– No te lo había dicho – dijo Maria – . Pero es fotógrafo. O al menos lo era.
– ¿Y por qué ya no lo es?
– Porque tuvo un accidente.
– ¿Y ahora?
– Ahora tiene las piernas de metal. Pero sigue siendo fotógrafo.
Sergio la miró. Ella no lo miró a él. Miraba a su madre.
– ¿Y usted – le dijo la madre a Sergio – qué busca?
– No lo sé – dijo él – . Quizá alguien que me dé una oportunidad.
– ¿Y Maria le da una oportunidad?
Sergio dudó. Maria respondió por él:
– Yo le doy el vino.
La madre la miró. Luego miró a Sergio. Luego se levantó.
– Voy a ver a Enrico – dijo – . Vuelvo en un minuto.
Salió de la cocina. Se oyeron sus pasos subiendo la escalera.
Maria bebió un sorbo de vino.
– No es mala – dijo – . Es solo…
– Desconfiada – dijo él.
– Sí.
– Es normal.
– Quizá – dijo él – . Pero no quiero que te sientas incómoda.
– No me siento incómoda.
– Mientes.
– Un poco – dijo él – . Pero estoy acostumbrado.
– ¿A qué?
– A que me miren.
– ¿Quién?
– Todos.
Ella lo miró. Luego:
– Yo no te miro como los demás.
– Lo sé. Por eso estoy aquí.
La madre volvió. Se sentó de nuevo.
– Enrico duerme – dijo – . Pero está resfriado. Esta noche tosirá.
– Lo sé – dijo Maria – . Yo lo cuido.
– ¿Sabes cuidarlo?
– No. Pero aprenderé.
La madre asintió. Luego miró a Sergio.
– Bebe demasiado – dijo.
– No bebo demasiado – dijo Maria.
– Bebes. Y luego no duermes.
– Es mi problema.
– También es mío.
Maria no respondió. Bebió otro sorbo.
– ¿Puedo preguntar una cosa? – dijo Sergio.
La madre lo miró.
– ¿Qué?
– ¿Cómo se llama?
– Rosanna.
– Rosanna – repitió él – . Es un nombre bonito.
– No es bonito – dijo ella – . Es un nombre antiguo.
– Pero es bonito – dijo él – . Porque es el nombre de su madre.
Rosanna lo miró. No dijo nada. Pero su rostro se suavizó.
– Usted es raro – dijo.
– Lo sé – dijo él.
– Pero no es maleducado.
– Nunca lo soy.
– ¿Y entonces por qué no encuentra trabajo?
Sergio no respondió. Maria respondió por él:
– Porque la gente es estúpida.
– ¿Y usted? – le preguntó Rosanna a Sergio – . ¿Qué piensa de esto?
– Pienso que la gente tiene miedo de lo que no conoce.
– ¿Y qué es lo que no conocen de usted?
– Las piernas de metal.
Rosanna lo miró un momento. Luego:
– ¿Entonces es culpa de las piernas?
– No – dijo él – . Pero la gente las ve. Y luego ya no ve nada más.
– ¿Y qué querría usted que vieran?
Sergio la miró.
– Que sigo siendo una persona.
Rosanna asintió. Luego se levantó.
– Mañana voy al mercado contigo – le dijo a Maria – . Así puedes dormir un poco más.
– No hace falta – dijo Maria.
– Sí hace falta – dijo Rosanna – . Mañana compro pescado.
Y salió de la cocina.
Sergio y Maria se quedaron solos.
– ¿Cómo consigue ser así? – preguntó Maria.
– ¿Así cómo?
– Así... sencillo. Con ella.
– No lo sé – dijo él – . Quizá porque estoy acostumbrado a que me juzguen. Así que no me da miedo que lo hagan.
– ¿Y yo?
– ¿Tú qué?
– ¿Me tienes miedo a mí?
Sergio la miró. Ella lo miraba a él.
– No – dijo él – . No te tengo miedo.
– ¿Y de qué tienes miedo?
Él miró el vaso vacío sobre la mesa, girándolo entre los dedos antes de responder.
– De quedarme quieto. De seguir aquí, igual, dentro de diez años.
Ella lo miró largamente. No dijo nada. Pero le posó dos dedos en el dorso de la mano, un instante, antes de retirarlos.
Maria bebió el último sorbo de vino.
– ¿Sergio?
– ¿Qué?
– Mañana tengo otra entrevista. En Brindisi.
– Allí estaré – dijo él, antes de que ella se lo pidiera siquiera.
– ¿Vienes conmigo?
– Claro.
– ¿Y si no me cogen?
– Entonces compro otra rosa.
Ella lo miró. Luego sonrió. Una de esas sonrisas que nunca antes había visto. No cansada, no amarga. Simplemente verdadera.
– Eres raro, Sergio.
Él se encogió de hombros, sin negarlo.
– Pero me gustas.
– Tú también me gustas.
Ella lo miró. Luego:
– Ahora tienes que irte. Mañana es un día importante.
– Ya – dijo él, sin moverse.
– ¿Y la rosa?
– Te la compraré.
– No la quiero.
– ¿Entonces qué quieres?
– A ti – dijo ella – . Pero no se lo digas a mi madre.
Sergio no respondió. Se levantó, cogió la botella, y se dirigió hacia la puerta.
– ¿Maria?
– ¿Qué?
– Gracias.
– ¿Por qué?
– Por estar aquí.
Ella no respondió. Pero lo miró salir.
Cuando Sergio salió, la noche estaba fresca. Cerró la puerta con suavidad, se dio la vuelta, y vio a Rosanna en el umbral.
– Maria se ha ido a la cama – dijo.
– He visto la luz apagarse – dijo él.
– Te quiere.
– Lo sé.
– ¿Y usted?
– Yo también.
Rosanna lo miró. Luego:
– Entonces no la haga sufrir.
– No la haré sufrir.
– Ya veremos – dijo Rosanna – . Pero esta noche... no me ha parecido usted mala persona.
– No lo soy.
– Entonces quizá esté bien.
Sergio no respondió. Pero asintió.
Rosanna cerró la puerta. Él se quedó en la calle, el vino en la mano, mirando la casa iluminada.
Sentía el peso del vino en la mano, pero también algo más. Algo que no sabía cómo llamar.