Capítulo 23 — Lo que dice el modelo
Ixcoy escuchó el informe de Ixchel sin interrumpirla.
Estaba sentado en su lugar habitual dentro de la tienda principal, las manos apoyadas sobre las rodillas, el rostro neutro.
Cuando ella terminó, no respondió de inmediato.
Guardó silencio cerca de un minuto, algo característico de su manera de trabajar: no respondía antes de haber incorporado lo que acababan de decirle.
Luego dijo:
—Los objetos de piedra. ¿Recuerda sus dimensiones aproximadas?
Ixchel tenía las cifras en su cuaderno. Se las dio.
Él las ingresó en su modelo. Trabajó unos minutos, ajustó parámetros, corrió cálculos. Luego se volvió hacia ellos.
—Miren.
En la pantalla, el modelo de la sala principal había cambiado. Ixcoy había agregado una representación del espacio inferior y de los objetos tal como Ixchel los había descrito. Las líneas de correspondencia entre las incisiones de la sala principal y los objetos inferiores formaban una red densa.
—Los objetos no están ahí para simbolizar algo —dijo—. Están ahí para definir puntos en el espacio. Puntos de referencia. Si incorporo sus posiciones a mi modelo de la sala principal, la varianza de las correspondencias entre las incisiones disminuye un cuarenta por ciento.
—¿Qué significa eso? —preguntó Elías.
—Que las incisiones de la sala principal no se explican por completo con la geometría de la sala en sí. Necesitan los objetos del nivel inferior para completarse. Los dos espacios forman parte de un único sistema.
Ixchel se tomó un momento para asimilar eso.
—Un único sistema con dos niveles.
—Al menos dos niveles. Tal vez más. Pero con lo que tenemos, puedo decir que el nivel superior —la sala principal— es una interfaz de observación. Y el nivel inferior es un sistema de referencia. Los dos juntos constituyen algo funcional.
—¿Funcional para qué?
Ixcoy dudó. No era una duda retórica. Era la duda de un científico que se acercaba a una conclusión que iba más allá de sus datos.
—Les voy a decir lo que indica el modelo —dijo por fin—.
Y les voy a pedir que no lo interpreten de inmediato, porque interpretar prematuramente un dato todavía incierto es la manera más eficaz de arruinarlo.
Lo que indica el modelo es que este sistema fue diseñado para medir algo que ocurre en el espacio de la sala principal.
Algo invisible, no material, que se manifiesta de una manera que las incisiones permiten leer y que los objetos inferiores permiten calibrar.
—¿Ese algo tiene nombre? —preguntó Ixchel.
—En los marcos conceptuales que conozco, no.
Pero los marcos conceptuales que conozco no son exhaustivos.
Lo que en física se llama campo, lo que en teoría de sistemas se llama emergencia, lo que en acústica se llama resonancia: son maneras de hablar de fenómenos que los instrumentos permiten medir pero que nadie ve directamente.
Lo que este sitio mide tal vez sea algo del mismo orden.
Algo que existe, que puede cuantificarse, pero que todavía no tiene nombre en nuestro vocabulario.
Elías dijo:
—En medicina, durante mucho tiempo medimos cosas sin saber qué eran. La presión arterial antes de entender el sistema cardiovascular. El electroencefalograma antes de entender los mecanismos neuronales. A veces el instrumento se adelanta varios siglos a la teoría.
—Es exactamente eso —dijo Ixcoy—. Esta gente tal vez tenía un instrumento sin tener la teoría completa. O con una teoría distinta a la nuestra, que les permitía ver y medir algo que nosotros todavía no sabemos nombrar.
Ixchel miró la pantalla largo rato. Luego dijo:
—Tengo que mandar un informe al ministerio hoy. ¿Cómo les explico esto?
—Con cautela —dijo Ixcoy—. Y pidiendo tiempo.