EL ENTIERRO
DE BULLIE ROCKS
En Manhattan ya era primavera, los brotes sobre la arboleda de la calle 20 en el Gramercy comenzaban a asomar. Por alguna razón, la primavera no era su temporada favorita. Una primavera había perdido a su madre.
—Joven Coraje —lo saludó una mujer en la calle —¿Dónde han estado? ¿Diciembre está de regreso?
—Señora Foster —la saludó sonriendo.
—Muchacho, pero qué flaco está, dígale a ese guapo mayordomo que lo alimente.
—Claro —sonrió incómodo.
—¿Va a llover? —preguntó la Señora Foster—. Llevas un paraguas —dijo señalándolo.
—Dicen que sí.
—Lo lamento tanto —dijo la Señora Foster y luego lo abrazó.
—Es solo lluvia —respondió Coraje sin entender de qué hablaba. Desde el Gramercy cogió el trolebús en dirección al Upper West, hacia la casa de Bullie Rocks.
La vivienda parecía abandonada, Coraje empujó la puerta y simplemente entró.
—¿Hola? ¿Señorita Rocks? —preguntó, pero nadie contestó.
Caminó cauteloso por la planta baja evitando tocar los adornos. Subió las escaleras, la habitación de Bullie Rocks estaba igual que siempre. De pronto, sintió un escalofrío recorrer su nuca. Cuando giró, la Señorita Rocks sostenía una escopeta entre sus manos.
—Largo de aquí —gritó.
—Señorita Rocks, soy Timotheo, el amigo de Bullie.
—Tú —soltó con desprecio.
—¿Dónde está Bullie?
—¿Cómo te atreves? Mi William… —dijo y se quebró en llanto —descansa en paz en el cementerio de Woodlawn y, si no te largas, de aquí haremos un agujero a su lado para ti.
Coraje enmudeció, una amargura le llenó el pecho.
—Antes de partir, preguntó por ti todo el tiempo —le explicó la Señora Rocks.
—No es posible —dijo moviendo la cabeza y salió de la casa corriendo. Frenó el primer taxi y se dirigió al cementerio. Le tomó pocos minutos encontrar la lápida. Estaba prácticamente nueva. Sobre la piedra se leía la leyenda “William Rocks; RIP”, que estaba casi fresca.
—Verschwinden —escupió y desapareció.