El secreto del dragón escondido JEAN MACKENZIE
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JEAN MACKENZIE

A media mañana, el mercado central de Edimburgo estaba colmado. Decenas de puestos ofrecían alimentos, frutas, adornos, ropas, vasijas y vino. Coraje jamás hubiera imaginado que su primera cacería de brujas sería en plena luz del día, mucho menos que se trataría de una tan bonita.

—Nunca te enamores de una bruja —sentenció luego de darle una serie de consejos sobre cómo sorprender a la joven aprendiz. El plan era el siguiente: primero Dafne se acercaría para pedirle información, luego él entraría en acción cuando le diera la señal.

Jean Mackenzie se paseaba sonriente por los pasadizos entre los puestos, robando bocadillos y baratijas que le llamaban la atención sin que nadie lo notara. Dafne se acercó y susurró una típica adivinanza al oído de la muchacha.

—Dos colas entran a una madriguera, salen seis.

—Es una prueba bastante tonta —se burló la chica.

—Adelante…

—Dos ratones entraron a una madriguera. Son una pareja. La ratona hembra dio a luz a 5 ratones que se comieron al ratón macho. Por eso salieron 6 colas: la de la madre ratona y las de sus 5 ratoncitos. Es un acertijo bastante viejo.

—Bien, Jean Mackenzie, ¿qué más sabes hacer además de responder acertijos?

—No te conozco —contestó la joven aprendiz y continuó caminando.

—Hmm, es extraño porque yo sí te conozco. Eres una de las nuevas aprendices del Club de Edimburgo. El cuerpo de la muchacha se tensó.

—Tranquila, no voy a hacerte daño. ¿Ya conseguiste una madrina para tu ceremonia de iniciación?

La muchacha giró la cabeza interesada.

—Apuesto a que la recomendación de una exrectora sería suficiente para conseguir lo que quisieras.

La muchacha titubeó, pero la presencia de Dafne era solemne.

—Antes una demostración —exigió desconfiada.

Dafne sacó un cuchillo debajo de su túnica y se hizo un corte profundo en el antebrazo que tardó apenas unos segundos en autosanarse.

Los ojos de la aprendiz se encendieron. Jean Mackenzie anhelaba convertirse en una Leona del Club de Edimburgo. La muchacha guio a Dafne hasta un callejón y con una patada derribó un tacho de basura descubriendo una puerta escondida. Entraron.

—Vas a necesitar un alias para la ceremonia, ¿Tienes algo en mente? —sonrió Dafne—. ¿Qué tal la palabra más horrorosa del mundo y el nombre más bonito?

—Wicked Maggie —respondió Mackenzie entregándole el paraguas.

—Tiene potencial —respondió.

Cinco minutos más tarde, Dafne salió. Llevaba el paraguas consigo. Se alejó unas cuadras hasta encontrarse con Coraje. El muchacho estaba agradecido. Aunque Coraje no lo decía, el paraguas era la forma de sostener a su padre.

—¿Cómo lo lograste? —preguntó agradecido.

—Hicimos un trato justo —sonrió. En ese instante, Coraje era embestido a máxima velocidad por una saeta rubia. Cuando levantó la vista solo alcanzó a ver la cabellera de la muchacha alejándose con el paraguas.

—¿Qué? —dijo indignado.

—No dije que iba a ser fácil.

Coraje se incorporó de un salto y explotó en velocidad detrás de la muchacha. Los zapatos le incomodaban y se los fue sacando a medida que corría.

La muchacha era rápida. Apenas llegaba a divisar su cabellera rubia a la distancia.

Ella conocía la ciudad como la palma de su mano, mientras que Coraje parecía un turista.

Decidió concentrarse en la melena amarilla.

La ladrona se adentró en el mercado central intentando perderle.

Coraje recibió todo tipo de insultos mientras tropezaba con la gente y los puestos ambulantes.

Cuando terminaron de atravesar el mercado, había acortado la distancia. Se dirigía calle abajo hasta una suerte de panteón abandonado con antiguas ruinas de edificaciones sajonas.

Coraje continuó la carrera ocultándose detrás de un automóvil que se dirigía en la misma dirección. La muchacha miró hacia atrás y creyó haberle perdido. Se detuvo a recuperar el aliento. Cuando levantó la vista, era demasiado tarde: Coraje le apuntaba al medio del cuerpo a toda velocidad.

Coraje envolvió a la ladrona en sus brazos y juntos rodaron al suelo, anteponiendo su espalda para amortiguar la caída. El muchacho sintió un raspón, seguido de un dolor en el hombro. Jean Mackenzie se levantó intacta y lo miró.

—Idiota —se burló.

Tomó el paraguas y se alejó corriendo mientras Coraje se levantaba hecho pedazos del suelo. Sin pensarlo, se lanzó detrás con mayor determinación. La próxima vez no tendría piedad.

Se adentraron a toda furia por las calles céntricas de la ciudad y casi fueron atropellados en un cruce de esquinas. Coraje le seguía el paso con firmeza. Estaba decidido a atraparla. Ella volteó un tacho de basura para entorpecer la carrera, pero nada parecía detenerlo.

Llegaron hasta una calle sin salida. Al final quedaba una reja que decía No Trespassing. La chica aceleró su carrera y saltó limpia la reja de más de dos metros de altura.

Coraje se detuvo. Esa maniobra estaba fuera de su alcance. La muchacha también frenó al otro lado de la reja festejando su victoria.

—Si te das por vencido, te devuelvo el paraguas —sonrió Jean Mackenzie.

Dafne sonrió al ver a Coraje entrar a la casita de Bogart con el paraguas. —Pobre muchacha, ¿qué le hiciste?

—La dejé ganar…

—Excelente forma de tratar a una dama. ¿Por qué no tomas una siesta? Debes estar agotado.