Capítulo 47 — Lo que entendió Elías
Dos semanas después del regreso, Elías recibió un correo de un colega neurólogo con quien intercambiaba de vez en cuando sobre cuestiones en la frontera entre la medicina y las ciencias cognitivas.
El colega había leído un artículo preliminar sobre los efectos de los infrasonidos de baja frecuencia en la corteza prefrontal y había pensado en Elías, sin saber exactamente por qué.
Elías leyó el artículo con una atención que crecía en cada párrafo.
El artículo documentaba experimentos de laboratorio en los que sujetos expuestos a infrasonidos entre dieciocho y veintidós hercios durante duraciones variables presentaban modificaciones medibles en su actividad cerebral, específicamente en las zonas asociadas a la atención sostenida y a la percepción de estímulos débiles.
No era un hallazgo enteramente nuevo. Los efectos de los infrasonidos sobre la cognición humana estaban documentados desde los años ochenta.
Lo nuevo en este artículo era la precisión de las mediciones y la caracterización más fina de los efectos: los infrasonidos no aumentaban solo la atención general.
Aumentaban específicamente la sensibilidad a los estímulos periféricos, la información que llegaba a la conciencia de manera indirecta, fuera del foco central de la atención.
Elías pensó de inmediato en lo que había dicho Salvador. La otra mitad. Lo que la gente habitualmente no veía porque su atención estaba en otra parte.
Pensó en sus propias observaciones sobre los miembros del equipo en la sala principal. La modificación en la calidad de su atención. No un aumento de la concentración, sino más bien una ampliación del campo de lo perceptible.
Pensó en las incisiones. Un protocolo de lectura que necesitaba cierta calidad de atención para ser percibido. Una organización visual que se volvía visible solo en condiciones de observación particulares. Condiciones que tal vez incluían un estado modificado de la atención del observador.
El artículo citaba otros trabajos. Los buscó.
Uno de ellos, más antiguo, documentaba efectos similares en espacios arquitectónicos particulares —catedrales góticas, ciertos templos antiguos— cuya geometría producía modos de resonancia acústica en las frecuencias bajas.
El autor sugería que ese efecto tal vez no era accidental: los arquitectos de esos espacios tal vez habían seleccionado o desarrollado intuitivamente formas que producían ese estado particular de la atención en las personas que los habitaban.
Elías dejó de leer. Tomó una hoja de papel —no la computadora, una hoja de verdad— y empezó a anotar las correspondencias entre lo que leía y lo que había observado en la sala principal.
Las correspondencias eran numerosas. Demasiadas para ser fortuitas.
Le escribió a Ixcoy esa noche. Su carta era larga, precisa, con referencias a los artículos y preguntas específicas sobre la geometría de la sala principal y sus propiedades acústicas teóricas. Preguntaba si el modelo incorporaba predicciones sobre los modos de resonancia acústica del espacio.
Ixcoy respondió a la mañana siguiente, a las seis, lo cual indicaba que no había dormido.
Elías: esperaba esta pregunta desde hace dos semanas.
Sí, el modelo incorpora implícitamente propiedades acústicas.
Las dimensiones de la sala y los materiales de las paredes producen modos de resonancia en frecuencias que corresponden exactamente a los rangos documentados en los artículos que citas.
No es una coincidencia. Y si agregás los objetos del nivel inferior como generadores pasivos de resonancia en esas frecuencias...
entonces el espacio no mide solamente algo.
Modifica activamente el estado de quienes lo habitan para que puedan leer lo que mide.
Es la segunda función de la que hablaba, que todavía no había logrado formular por completo. R.
Elías leyó el correo dos veces. Luego dijo, en voz alta en su departamento vacío, una frase que no habría dicho en voz alta frente a colegas: habían construido una máquina de ver.
No una máquina en el sentido mecánico. Una máquina en el sentido de un dispositivo que transforma una entrada en una salida útil.
La entrada: un fenómeno geofísico de muy baja frecuencia.
La transformación: una modificación del estado atencional del observador que lo hace capaz de percibir ese fenómeno.
La salida: una percepción que el estado ordinario no permitiría.
La distinción con un instrumento de medición ordinario era fundamental. Un instrumento de medición ordinario amplifica la señal para hacerla perceptible a un observador que permanece sin cambios. Este dispositivo modificaba al observador para hacerlo perceptivo a la señal tal cual era.
Era una inversión completa del paradigma de la medición. Y era, hasta donde él podía juzgar, algo que nadie en su mundo científico había pensado todavía en construir.