Capítulo 48 — La carta de Ixcoy a la universidad
Rafael Ixcoy escribió su solicitud de financiamiento para la misión de seguimiento en un estilo distinto al de sus solicitudes habituales.
Normalmente escribía en el lenguaje de los sistemas complejos, con la terminología técnica que señalaba pertenencia a una comunidad epistémica específica y que era necesaria para ser tomado en serio en ese medio. Esta vez escribió de otra manera.
Empezó con una descripción del problema que no usaba jerga.
Se había encontrado un sitio arqueológico que presentaba características incompatibles con las categorías habituales de la arqueología mesoamericana.
Un análisis interdisciplinario había producido un modelo coherente que sugería una función geofísica.
Las predicciones del modelo habían sido verificadas experimentalmente durante una observación en el solsticio de verano.
Hacían falta datos adicionales para confirmar o descartar los aspectos del modelo todavía no verificados.
Luego presentó los datos en detalle, con las cifras, los gráficos, los análisis estadísticos. No ocultó nada ni exageró nada. Presentó lo que se había observado, en qué marco metodológico, con qué límites y qué incertidumbres.
La sección final era la que más se apartaba de sus costumbres. Ahí proponía lo que llamaba una hipótesis de trabajo amplia —intencionalmente más amplia de lo que los datos actuales permitían respaldar— para indicar la dirección en la que probablemente avanzaría la investigación si se la apoyaba.
La hipótesis amplia era esta: culturas precolombinas habían desarrollado una tecnología de medición geofísica basada en resonancia acústica amplificada por dispositivos arquitectónicos específicos.
Esa tecnología suponía una comprensión empírica de las propiedades físicas de los materiales, de los principios de resonancia acústica, de los ciclos astronómicos que afectaban las condiciones de observación, y de los efectos fisiológicos de los infrasonidos sobre la percepción humana.
La integración de esos cuatro campos de conocimiento en un dispositivo funcional representaba un logro intelectual y técnico de una sofisticación notable, cuyo estudio completo exigiría una colaboración interdisciplinaria amplia.
Releyó esa sección varias veces. Era consciente de que iba más lejos de lo que normalmente habría escrito en un documento destinado a un comité de evaluación.
Pero había decidido, después de pensarlo, que la cautela excesiva en la formulación tenía un costo: disminuía la probabilidad de que las personas capaces de contribuir al trabajo entendieran lo que estaba en juego.
Este sitio merecía personas capaces y dispuestas. Atraerlas exigía decir con suficiente claridad qué había para ver.
Envió la solicitud y siguió con otra cosa. Las respuestas de los comités de evaluación tomaban tiempo. Mientras tanto, tenía trabajo.
* * *
Había empezado a construir el modelo de la red hipotética: los dos sitios adicionales que la lógica del sistema hacía necesarios.
Todavía no tenía datos sobre su ubicación.
Lo que tenía eran las restricciones que implicaba su existencia: las distancias, las orientaciones, las condiciones geológicas.
A partir de esas restricciones podía definir zonas de búsqueda. No puntos precisos: eso sería tarea del LIDAR, identificar las ubicaciones exactas, si es que los sitios todavía existían. Zonas. Regiones donde se reunían las condiciones necesarias.
Trabajó varias semanas en esa cartografía de probabilidad.
El resultado fueron dos zonas de unos cientos de kilómetros cuadrados cada una, en regiones del Petén y de Yucatán donde las formaciones geológicas cumplían las restricciones del modelo.
Dos zonas para cubrir con análisis LIDAR, una tarea de algunas semanas con los recursos adecuados.
Le transmitió las coordenadas a Ixchel con una nota breve: ahí es donde hay que buscar, si se busca.
Ixchel le respondió en una línea: se busca.