SIR HÉCTOR
Sir Héctor vivía en una colina desde donde se podían ver las costas de Mull con sus casitas de colores de un lado y el castillo Duarte del otro.
Cuando llegaron estaba sentado en el pórtico, hamacándose en una silla mecedora.
Tenía el pelo gris-blanco, bigote en punta y una mirada aguileña.
Les llamó la atención que la casa era demasiado grande como para un solo hombre.
—Buenos días —lo saludaron.
El hombre levantó una ceja, sin mover ningún otro músculo de su rostro. —Un paso más y disparo —advirtió.
—Sir Héctor —dijo Drakar inclinando la cabeza.
—Ese acento no es de aquí. ¿De dónde sacaron esos disfraces? Es una ofensa grave usar uniforme del clan sin autorización.
—¿Podemos tener unas palabras? —insinuó Drakar levantando las manos en son de paz.
—Si vienen por la casa ya fue vendida.
—Venimos de parte de Bogart de Boehm.
Se sentaron en el pórtico. Sir Héctor entró a la casa y regresó con una bandeja con té. —Es todo lo que puedo ofrecerles.
—Vamos a ser lo más francos posible, Sir Héctor —lo interrumpió Drakar—. No tenemos mucho tiempo. Bogart dijo algo acerca de que usted podría guiarnos hasta el Castillo Duarte.
—Lo que queda de él —lo corrigió Sir Héctor—. Si vienen de parte de Bogart, asumo que traen las llaves.
Drakar afirmó con la cabeza.
—Se harán pasar por familiares. Procuren no decir nada. Ese horrible acento los delataría. Si nos cruzamos con Sir Lachlan, solo sonrían.
El castillo de Duarte era un emblema para los habitantes de la isla de Mull, las constantes embestidas de los clanes Campbell y Mac Donalds habían provocado la ruina visible del edificio, pero sus cimientos estaban intactos;
había mucha expectativa puesta en la próxima restauración y el acceso era restringido por las obras.
La luna bañaba las paredes de piedra del castillo, cinco arqueros custodiaban desde las tres torres. Sir Héctor les pidió que aguardaran afuera. Unos minutos más tarde la puerta lateral del castillo se abrió.
Dos guardias duardianos los guiaron hasta el interior del castillo. Desde allí atravesaron varias salas. Luego los llevaron hasta una escalera descendente donde los guardias se detuvieron y solo ellos dos, seguidos por Sir Héctor, bajaron. Hacía frío y estaba húmedo.
—Allí está —dijo Sir Héctor iluminando una puerta de madera con su candelabro. Sobre ella, la leyenda Tlon se inscribía en acero fundido.
La puerta era de roble grueso. Tenía pesados herrajes y una cerradura en el medio. Del otro lado solo había una pared de piedra, como si alguien hubiera colocado una puerta arbitrariamente para burlarse de la esencia misma de las puertas.
—La llave — ordenó Sir Héctor.
Drakar introdujo la llave suavemente. Luego giró el cerrojo en sentido contrario a las agujas del reloj y la puerta se abrió.
Del otro lado solo había pared. Drakar puso las manos sobre las piedras hasta dar con una pequeña ranura donde había una segunda cerradura oculta, e introdujo la llave otra vez.
La pared se quebró y se abrió suavemente dejando ver un pasadizo oculto.
El camino al principio era angosto y descendente. Hacía calor y había tan poco oxígeno que las lámparas se extinguieron. Era como caminar a oscuras. Coraje tenía la sensación de que si bien estaban bajando, se movían cuesta arriba; se veía una luz tenue al extremo del pasadizo.
El túnel conducía hasta un bosque, donde una muralla gruesa de piedra se levantaba. Rodearon la muralla unos kilómetros hasta llegar a una segunda puerta con la leyenda Ukbar.
Drakar introdujo la segunda llave y pasaron. Del otro lado un paisaje completamente diferente los esperaba.
—Es como estar en Versalles —dijo Sir Héctor.
El pasto parecía un campo de golf, perfectamente cortado, con árboles impecables distribuidos simétricamente en el parque.
En el centro había una pileta rectangular de unos trescientos metros de largo, a sus costados, en ambos lados se apostaban estatuas de perros.
Al final de la pileta se podía vislumbrar la fortaleza del Duke Perro en todo su esplendor.
Una construcción geométrica con adornos celtas.
Caminaron por el parque cautelosos. El lugar parecía abandonado. Se detuvieron en el pórtico de la enorme casa. Sobre la puerta principal se podía leer la leyenda Orbistertius.
A Coraje le pareció ver una figura extraña a través de una ventana, pero Drakar le ordenó que guardara silencio. El vikingo introdujo la tercera llave; lo habían logrado: estaban en la fortaleza del Duke Perro.