Capítulo 31 — Los objetos de abajo
Mientras esperaban la llegada de Menéndez, Ixcoy pidió volver al nivel inferior para examinar más de cerca los objetos de piedra. Ixchel aceptó con la condición de que bajaran solo dos personas —Ixcoy y ella— y que Elías se quedara al nivel de la escalera con el material de medición atmosférica.
Bajaron a la mañana siguiente. El espacio de baja altura era idéntico a lo que Ixchel había visto en el primer descenso. Los objetos estaban ahí, en sus posiciones, imperturbables.
Ixcoy los examinó sistemáticamente, empezando por los más cercanos a la escalera y avanzando hacia el fondo del espacio.
Había traído un aparato de medición por ultrasonido y un cuaderno.
Para cada objeto medía las dimensiones, la posición relativa respecto a los demás objetos y a la pared, y la calidad de resonancia de la materia: una medida indirecta de la densidad y la composición.
Ixchel lo observaba mientras documentaba por su cuenta.
Miraba los objetos con sus propias herramientas: formación, experiencia, sentido de los contextos culturales.
Lo que veía seguía sin parecerse a nada de su experiencia profesional.
No era un ajuar funerario: las formas eran demasiado funcionales y demasiado impersonales.
No era un equipo de almacenamiento. No eran herramientas de trabajo cotidiano. Eran instrumentos de algo.
Ixcoy se detuvo largo rato frente a un objeto en particular, ubicado en el centro geométrico del espacio.
Era el más grande: un cilindro ligeramente achatado, de unos cuarenta centímetros de diámetro y treinta de altura.
Su superficie era ligeramente distinta a la de los demás: no más trabajada, pero con una textura más regular, casi cristalina, como si la piedra hubiera sido elegida por sus propiedades intrínsecas más que simplemente tallada con una forma.
—Este es distinto —dijo.
—¿Cómo?
—La composición. La resonancia acústica es más alta. La densidad parece mayor. No es el mismo material que los demás.
—¿Un material importado?
—Tal vez. O una selección deliberada entre los materiales locales disponibles. Las propiedades físicas de este tipo de roca —si es lo que pienso— son particulares. Conduce el sonido de manera distinta. Reacciona de manera distinta a las variaciones de presión atmosférica.
—Lo cual convertiría a este objeto en...
—Un patrón de referencia principal. Los demás objetos podrían definir las coordenadas espaciales del sistema. Este podría definir la sensibilidad de la medición.
Ixchel guardó silencio un momento.
—Está diciendo que esto no es solo una disposición de objetos en el espacio. Es un instrumento compuesto, con elementos que cumplen funciones distintas.
—Es lo que sugieren los datos. Y si es cierto, el nivel de conocimiento necesario para diseñar esto es considerable. No solo en el plano geométrico. En el plano material. Alguien supo seleccionar y combinar materiales con propiedades físicas precisas para producir un efecto medible.
—¿Podemos identificar ese fenómeno medible a partir de esto?
—Tal vez. Si las propiedades acústicas de este objeto central corresponden a lo que pienso, el sistema podría ser sensible a variaciones de presión acústica en frecuencias muy bajas. Frecuencias inaudibles para el oído humano, pero detectables por instrumentos.
—¿De dónde vendrían esas variaciones?
—Del interior de la Tierra. De movimientos tectónicos a gran distancia que producen ondas de muy baja frecuencia. Se les llama infrasonidos geológicos. Viajan a través de la roca a lo largo de miles de kilómetros y son imperceptibles sin instrumentos específicos.
Ixchel lo miró.
—¿Este sitio mediría infrasonidos geológicos?
—Es una hipótesis. Pero es coherente con todos los elementos que tenemos.
La orientación del sistema, las propiedades de los materiales, la posición del patrón central.
Y explicaría también por qué ese conocimiento tenía un valor práctico: si se puede medir la actividad geológica a distancia, se pueden anticipar ciertos eventos.
—Terremotos.
—O erupciones volcánicas. O fenómenos climáticos vinculados a la actividad tectónica. Una población que habitaba esta región tenía razones prácticas muy serias para querer anticipar esos eventos.
Ixchel se sentó sobre los talones. Miraba el objeto central que, visto así, ya no era un misterio arqueológico sino una tecnología: una tecnología antigua, sin metal ni electrónica, pero tecnología de todos modos.
—Si es cierto —dijo—, entonces los constructores de este sitio no eran místicos. Eran ingenieros.
—Ingenieros que trabajaban con herramientas distintas a las nuestras. Pero ingenieros.