LA ISLA DE MULL
Coraje estaba incómodo, al igual que durante el viaje por la Selva Negra se veía envuelto en situaciones donde debía actuar por cuenta y orden de otro, o por instinto de supervivencia.
Para alguien a quien le gustaba decidir qué hacer y cuándo, esto se tornaba irritante.
Y para este narrador también, ¿Qué clase de protagonista se deja llevar de un capítulo a otro sin poder torcer el rumbo de las cosas?
Solo alguien que está estudiando la situación.
Por la noche llegaron a la isla de Mull, ubicada en la costa oeste de Edimburgo, se hospedaron en el único albergue del pueblo de Tobermory con vista a la bahía. Desgraciadamente, el castillo Duarte estaba en proceso de reparación. Cualquier visita ajena al clan local no era recibida.
Por la mañana se sentaron a desayunar en un pub con vista al océano. Ordenaron comida. Coraje se alimentaba como un troglodita.
—¿Adónde va a parar toda esa comida? —se burló Drakar—. Cerveza —ordenó el vikingo—. ¿Qué? ¿Hay horario para beber?
—¿Qué esperamos para buscar a Sir Héctor?
—No podemos llegar a un poblado donde todos se conocen y empezar a hacer preguntas.
Debemos ser cautelosos. Mientras tanto, disfruta el aire del mar —agregó bajando la voz—.
Hay una sola cosa que debes tener presente para evitar problemas mientras estemos en Mull: evita mencionar a los Campbell y a los MacDonald; son mala palabra por aquí.
A Coraje se le ocurrió una pésima idea. Pidieron la cuenta y salieron a caminar. Se detuvieron frente a un negocio de ropa The Tartan Mull.
—No vendemos ropa a turistas —se adelantó el hombre en el mostrador.
—No somos turistas. Nuestros antepasados son escoceses y la madre de este muchachote también lo es.
—Inchequeable —contestó cruzando sus brazos el vendedor.
—Venimos desde Nueva York —soltó Coraje.
—Nueva York es escocesa —afirmó el hombre—. Todas las ciudades lo son; por definición, todo lo que el sol toca es escocés.
—¿Qué hay de Londres? —preguntó Coraje.
—Londres siempre está nublado —dijo el hombre escupiendo al suelo—. Será mejor que se retiren.
—Es una lástima. Sir Héctor nos recomendó que viniéramos aquí —mintió Drakar.
—¿Por qué no empezaron por ahí?
El hombre salió detrás del mostrador con una cinta y les tomó las medidas. Luego les pidió que esperaran y entró al depósito detrás del local donde guardaba los uniformes.
—No hay forma de que me ponga una pollera —susurró Coraje.
—No seas niña —se mofó Drakar.
Mientras les preparaban el pedido, Drakar se puso a husmear una libreta color azul con los datos de la clientela, que había quedado sobre el mostrador.
Eran pocos los habitantes en la isla de Mull.
Le tomó un instante dar con la hoja donde estaba la dirección de Sir Héctor, la arrancó y se la metió en la boca.
El sastre volvió entusiasmado y prácticamente los obligó a probar los uniformes. Estaba extasiado con su trabajo.
—Guarde el cambio —dijo Drakar pagando la cuenta. El vikingo estaba encantado con su nuevo uniforme.
Salieron a la calle. Coraje estaba tentado. Si sus amigos en Old Tower School llegaran a enterarse, su reputación estaría perdida. Drakar se metió la mano hasta la garganta para sacar el papel babeado con la dirección de Sir Héctor y se lo enseñó.
—No voy a tocar eso.
—¿Desde cuándo tan delicado? —protestó el vikingo.
—¿Desde que uso pollera? —contestó y ambos rieron.
—Siente la brisa —contestó Drakar abriendo un poco las rodillas.