GEORGINA STORMBACK
Coraje caminaba confiado. La idea de Londres y reencontrarse con Diciembre eran sinónimos de comodidad. También extrañaba a Katia. Pero otra parte de él no estaba lista para regresar. Había pasado por muchas situaciones riesgosas a cambio de absolutamente nada.
A media mañana, vio una pequeña casa de piedra muy bien cuidada, con una amistosa chimenea humeante cuando su estómago empezó a quejarse.
Pero esta vez sentía algo diferente. No solo el estómago le generaba punzadas, también le faltaba el aire.
Revisó su morral y bebió de su gotero, pero esta vez no surtió efecto.
Comenzó a transpirar frío y su cuerpo se aflojó, al punto tal que perdió el conocimiento y se desmayó.
Se despertó con algo que le lamía la cara, seguido de un ladrido de guardián, posiblemente un perro, sin embargo no vio a nadie más que a una mujer parada a su lado mirándolo.
Debía tener aproximadamente unos 65 años, su piel era blanca y delicada, sus ojos eran dos océanos azules, llevaba el pelo corto blanco, bien peinado; su rostro transmitía serenidad.
—¡Arthur! —exclamó—. Vamos, ya deja de jugar. Lo siento, Arthur puede ser un poco desubicado, pero algo me dice que le caes bien. Mi nombre es Georgina Stormback.
—Creo que tengo algo para usted —dijo Coraje y ella lo invitó a pasar.
La mujer le preparó un emparedado y Coraje le entregó el sobre de cuero con las semillas que la Señorita Greenich le había encomendado.
Georgina Stormback no se sorprendió. La señorita Greenich era una cliente estable de su negocio.
Georgina era una herbolaria; en su invernadero crecían las especies más exóticas que podían conseguirse en todo Gran Bretaña.
Es por ello que recibía frecuentes visitas de médicos, curanderos e incluso wiccas con pedidos muy específicos.
—¿Me permites revisarte? —le preguntó y el muchacho aceptó. Algo en ella le generaba confianza. —Mmm… es increíble que sigas en pie, si no hacemos algo, vas a llegar a Londres, pero con los pies hacia adelante.
—Solo dígame qué tengo.
—Tapeworm devorantis in ómnibus. Tienes una lombriz alojada en tu intestino, del tamaño de una serpiente, comiendo todo lo que entra en tu estómago.
Coraje miró su panza horrorizado y vio que algo se movía. No era la primera vez que lo sentía, pero jamás supuso que era una serpiente.
—¿Has sentido picazón? Ya sabes, en la parte por donde las cosas salen.
—Algo —contestó avergonzado.
—Es una señal de que ya no entra en tu cuerpo, podría salir por allí o por la boca, las he visto salir a través del ombligo en algunos cadáveres también.
Coraje miró a Georgina Stormback desesperado.
—La medicina que vienes tomando hace que la lombriz crezca despacio, pero no la detiene.
El bicho se alimenta de todo lo que tú comes, cuando alcance un tamaño respetable, no habrá bocadillo que la detenga y seguirá alimentándose de lo que encuentre a su paso: tripas, órganos y cuando no encuentre más nada saldrá en busca de tus ojos.
Eventualmente, la cosa te comerá vivo —sentenció la mujer.
—¡Hay que sacarla!
—Lo haremos, pero antes necesito una cosa.
—Le daré lo que sea.
—¿Sabes cómo atrapar una gaviota?
—¿Es una broma?
—Necesitamos una gaviota antes del atardecer.