Capítulo 45 — Lo que Salvador no olvida
Salvador volvió al pueblo el jueves después de la partida del equipo principal.
El trayecto de vuelta a pie desde el punto de encuentro con el helicóptero tomó dos días.
Lo hizo solo, ya que Mateo se había quedado unos días más para supervisar el cierre del campamento y la puesta en protección del sitio.
Dos días solo en la selva con sus pensamientos. No era inusual para él. Había hecho trayectos más largos en condiciones más difíciles. Lo inusual era lo que llevaba en la cabeza.
Siempre había sabido —no saber en el sentido de poder explicarlo, sino saber en el sentido de llevarlo dentro como una certeza sin demostración— que la selva contenía lugares que no eran como los demás.
Su padre lo sabía. Su abuela lo sabía. No era una creencia específica de su familia.
Era algo que la gente del pueblo sabía, con palabras distintas según la persona, pero con una convergencia de sentido que indicaba que todos hablaban de lo mismo.
Lo que llevaba ahora era algo más. Esa gente —Ixchel, Elías, Ixcoy, Marco, Daniela— había mirado lo que él y los suyos sabían desde hacía mucho, y lo habían medido.
Habían encontrado números para algo que, en su tradición, no había tenido números.
Y esos números, según parecía, confirmaban lo que decía la tradición.
No era una sorpresa. Le habría sorprendido lo contrario. Pero era algo distinto a tener una confirmación. Y la confirmación venía de personas que no compartían para nada su punto de partida.
Pensó en eso durante los dos días de camino.
Pensó en cómo los conocimientos existían en paralelo, en tradiciones que no se hablaban entre sí, y en qué pasaba cuando se encontraban.
¿Las dos tradiciones se volvían una sola?
¿Una absorbía a la otra? ¿O seguían existiendo por separado, más ricas por el encuentro, pero distintas?
No tenía respuesta. Pero pensaba que el encuentro en sí era importante. Que Elías le había hecho preguntas serias y lo había escuchado en serio. Que Ixchel había incluido lo que él veía en su documentación. Que Mateo finalmente había dicho lo que sabía.
Eso era nuevo.
Cuando llegó al pueblo, su madre le preguntó cómo había sido. Dijo que había sido largo, difícil e interesante. Ella le preguntó qué habían encontrado. Él lo pensó un momento.
—¿Sabes lo que decía el abuelo sobre los lugares que hacen ver la otra mitad?
—Sí.
—Encontraron uno de esos lugares. Y lograron medir cómo lo hacía.
Su madre lo miró.
—¿Y eso los sorprendió?
—Sí.
—¿Y a ti?
—No —dijo él—. Pero de todos modos me enseñó algo.
—¿Qué?
Volvió a pensarlo.
—Que algunas cosas que uno sabe sin saber cómo las sabe, se puede aprender cómo. Eso no cambia lo que uno sabe. Pero cambia otra cosa. Todavía no sé bien qué.
Su madre asintió con la expresión de quien entiende algo preciso.
—Vas a comer bien esta noche —dijo—. Y vas a dormir mejor que en la selva.
—Sí —dijo él.
Y era verdad.