El secreto del dragón escondido EMBOSCADA
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EMBOSCADA

La casa del Duke Perro era un gran cuadrado con habitaciones que daban a un patio interno. Lo primero que a Coraje le llamó la atención fue el espejo de proporciones monstruosas sobre la pared de la sala principal. Debía tener al menos veinte metros de largo por siete de alto.

La casa parecía vacía. Los zapatos retumbaban mientras la recorrían sus salones. Todo estaba demasiado tranquilo. Al cabo de una hora llegaron a la conclusión de que no había nadie más.

—¿Qué buscamos? —preguntó Sir Héctor.

—El Diario de…

—Nada —lo interrumpió Drakar.

Coraje entró a una sala donde había decenas de trofeos de animales embalsamados colgados de la pared, desde leones enteros y monos con colmillos feroces hasta un oso gris.

El lugar parecía el museo de ciencias naturales en el Upper West de Manhattan.

Sobre la pared también había armas empotradas con descripciones textuales de cómo y cuándo los animales habían sido cazados.

En la habitación había un mueble muy alto cubierto por una sábana. A Coraje se le estremeció la piel cuando la retiró. Se trataba de uno de esos deformes engendros que había visto en el escritorio de Sir Jules Le Blanc, en Hohenzollern.

Una biblioteca sin espacio para un libro más completaba la escena junto a un escritorio en desuso.

Coraje sopló el polvo sobre un marco que guardaba una fotografía.

Le sorprendió reconocer a su padre, mucho más joven, posando junto al Duke Perro con un cigarro en su boca.

Había algo en el rostro del Duque Perro que le resultaba familiar.

Coraje sacó la fotografía del marco en busca de alguna pista.

Sobre el reverso decía: “Para mi hermano mayor, James”.

11/08/1980. Y la firma de Sir Benjhamin debajo.

No tenía recuerdos ni memoria claros de James, más que su voz en la casa de campo en Vermont jugando naipes con su padre. Coraje se refregó los ojos. ¡El Duke Perro era su tío James! ¿Por qué nadie se lo había dicho?

Metió la fotografía en su morral con cuidado entre dos páginas de un cuaderno para que no se arrugara; técnicamente no era un robo.

Entre tanto descubrimiento no se percató de los ladridos, seguidos de pasos pesados hasta que escuchó la voz de Drakar gritando: —¡Corre!

—¿Qué sucede? —preguntó mirando de lado a lado.

—Perros —le gritó Drakar.

Antes de pestañear tenía a dos perros negros gruñéndole. Drakar lo levantó de un brazo esquivando una mordida filosa. Corrieron hasta la sala principal de la fortaleza, donde se toparon con una jauría de más de cincuenta perros furiosos.

—¿Por qué no me dijeron que era mi tío? —protestó.

—¿El Duke Perro es tu tío? —preguntó Sir Héctor.

—Rápido, el silbato —ordenó Drakar.

Coraje metió la mano debajo de su camisa y sopló fuerte; inmediatamente los perros cayeron acostados al suelo en un profundo sueño, seguidos de Drakar, quien también sucumbió.

Sin embargo, Sir Héctor se mantenía de pie.

Coraje recordó las palabras de Dafne días atrás en casa de Bogart, cuando ella le había dicho que el silbato no funcionaba sobre brujas ni niños y que únicamente afectaba a perros y adultos.

—Lo siento —dijo Sir Héctor antes de transfigurarse en una hermosa mujer.

—Tú no eres Sir Héctor —la incriminó—. Tú eres…

—Dafne —contestó su tía abuela con solemnidad—. Lo siento. La mujer había tramado la emboscada. Dafne había logrado ganarle a todos los covens la carrera por descubrir la fortaleza del Duque Perro.