El secreto del dragón escondido SIR ARTHUR
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SIR ARTHUR

Valiéndose de los ladridos y de plantas que se movían a su paso, Coraje siguió al animal invisible, —jamás pensé que iba a escribir una frase tan rara—, de regreso a las Highlands por donde había venido. Londres se volvía a alejar.

Al segundo día de merodear por las montañas, Sir Arthur encontró la grieta en la ladera de la montaña marcada con un crayón por donde Coraje había salido.

El camino de regreso por el túnel fue más rápido, cuesta abajo.

Además, desde que había expulsado a la lombriz de su cuerpo, el muchacho se sentía a cada paso más vigoroso.

Fue así que en pocas horas logró llegar hasta el fondo del túnel de regreso a la fortaleza del Duke Perro.

Entraron por una puerta lateral. La casa estaba ordenada, Lord Zaracen se había estado ocupando de la limpieza, pero, como de costumbre,, estaba escondido.

Sir Arthur se mostraba inquieto buscando entusiasmado un rastro.

El perro comenzó a ladrarle al hueco de la chimenea como si algo estuviera allí adentro.

El polvo del hollín roció el lomo del animal y Coraje pudo ver por primera vez la silueta regordeta del perro con una amplia cola negra que movía de lado a lado como un plumero.

Se escuchó a alguien toser y luego unos pies peludos asomarse por el hueco de la chimenea. Sir Arthur comenzó a ladrar.

—Eres tú otra vez —dijo sacudiéndose el polvo.

—Sir Arthur me trajo hasta aquí.

—Qué maravilla, un Draven. Ya no se consiguen perros guardianes como esos. El Duke Perro pagaría una fortuna por él.

—No está a la venta.

—¿Ni por un paraguas? —lo desafió.

Ya les había contado que Lord Zaracen era un ser de noble corazón, pero con la astucia de un zorro.

El muy pillo había intercambiado el paraguas de Coraje con un paraguas ordinario antes de que las Leonas de Edimburgo llegaran.

Había estado a punto de dárselo a Coraje, pero le pareció que sería mejor retenerlo para negociar.

—El paraguas por la fortaleza —le ofreció—. El Duke Perro dijo que podía quedarme con todo, salvo que su sobrino lo reclamara para él.

—Puedes quedarte con todo, solo dame el paraguas.

—Primero debes firmar los papeles. Me esforcé en sacarte de aquí una vez, no puedo permitir que vuelvas cada vez que se te dé la gana, el Duke Perro lo dejó claro en su testamento: todo pasa a manos de Lord Zaracen, si el niño no regresa. Ningún sobrino pretencioso va a quitarme lo que me he ganado.

—Firmaré lo que sea, solo dámelo.