El secreto del dragón escondido LONDRES
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LONDRES

3 meses después del incidente del brazo

Los niños en la calle se quedaban boquiabiertos.

Las madres les tapaban los ojos. Una parte de él se sentía discapacitada, y la otra, superhumana.

Adaptarse a un brazo mecánico era tan difícil como que la gente se adaptara a verlo a él.

Habían pasado 3 meses desde que había perdido su brazo humano y necesitaría muchos meses más para asimilarlo.

Los primeros días después de la larga operación, temía que el brazo se saliera de cuajo junto a su hombro, pero el Dr. Novik aseguraba que eso era imposible, a ninguno de los soldados utilizados durante los experimentos en los laboratorios de Lord Morlocke les había sucedido.

Coraje se sentó en un bar en Circus Street a esperar, mientras una mariposa se movía aleatoriamente sobre la panera. Una mano firme se apoyó sobre su hombro. —¿Cómo se siente, señor?

—No estoy seguro de querer regresar. Seré el fenómeno en Old Tower School. En Londres nadie me conoce.

—Lo será aquí también, además, si tenía planeado escabullirse de sus amigos, le tengo pésimas noticias, no me va a creer quiénes vinieron a visitarlo hasta aquí.

—No quiero ver a nadie.

—Katia también quiere verlo, señor. ¿Hasta cuándo piensa evitarla? —le preguntó el mayordomo.

—¿Qué se sabe de Bullie Rocks? —cambió de tema.

—¿Por qué no se lo pregunta usted mismo? —dijo Diciembre guiñándole un ojo.

Coraje giró la cabeza sobre su hombro y comenzó a mirar alrededor de la confitería.

A primera vista le costó reconocerlo. Su tía Rosie lo acompañaba.

Estaba escuálido, pero llevaba una sonrisa en su rostro.

Se acercaron hasta su mesa, su tía gruñó algo inentendible y los dejó a solas. Diciembre se alejó detrás de ella.

—Vaya dolor de panza —soltó Bullie Rocks—. Pensé que nunca terminaría.

—Lo siento —contestó Coraje apenado.

—Estoy vivo, patas flacas —dijo con sus pupilas abrillantadas—. No tienes que disculparte. Mi tía me lo contó todo. De no haber sido por ti, ahora estaría seis pies bajo tierra. De hecho, a veces sueño con mi propio funeral como si realmente hubiera sucedido.

—Me alegra que estés bien —le contestó recordando la caravana en Woodlawn Cemetery.

—Creo que si vuelvo a ver otra gaviota voy a vomitar —dijo y ambos rieron.

Una placentera calma invadió el cuerpo de Coraje como una inyección de anestesia.

Haber cruzado tierra y océano, haber atravesado el umbral del tiempo para llevar el mensaje a su tía, le había costado un brazo y Coraje hubiera dado los dos por su amigo.

Afortunadamente, Bullie Rocks y su tía habían logrado dar con Georgina Stormback y al igual que a él, ella lo había salvado quitando esa maliciosa lombriz de sus tripas.

Coraje se levantó y lo abrazó. Bullie Rocks era lo más parecido a un hermano que había tenido.

—Vaya brazo —dijo con admiración al sentir el metal contra su espalda.

Como un acto reflejo Coraje ocultó su mano bajo la manga del sweater.

—Diciembre nos advirtió sobre la operación.

—Es extraño —le confesó—. A veces siento picazón y no hay dónde rascarse.

—Dudo que te dejen jugar en los Gigantes. Sería trampa —se burló Bullie Rocks.

Coraje tenía puesto el anillo plateado con las iniciales W.R, se lo quitó y lo devolvió.

—Siento haber citado a Katia ese día en Washington Square. Gigi Summers aún tiene arcadas cada vez que pasa por allí —dijo. Ambos rieron a carcajadas y se dieron un fiel abrazo.

Sussie South Hampton entró en el bar y le tomó la mano a Bullie Rocks.

Más atrás, dos larguiruchos idénticos medio encorvados llegaron.

Eran los gemelos Double Chuck. “Solo falta Katia”, pensó, hasta que una pelirroja de ojos azules abrió la puerta.

Allí estaba ella, la chica más guapa de la cafetería.

Coraje se quedó como un perro embobado con una salchicha mientras ella avanzaba hacia él.

Ella estaba más alta, más linda, más… todo. Coraje había estado esquivando a Katia por miedo a ser rechazado; dicen que todas las chicas quieren un novio de acero. Pero no uno con un brazo de acero de verdad.

Los gemelos Double Chuck no dejaban de hacerle preguntas sobre el brazo hasta que Katia aclaró la voz y se levantaron de la mesa dejándolos a solas.

—Lo siento —fue lo primero que pudo decir Coraje.

—Eres un tonto, hace semanas que necesito hablar contigo.

—No va a funcionar —se adelantó el muchacho.

—Ya lo sé —contestó Katia y sus palabras lo remolcaron como una ola. Una parte de Coraje tenía la esperanza de que ella luchara por su relación.

—Lo entiendo —respondió disimulando su resentimiento.

—No es por tu brazo. Debo volver con mi padre a Moscú.