OTRA VEZ
BULLIE ROCKS
La casa de Georgina Stormback estaba repleta de libros de herbolaria, plantas, semillas y rarezas del mundo vegetal. Su jardín, en el patio trasero, era lo más parecido al Edén.
Se trataba de una obra majestuosa de la naturaleza. El césped era de algodón. Había flores de todos los colores, formas y tamaños. Las macetas llevaban nombres de decenas de especies. El aroma era sublime, no había perfumes suficientes en el mundo para explicarlo.
Coraje se vio tentado a quedarse una larga estadía recuperando fuerzas antes de marchar a Londres, pero una noticia cambió sus planes. Georgina Stormback enterró las semillas que le había traído de parte de la Señora Greenich y escribió un nombre extraño sobre la maceta.
—Me pregunto de dónde las saca. —susurró mientras terminaba de tapar las semillas. Luego trajo una botella con un líquido y roció la maceta con un vaporizador. Coraje llegó a ver que las semillas brotaban al instante formando una suerte de capullo.
—¿Por casualidad no has visto a Sir Arthur? —le preguntó preocupada. Habían pasado dos días desde su llegada, pero en ningún momento había visto señales de su perro Arthur.
—Hay algo que no entiendo —dijo Coraje trayendo de nuevo a la Señora Greenich al foco de la conversación—. No estoy seguro de si sus intenciones eran ayudarme o simplemente me utilizó para traficar sus semillas de liquen hasta aquí.
—En ambos casos, ¿qué importa? La verdadera pregunta, jovencito, es quién sembró esa lombriz en tus intestinos. Por su tamaño, la debes haber incorporado varios meses atrás.
—¿Cómo se siembra una lombriz?
—Generalmente, comida alta en azúcares. El cacao es ideal para mantenerlas vivas cuando son pequeñitas. La persona que te las dio te quería muerto, sin lugar a dudas, pero quería que fuera lento y no dejar rastros.
Coraje trató de hacer memoria. Se concentró en lo ocurrido seis meses atrás. en Manhattan. Cualquiera podría haber introducido chocolate en su dieta, en las compras de Diciembre, en el colegio, en prácticamente cualquier confitería en Nueva York por donde hubiera pasado.
—Es imposible saberlo —protestó.
—Como sea, eres afortunado de que la Señorita Greenich te diera esas medicinas. Cualquier otro muchacho en tu lugar hubiera caído muerto al mes. En ese momento Coraje sostenía una regadera con agua que soltó al piso.
—Bullie Rocks —exclamó.
—¿Qué?
—Bullie Rocks. Es mi culpa.
—¿Qué sucede, niño? —preguntó la mujer preocupada al ver que Coraje se angustiaba cada vez más.
—Fue en Nueva York, unos meses atrás, mi amigo Bullie Rocks y yo viajábamos desde Manhattan a Brooklyn en busca de una estúpida pista para atrapar a un supuesto asesino que resultó ser un mero jugador de baseball, venido a menos —dijo sin pestañear.
—Fue en el vagón del tren. Comenzamos a platicar con una anciana. Al principio parecía inocente. Nos preguntó por nuestras madres y luego nos ofreció unos panecillos de chocolate. Mi amigo Bullie comió dos y yo, uno —recordó agarrándose el flequillo.
—Si esos panecillos tenían las lombrices, me temo que tu amigo está…
—Muerto —dijo y una lágrima furiosa brotó de uno de sus ojos.
—Tal vez solo tu bocado estaba contaminado —sugirió Georgina para tranquilizarlo.
—No lo creo. Desde aquel día, Bullie Rocks y yo comenzamos a faltar a la escuela por problemas similares. Necesito recuperar mi paraguas. ¿Puede ayudarme?
—Tal vez Sir Arthur pueda ayudar. Es bueno rastreando. Ven aquí, Arthur —dijo silbando. Coraje vio cómo entre las plantas algo comenzaba a moverse. Luego escuchó unas pisadas seguidas de un jadeo. —Eso es, buen chico —agregó Georgina.
Se escuchó un ladrido; Coraje miró a su alrededor. Le pareció que una cola golpeaba contra su pantalón y, bajando la mano, sintió una enorme cabeza peluda. Sin embargo, no podía ver al animal. Sir Arthur era invisible a los ojos de Coraje.
—No es posible.
—Dudas demasiado. Sir Arthur es un Draven. Puede guiarte adonde le indiques. Luego volverá hasta Fort William conmigo. Te lo presto una temporada. El perro ladró dos veces.
—Dice que le caes bien y creo que ya sabe dónde llevarte.
Georgina le preparó unos deliciosos emparedados que Coraje metió en su morral y salió sin mucha convicción detrás del perro.