Capítulo 41 — Ixchel a solas
La víspera de la partida, Ixchel pidió pasar una hora sola en la sala principal. No para trabajar. Para estar ahí una última vez antes de que el equipo se fuera y el sitio quedara cerrado durante el período entre las dos misiones.
Fue al comienzo de la noche, solo con su linterna frontal y su cuaderno.
Se sentó en el suelo, en el punto de convergencia, en la posición que ya había tomado decenas de veces.
Las rodillas protestaron levemente al doblarse: veinte años de trabajo de campo habían dejado huella en las articulaciones.
La sala estaba en silencio, con esa cualidad de silencio propia de ese lugar: no la ausencia de ruido, sino una presencia en el aire que tenía la textura del silencio.
A Ixchel le costaba describirlo de otra manera.
Las incisiones en los muros eran lo que siempre habían sido: trazos finos, regulares, portadores de una lógica que habían empezado a descifrar pero que seguiría siendo, por mucho tiempo más, parcialmente oscura.
Pensó en su abuela, en su manera de hablar de los antepasados. No como gente del pasado. Como gente de un presente distinto.
Pensó en los constructores de ese lugar.
No como místicos, no como ingenieros, no como antepasados a venerar o a condescender.
Como personas. Personas que habían querido entender algo difícil y le habían dedicado una energía y una inteligencia considerables.
Personas que, al construir ese lugar, habían hecho posible algo que ellas mismas no verían.
Pensó en sus propios veinte años de trabajo de campo.
En los sitios que había abierto, documentado, interpretado.
Algunos habían sido importantes. Otros menos.
Este era distinto, no porque fuera más grande o más hermoso, sino porque exigía algo diferente para ser entendido.
Exigía una disposición que no estaba en el manual.
Se quedó en la sala el tiempo que se había concedido. Luego se levantó, apagó la linterna y salió a la noche.
Afuera, Elías esperaba. No había entrado. Había esperado afuera, de pie, mirando la selva.
—¿Cómo estuvo? —dijo.
—Como siempre. Y completamente distinto.
Él asintió. Entendía la distinción.
Volvieron juntos al campamento, sin apuro, bajo una selva que tenía sus ruidos nocturnos familiares.
La pirámide desapareció detrás de los árboles.
Iba a seguir ahí mañana. Iba a seguir ahí el año siguiente, cuando volvieran.
Había esperado siglos para ser encontrada.
Unos meses más no le cambiarían nada a su equilibrio.