El secreto del dragón escondido THE WHITE HORSE
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THE WHITE HORSE

Coraje se preguntó si así se sentía morir.

Una voz dulce de una mujer que jamás había escuchado le contestó que sí.

Era como si flotara por el espacio negro y oscuro y, al final, una luz más blanca lo esperaba.

Pero no era una luz. Era un caballo blanco.

Por su hocico salía un vapor que le mojaba el rostro.

Junto al caballo estaba la espada del León de Hohenzollern.

Algo golpeó su pecho con fuerza. Se trataba de Georgina Stormback reanimando su corazón. Una gaviota lo observaba con cara de tonta, mientras intentaba meter su cabeza en su boca, dejando plumas en su garganta.

—Abre la boca grande. Es ahora.

Coraje hizo lo que ella dijo. Abrió la mandíbula dejando entrar casi media gaviota en su garganta, el ave se movía enloquecida y al cabo de unos segundos sacó su cabeza hacia fuera.

Tenía la cola de la lombriz en su boca. Comenzó a jalar hacia atrás, mientras la cosa se resistía e intentaba meterse nuevamente por su garganta hasta que el ave logró sacarla por completo. La cosa debía medir casi dos metros.

Con una bocanada de aire, Coraje recobró el conocimiento; estaba temblando y completamente sudado. Llegó a mirar a tiempo la batalla: la gaviota cortó en pedazos a la lombriz y se la devoró como si fueran fideos.

La habitación era un asco. Había restos de sangre, saliva, pedazos de lombriz por todos lados. Tras un vaso de agua fría con un polvo que Georgina introdujo para curar su cuerpo por dentro, se recostó a descansar.

Se despertó unas horas más tarde con el aroma de algo exquisito llegando desde la cocina. Se levantó algo dolorido, pero de buen tinte. La pesadez que arrastraba desde hacía meses había desaparecido. Se sentía liviano otra vez y especialmente agradecido: Georgina Stormback le había salvado la vida.