Capítulo 22 — Descenso
A la mañana siguiente se prepararon para bajar por la escalera.
Elías había pasado parte de la noche leyendo todo lo que pudo encontrar sobre los efectos fisiológicos de los espacios subterráneos profundos en personas no adaptadas.
No era su campo habitual, pero su biblioteca digital tenía suficientes artículos pertinentes.
Había armado una lista de señales a vigilar y preparado el material en consecuencia.
Ixchel había pasado parte de la noche pensando en la lógica de la escalera.
Si la sala principal era una interfaz, y si el modelo de Ixcoy era acertado en sus líneas generales, la escalera bajaba hacia algo que formaba parte de la lógica del sistema.
No un sótano, no un simple espacio inferior.
Otro nivel de la estructura, tal vez con sus propias funciones.
Ixcoy había dormido. Había dicho la noche anterior que el modelo había llegado al límite de lo que podía calcular sin datos nuevos, y que los datos nuevos vendrían del descenso. No había nada útil que hacer de noche. Se había ido a dormir.
Entraron en la estructura a las siete de la mañana.
Ixcoy se quedó en la sala principal con sus instrumentos.
Daniela se ubicó en el corredor de acceso con una cámara de largo alcance capaz de filmar en la oscuridad.
Marco se quedó en la entrada con la radio y los sensores de vigilancia atmosférica.
Ixchel y Elías pasaron por la abertura.
La escalera tenía la cualidad de todas las construcciones de ese sitio: una precisión que no parecía deberle nada a la improvisación.
Los escalones eran idénticos en sus dimensiones, desgastados de la misma manera en sus bordes frontales, lo cual indicaba un uso regular y antiguo.
El descenso era empinado pero transitable.
Las paredes a ambos lados de la escalera eran lisas, sin incisiones visibles en los primeros metros.
—¿Cuántos escalones? —preguntó Elías desde su posición detrás de Ixchel.
—Estoy contando.
Contó en voz baja, mientras bajaba. En el décimo escalón, las paredes empezaron a cambiar. Algo apareció, al principio difícil de identificar: una textura distinta, ni las incisiones de la sala principal ni la piedra lisa del corredor superior. Ixchel se detuvo y acercó su linterna.
—Hay algo aquí.
Se quedó inmóvil, mirando la pared sin tocarla.
Lo que veía no eran incisiones. Era una coloración distinta en la piedra misma.
Zonas ligeramente más oscuras que formaban manchas irregulares en la superficie.
La distribución no era aleatoria, pero tampoco era un motivo trazado deliberadamente.
Era como si la piedra misma hubiera sido modificada por algo.
—Daniela —dijo por radio—. Le voy a describir lo que veo. Anótelo.
Describió las zonas de coloración, sus posiciones relativas, sus dimensiones aproximadas. Daniela tomaba nota. Ixchel siguió bajando tras la descripción, contando siempre los escalones.
Llegaron al pie de la escalera en el escalón número veintitrés.
El final desembocaba en un espacio horizontal: no una sala, no un pasillo, sino algo intermedio.
Ancho, de baja altura —no se podía estar completamente de pie— con un suelo ligeramente inclinado que parecía seguir la pendiente natural del sustrato rocoso.
Ixchel se agachó y recorrió el espacio con la linterna. No estaba vacío.
Había objetos apoyados en el suelo, a lo largo de las paredes, a intervalos regulares. Objetos de piedra, de forma simple —cilindros, esferas achatadas, prismas— sin ningún adorno visible, que parecían haber sido colocados ahí con una intención precisa cuya naturaleza no era inmediatamente legible.
—Elías —dijo en voz baja.
—Lo veo.
—No toque nada.
—Ya lo sé.
Se quedaron inmóviles varios minutos, mirando el espacio sin avanzar en él.
—No se parece a un depósito funerario —dijo Ixchel por fin—. Los objetos están demasiado regularmente espaciados. Un depósito funerario tiene una lógica de relación con los muertos. Lo que veo aquí tiene una lógica de disposición en el espacio.
—Parece una calibración —dijo Elías.
—¿Cómo?
—Como lo que se hace en un laboratorio cuando se colocan patrones de medición en posiciones precisas para calibrar un instrumento. Estos objetos tal vez estén ahí para calibrar algo.
Ixchel volvió a mirar los objetos con esa hipótesis en mente.
La disposición regular. Las formas geométricas simples.
La ausencia de adorno que hubiera sugerido una función simbólica.
El espacio de baja altura que impedía estar de pie —tal vez precisamente para evitar que alguien se ubicara dentro del espacio de medición.
—Si es una calibración —dijo—, ¿calibración de qué? ¿De la sala de arriba?
—Es una hipótesis coherente con lo que dice el modelo de Ixcoy.
—Subamos —dijo Ixchel—. Y le mostramos los datos.