EL MORRAL
Días después de perder el brazo
Según Lord Zaracen, Coraje estuvo dormido diez días. Su cuerpo había hecho un esfuerzo sobrenatural y necesitaba descansar.
Coraje no tenía recuerdos nítidos más que una mano peluda cambiando un paño húmedo sobre su frente para bajar la temperatura, mientras le daban un brebaje amargo para mantenerse hidratado.
La primera mañana que intentó bajarse de la cama se cayó al piso tratando de usar su inexistente brazo.
Con el puño sano golpeó el espejo del baño.
Manejarse con un brazo era frustrante. Desde limpiarse el trasero hasta pelar una manzana pasaron a ser tareas faraónicas.
Sin embargo, no sentía dolor, el brazo había desaparecido y, salvo una pequeña cicatriz bajo el hombro, no había secuelas.
Lord Zaracen trataba de consentirlo contándole historias de ubicuos que habían perdido la cabeza haciendo viajes astrales como el que Coraje había realizado. Algunos que ni siquiera habían logrado volver.
Lord Zaracen estaba a gusto cuidándolo, después de todo era el sobrino del Duke Perro.
Para él era una forma de conmemorar a su anterior amo, pero presentía que su presencia ponía en jaque su tranquilidad.
Lord Zaracen deseaba convertirse en el heredero del Duke Perro y la mera existencia de Coraje atentaba contra sus planes.
Coraje, en cambio, se hubiera quedado a vivir allí para siempre. No tenía la más mínima motivación en volver a la vida normal sin su brazo, hasta que Lord Zaracen le enseñó algo.
—¿Aún no has abierto tu morral, muchacho?
Coraje miró al pie de la cama; el morral lo había acompañado desde Nueva York hasta Hohenzollern y de Hohenzollern hasta allí.
—¿Por qué habría de hacerlo? —respondió desganado—. Apenas podría seguir cargándolo con un solo brazo.
Lord Zaracen lanzó una mirada astuta levantando sus cejas.
Con extrema pereza Coraje se arrastró hasta el morral.
Allí estaban todas sus cosas: remedios para el dolor de estómago que ya no necesitaría, cantimplora, una camisa limpia, un pantalón, el silbato de Bullie Rocks, la foto de su padre junto al Duke Perro, la medalla por la carrera de Hohenzollern, un trozo de cabello de su caballo Pirata,
el amuleto de Drakar, un reloj de mano, las llaves del Gramercy, fotos de todos sus amigos y de Katia, sus documentos de identidad y el colgante de hierro en forma de corazón con las fotos de sus padres.
Pero había algo más. En el fondo, entre sus calcetines, había un cuaderno con tapa de cuero. Lo abrió y no tuvo dudas de que lo que estaba ante sus ojos era, ni más ni menos, el Diario de Maddam Thenesis.
—Es un regalo del Duke Perro —dijo Lord Zaracen—. Él quería que lo tuvieras.
A pesar de sus modales de bestia peluda, Lord Zaracen era un erudito en letras antiguas; él ayudó a Coraje con la interpretación. El contenido del diario era revelador.
Coraje apretó el diario contra su pecho.
Había logrado la encomienda que su padre le había encargado unos meses atrás, había encontrado el Diario de Maddam Thenesis y descubierto su más íntimo secreto, el secreto del dragón escondido.
Por primera vez en su vida Coraje sabía lo que tenía que hacer y estaba dispuesto a sacrificarlo todo otra vez para lograrlo.
Pero antes, tenía que hablar con su madre.