LAS TRES LLAVES
Coraje se detuvo a analizar el primer cuadro, era una habitación pequeña y húmeda.
Había una ventana por la que se veía un árbol con un neumático colgando de una soga.
En la habitación había un espejo de pie, dos viejas sillas y una alfombra rayada.
Sobre una mesa había un plato con una suerte de sopa con vegetales de la que salía humo.
Dos candelabros iluminaban tenuemente las paredes.
—Creo que lo tengo.
—¿De qué color es el collar que lleva el perro?
Coraje titubeó con un lento «ehhhh».
—Esto va a llevarnos más tiempo —se quejó Drakar.
—¿Qué? —preguntó el muchacho.
—Debes aprender la imagen de memoria, como si hubieras estado allí, no puedes perderte ningún detalle, ¿Viste los ratones y el bistec, el neumático en el árbol? ¿Y el silbato?
—¿Qué silbato?
—Créeme muchacho, que no es un silbato. Es el silbato —dijo Bogart abriendo los ojos grandes.
Coraje miró de nuevo, abajo a la derecha se veían tres ratones merodeando un jugoso pedazo de carne y sobre la pared, colgando de un clavo, había un piolín con un silbato.
—Puedo conseguirte cien mil libras por ese silbato —se entusiasmó Bogart.
—Solo debes traer la llave —le advirtió el vikingo.
Coraje cerró los ojos y comenzó a repasar el cuadro en su mente; pared, ventana, neumático, soga, mesa, sopa de verduras, humo, ratones, dóberman negro, collar marrón, mancha de humedad en el techo, candelabros tenues.
—Verschwinden —dijo apretando el puño de su paraguas y apareció en la habitación.
El dóberman se sorprendió y se abalanzó sobre Coraje.
—Verschwinden —dijo y volvió a la casa de Bogart, trayendo accidentalmente al dóberman junto a él.
—No en mi sala de living —se quejó Bogart.
—El silbato —exclamó Bogart —¿Puedes traerlo?
Coraje tomó el paraguas y volvió a meterse en el cuadro, sin el perro guardián en la escena, los 3 ratones ya estaban masticando el pedazo de bistec. Tomó el silbato y regresó a la casa de Bogart otra vez. Para entonces el dóberman los tenía acorralados a los tres.
Coraje colocó el silbato en su boca, tenía sabor a tabaco y sopló. El dóberman se echó a dormir como un bebé, seguido de Drakar y Bogart. Solamente Dafne se mantuvo en pie.
—No funciona en mujeres ni niños, solo perros y hombres —le explicó.
—Vamos, hay que arreglar este desastre —sonrió Dafne—. Debes llevar el dóberman de regreso al cuadro y usar el silbato para tomar las otras dos llaves. No hay tiempo. El Club de Edimburgo sabe que estás aquí.
—Verschwinden —volvió a decir Coraje y regresó con las otras dos llaves.
Dafne tomaba té, sentada en el sofá. Drakar y Bogart empezaban a recuperar el conocimiento cuando golpearon a la puerta.
—Son ellas, vienen por Coraje.
Aún somnoliento, Bogart los guio hasta la cocina. Empujó el horno y levantó una tapa. Unas escaleras descendían en la oscuridad.
—La escalera llega hasta los viejos túneles de Edimburgo.
Sigan las cruces marcadas en el suelo, desembocarán directamente en la estación del tren.
Desde allí deben coger un boleto hacia el puerto de Oban y cruzar en el ferry CalMac hasta la isla de Mull.
Para llegar a la fortaleza del Duke Perro deben usar la primera llave, la cual abre una puerta secreta en el Castillo Duarte, pregunten por Sir Héctor, él los guiará.
Golpearon a la puerta otra vez, Bogart corrió a atender. Se trataba de una mujer, seguida por dos escoltas.
—¿Dafne? Qué raro verte fuera de tu casa, te va a dar un resfrío.
—Apenas si podías atarte los cordones cuando te reclutamos. ¿No me presentas a tus guardaespaldas?
—¿Dónde están esas ratas? —demandó la wicca—. Registren la casa —ordenó.
Mientras tanto, Drakar y Coraje salían por una alcantarilla, directo a la estación de ferrocarriles. Una locomotora echaba vapor, mientras los pasajeros se apuraban en subir. Drakar compró dos boletos con destino Oban.