El Sitio Abierto Capítulo 5 — La noche del río
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Capítulo 5 — La noche del río

La noche en que cruzaron el río, nadie durmió bien.

El incidente de la mochila arrastrada había dejado una huella que nadie nombraba pero que todos cargaban: esa conciencia repentina de que la selva no hacía concesiones ni a la intención, ni a la experiencia, ni a la preparación.

Hacía lo que hacía. Lo único que quedaba a su disposición era la manera de responder a ello.

Elías organizó una pequeña reunión informal después de la cena. No una reunión de seguridad en el sentido formal. Simplemente se sentó en medio del grupo y habló con voz normal, con la misma precisión que ponía en todo lo demás.

—Quiero que hablemos de mañana. No de lo que perdimos hoy. De lo que vamos a hacer mañana.

Hubo algunas miradas cruzadas. Un porteador, el que había resbalado en el río, mantenía la vista fija en sus manos.

—Lo que pasó hoy ocurrió porque el terreno nunca coincide exactamente con lo que uno prevé. No es un error. Es la naturaleza del trabajo. Lo que importa ahora es saber en qué condiciones estamos para continuar.

Miró lentamente a todo el grupo.

—Si a alguien le duele algo, quiero saberlo ahora. No mañana por la mañana, cuando ya haya empeorado. Ahora.

Silencio. Luego el porteador que había resbalado levantó ligeramente la mano.

—La espalda —dijo—. Desde el cruce.

Elías lo examinó aparte, rápido pero con cuidado. Una contusión superficial en el costado derecho, nada estructural. Aplicó un antiinflamatorio local y le dio dos comprimidos.

—Mañana carga la mitad de su peso habitual. Redistribuimos.

—No hace falta.

—Sí hace falta. Porque si mañana carga el peso completo con esa espalda, pasado mañana no podrá caminar. Y entonces sí hará falta evacuarlo, que es mucho más complicado.

El porteador asintió. La lógica era incuestionable.

Ixchel observaba desde unos pasos de distancia.

Había visto a Elías hacer esto en otras misiones —no exactamente esto, pero algo parecido.

Tenía una manera de convertir las situaciones difíciles en problemas prácticos que no borraba la dificultad, pero la volvía menos paralizante.

La gente podía actuar sobre un problema práctico.

No siempre podía actuar sobre una situación difícil.

Se acercó a él cuando terminó.

—¿Duerme usted?

—Todavía no. ¿Y usted?

—Tampoco. ¿Hablamos un poco?

Se sentaron un poco apartados del campamento. La selva era densa a su alrededor, sus sonidos más cercanos en la oscuridad.

—Estuve pensando en las pérdidas de la tarde —dijo ella.

—¿Las raciones o el material?

—Ambos. En cuanto a las raciones: podemos aguantar seis días más si reducimos las porciones en un quince por ciento. Es incómodo, pero no crítico. En cuanto al material documental secundario: nos las arreglaremos sin él. Redefino las prioridades mañana por la mañana.

—¿Y los medicamentos?

—Eso es territorio suyo.

—Podemos aguantar. Pero sin margen, como ya le dije. Lo cual significa que quiero evitar riesgos innecesarios de aquí en adelante.

—Defina riesgo innecesario.

Elías lo pensó.

—Cualquier acción cuyo beneficio esperado sea menor que el riesgo de complicación médica. Ir rápido cuando se puede ir despacio. Cargar peso cuando se puede redistribuir. Forzar cuando se puede detener.

—De acuerdo. ¿Me avisa cuando lo vea?

—Para eso estoy aquí.

Guardaron silencio un momento. En algún lugar de la selva, un animal hizo un ruido breve y seco, y luego nada.

—¿Confía en que el sitio está ahí? —preguntó Elías.

—Sí. Los datos del LIDAR son sólidos. Torres sabía lo que hacía.

—Pero todavía no tiene certeza de qué es.

—No. Nunca tengo certeza de qué es hasta que llego. Es la regla.

—¿Y si resulta decepcionante?

Ixchel sonrió ligeramente en la oscuridad.

—Entonces hago un informe riguroso sobre un sitio no excepcional y volvemos. Sería decepcionante a nivel personal. Pero científicamente correcto.

—¿Cree que será decepcionante?

Ella se tomó su tiempo para responder con honestidad.

—No. Creo que será complicado. Los sitios con anomalías en su orientación casi siempre son complicados. No encajan en las categorías, y las cosas que no encajan en las categorías requieren más trabajo para entenderse. Pero rara vez son decepcionantes.

Elías asintió.

—Es una buena manera de ver las cosas.

—Es la única que alguna vez me ha servido.

* * *

Daniela, por su parte, estaba sentada en su tienda con su cuaderno.

No tomaba notas sobre la misión. Le escribía a su hija, una carta que enviaría en cuanto hubiera conexión satelital.

La carta era breve porque Daniela no era de muchas palabras, ni siquiera con su hija.

Pero decía lo que era cierto: que la misión era difícil, que ella estaba bien, que la selva era hermosa de una manera difícil de describir, y que volvería en unas semanas con fotografías que le mostraría.

No escribió lo que realmente pensaba, que era más difícil de formular: que cada misión le recordaba por qué hacía este trabajo, y que cada regreso le recordaba por qué tener una hija esperando en casa era lo más concreto y sólido que poseía.

Cerró el cuaderno y apagó la linterna. En la oscuridad, la selva continuaba con su trabajo.