Capítulo 6 — Llegada
Llegaron el octavo día, no el séptimo. La selva había impuesto sus propios plazos: una zona pantanosa no señalada en los relevamientos los obligó a un rodeo de cuatro horas, y luego una noche de lluvia dejó el suelo intransitable hasta el mediodía siguiente.
Mateo había esperado sin impaciencia visible.
Era una de las señales por las que Ixchel reconocía a quienes de verdad conocían la selva: no se sorprendían ante su resistencia.
No había nada que ver. Fue lo primero que Ixchel notó al acercarse a las coordenadas. La selva era idéntica a la de las horas anteriores. Si Mateo no se hubiera detenido exactamente ahí y dicho simplemente: es aquí, ella habría seguido caminando.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó Daniela.
Mateo señaló el suelo sin responder. Daniela miró.
No vio nada en particular. Ixchel miró a su vez.
Vio lo que Mateo había visto: una ligera diferencia en cómo corrían las raíces superficiales sobre el suelo, una interrupción casi imperceptible en su distribución natural que sugería algo rígido debajo, a una profundidad aún imposible de estimar.
—Sí —dijo Ixchel—. Es aquí.
Sacó su tableta y verificó las coordenadas. Coincidían con exactitud. Guardó la tableta.
—Instalamos el campamento ciento cincuenta metros al noreste. Mateo, ¿ubicó la zona durante el reconocimiento?
—Sí. El suelo es más estable allá. Hay un árbol caído que puede servir de refugio natural para el material sensible.
—Bien. Vamos.
Instalar el campamento correctamente tomó tres horas.
Los porteadores de la travesía partieron antes del anochecer con sus instrucciones de regreso y un mensaje de radio para el ministerio.
Los dos que quedaban —Mateo y Salvador— ocuparon sus lugares en la rotación logística que Marco había establecido.
Ixchel no se acercó al sitio esa noche. No era prudencia ritual.
Era una regla práctica que había aprendido en sus primeras misiones: el primer contacto con un sitio nuevo debía darse en buenas condiciones, con los instrumentos disponibles, los ojos descansados y el tiempo necesario.
Llegar agotada al final del día y acercarse con prisa producía primeras impresiones que después contaminaban toda la observación.
Comió, escribió sus notas del día, revisó el estado del material con Marco y se fue a dormir.
Elías se sentó cerca del fuego después de la cena, con el cuaderno sobre las rodillas.
No escribió de inmediato. Miró los rostros a su alrededor.
El cansancio estaba ahí, pero era un cansancio distinto al de los primeros días.
Los cuerpos se habían adaptado. Los movimientos eran más económicos.
Los gestos perdían su rigidez de ciudad.
Salvador le preguntó qué iban a encontrar.
—No lo sé —respondió Elías con honestidad.
—Pero tiene una idea.
—Tengo imágenes. Datos de relevamiento. Lo que eso representa en concreto, no lo sabré hasta mañana.
—¿Y si es peligroso?
—¿Peligroso cómo?
Salvador lo pensó.
—Los mayores dicen que hay lugares en esta selva a los que no hay que ir. No porque sean físicamente peligrosos. Porque tienen una cualidad particular. Dicen que esos lugares cambian a quienes entran en ellos.
Elías lo miró.
—¿Usted les cree?
—No lo sé. Pero me parece una manera interesante de describir algo.
Elías anotó esa conversación en su cuaderno antes de dormir. Todavía no sabía por qué le parecía importante.