El Sitio Abierto Capítulo 13 — La espera
25%

Capítulo 13 — La espera

Los cinco días previos a la llegada de Ixcoy no fueron días de espera en el sentido habitual. Fueron días de trabajo intensivo, quizás los más productivos de la misión hasta ese momento, porque el equipo ya sabía qué buscaba documentar y trabajaba con mayor precisión.

Daniela terminó la cobertura fotográfica completa de las cuatro paredes de la sala principal.

Ya tenía más de dos mil imágenes organizadas por sección, ángulo y tipo de iluminación.

Pasó un día entero revisándolas en la pantalla de su computadora, imagen por imagen, asegurándose de que no faltara ninguna zona y de que ninguna toma fuera técnicamente deficiente.

Encontró diecisiete que había que repetir. Volvió a la sala y las repitió.

Marco completó los relevamientos dimensionales de la sala y del corredor y comenzó a construir un plano arquitectónico preciso en su computadora.

El plano mostraba algo que todavía no habían verbalizado: la sala principal no era perfectamente rectangular.

Tenía variaciones sutiles en sus dimensiones que tal vez correspondían a una intención deliberada del diseño.

Marco se lo señaló a Ixchel sin formular ninguna hipótesis.

Presentaba los datos. La interpretación le correspondía a ella.

Ixchel pasó esos días releyendo la bibliografía disponible en su computadora.

Había traído consigo una biblioteca digital considerable, reunida durante meses en previsión de misiones en el Petén.

Buscaba paralelismos arquitectónicos, comparaciones con estructuras conocidas que pudieran compartir algunas características con lo que habían encontrado.

No encontró ninguna satisfactoria. Las características de la estructura —la ausencia de orientación convencional, la ausencia de marcadores ceremoniales, la presencia de incisiones no figurativas, la singularidad de la sala principal— no correspondían a ninguna categoría documentada.

No era desalentador. Era precisamente lo que hacía importante la misión.

Elías, durante esos cinco días, observó algo que no encajaba en ninguno de sus marcos habituales y que empezó a documentar de manera sistemática porque no sabía qué más hacer con ello.

Los miembros del equipo que pasaban tiempo en la sala principal volvían con una calidad de atención ligeramente distinta a la que tenían al entrar.

No una diferencia espectacular, no algo que ellos mismos verbalizaran.

Solo una modificación sutil en sus gestos, en su ritmo al hablar, en su manera de mirar las cosas alrededor en el campamento.

Elías lo anotó al principio como una impresión subjetiva propia y se esforzó por dejarla de lado.

Pero siguió observando, y la impresión persistió y se hizo más nítida.

No era ansiedad. No era cansancio. Era más bien —y buscó largo rato la palabra justa en su cuaderno antes de decidirse— una especie de permeabilidad.

Como si las personas que salían de la sala fueran ligeramente más porosas a su entorno de lo que habían sido al entrar.

Más atentas a los detalles. Más lentas en sus reacciones a los estímulos externos.

No menos eficientes. Eficientes de otra manera.

Habló con Salvador una noche.

—Los mayores del pueblo de los que hablaba. Los que dicen que ciertos lugares cambian a la gente. ¿Qué quieren decir con cambiar?

Salvador lo pensó.

—Dicen que la gente que entra en esos lugares no vuelve exactamente igual. No cambiada en su carácter. Cambiada en su manera de ver. Como si algo en su mirada se hubiera reajustado.

—¿Reajustado respecto a qué?

—Respecto a lo que es real. Los mayores dicen que la mayoría de la gente ve la mitad de lo que hay. Esos lugares hacen ver la otra mitad.

Elías anotó esa conversación palabra por palabra. Todavía no sabía qué hacer con ella. Pero hacía tiempo que había aprendido que las observaciones que uno aún no sabe clasificar suelen ser las más importantes.

* * *

La noche del cuarto día, Ixchel recibió un mensaje del ministerio confirmando la llegada de Ixcoy al día siguiente, a media mañana. Transmitió la información al equipo durante la cena.

—¿Quién es? —preguntó Daniela.

—Biofísico. Especialista en sistemas complejos. Ha trabajado con redes biológicas, sistemas adaptativos, fenómenos de emergencia en contextos muy distintos. Su terreno habitual es el laboratorio, pero también tiene formación de campo.

—¿Por qué él en particular?

Ixchel pensó cómo formularlo.

—Porque lo que tenemos en esa sala no se lee en términos de cultura, historia o religión. Tal vez se lea en términos de lógica de sistemas. Y para eso hace falta alguien cuya herramienta habitual sea precisamente la lógica de sistemas.

—¿Y si su lectura tampoco encaja con nada? —preguntó Marco.

—Entonces sabremos de manera más completa qué no es. Que ya es algo.

Marco asintió. Era la respuesta de alguien que confiaba en el método incluso cuando los resultados no llegaban.

Salvador preguntó si Ixcoy ya había trabajado en la selva.

—Sí —respondió Elías—. Al menos una vez, que yo sepa. Participó en un estudio sobre sistemas micelares en bosques tropicales. La forma en que los hongos se comunican bajo tierra.

Salvador pareció encontrar eso interesante de una manera que no formuló en voz alta. Terminó de comer en silencio, pero su silencio tenía la textura de alguien que piensa en algo concreto.