El Sitio Abierto Capítulo 14 — Rafael Ixcoy
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Capítulo 14 — Rafael Ixcoy

El helicóptero trajo a Ixcoy a las once y media de la mañana siguiente.

Bajó con una mochila de tamaño mediano y un maletín de equipo que él mismo cargaba con la cautela de alguien que no confía en los manipuladores de carga.

El helicóptero volvió a partir. Ixcoy miró a su alrededor con una atención particular, no como un turista que descubre un paisaje sino como alguien que evalúa un entorno de trabajo.

Era alto, con los hombros ligeramente encorvados por la postura de quien ha pasado muchos años inclinado sobre instrumentos.

Tenía manos de hombre de laboratorio: largas, limpias, con la precisión de gestos de alguien acostumbrado a manipular cosas frágiles.

Su manera de mirar era característica: nunca fijaba la vista en un solo punto, sino que movía la atención en secuencias rápidas que cubrían todo el campo visual disponible, como si buscara constantemente la relación entre los elementos más que los elementos en sí.

Ixchel se acercó a él.

—Dr. Ixcoy.

—Dra. Ramírez. Gracias por la invitación.

No había dicho gracias por invitarme. Había dicho gracias por la invitación. La distinción era sutil y tal vez involuntaria, pero indicaba algo de su manera de ser: personalizaba poco las situaciones.

Elías se acercó a su vez. Se dieron la mano.

—Cuánto tiempo —dijo Ixcoy.

—Cuatro años —confirmó Elías—. Tu artículo sobre redes tróficas estaba bien.

—Demasiado largo. Podría haber dicho lo mismo en treinta páginas en vez de cincuenta.

—A los editores no les gusta eso.

—Los editores nunca tuvieron que releer sus propios textos en un tren.

Ambos sonrieron. Presentaron a Marco y a Daniela. Salvador se acercó sin que lo invitaran y estrechó la mano de Ixcoy con la sinceridad directa de un hombre que decide rápido si alguien le cae bien o no.

—Salvador —dijo.

—Rafael —dijo Ixcoy.

—Viene a ver la pirámide.

—Vengo a ver qué hay adentro.

Salvador asintió.

—Así está mejor.

Ixchel llevó a Ixcoy hasta la tienda principal. Le mostró los relevamientos, los planos, las fotografías en la pantalla de la computadora. Él miró todo sin hacer preguntas durante veinte minutos. Después pidió ver las imágenes de las incisiones.

Daniela las fue pasando. Ixcoy miraba cada imagen el tiempo necesario, sin apurarse. En un momento, pidió detenerse en una sección en particular.

—Amplíe esa zona.

Daniela amplió. La sección mostraba un grupo de incisiones particularmente denso, con una organización que difería levemente de las secciones vecinas.

—Estos trazos —dijo Ixcoy, señalando un conjunto de líneas paralelas—. ¿Cuántas veces aparecen en el total de las paredes?

—No lo sé con exactitud —dijo Daniela—. Habría que buscar.

—Busque.

Ella buscó. Encontró dieciséis apariciones similares en las cuatro paredes, en posiciones variadas.

—Diecisiete contando esta —dijo Ixcoy—. ¿Las distancias entre ellas son regulares?

Marco verificó en su plano.

—No todas. Pero hay una agrupación. Algunas están cerca, otras más separadas.

—¿La agrupación corresponde a algo en la geometría de la sala?

Marco estudió el plano durante dos minutos.

—Tal vez. Tres de las agrupaciones más densas coinciden con los ángulos de la sala. Las demás se distribuyen de otra manera.

Ixcoy guardó silencio un momento.

—De acuerdo —dijo por fin—. Quisiera entrar ahora.

—Mañana por la mañana —dijo Ixchel—. Queda poca luz y quiero que su primera visita sea en buenas condiciones.

Él aceptó sin discutir. Ella notó que esa aceptación fue inmediata y sin reticencias, lo cual indicaba que entendía la lógica del trabajo de campo sin necesidad de que se la explicaran.

Esa noche, Ixcoy se sentó con Elías después de la cena.

Hablaron largo rato, mezclando español e inglés según los términos que necesitaban, sobre el artículo acerca de los efectos fisiológicos de los entornos con baja estimulación sensorial que habían firmado juntos cuatro años antes.

Ixcoy seguía insatisfecho por razones que Elías compartía en parte.

Hablaron de la insuficiencia de los datos disponibles en esa época, de los experimentos que hubieran querido hacer y no pudieron, de la dificultad de publicar resultados que no encajaban en las categorías esperadas por los revisores.

Salvador los observaba desde lejos, sentado sobre una caja, tomando su café.

No entendía todo lo que decían, pero entendía la calidad de su intercambio: dos personas pensando en serio sobre algo difícil, sin buscar convencerse mutuamente, sino buscando juntas algo que iba más allá de sus posiciones individuales.

Se fue a dormir pensando que esas personas tal vez eran capaces de ver la mitad que faltaba.