El secreto del dragón escondido BOGART DE BOEHM
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BOGART DE BOEHM

—¿Quién es usted? ¿Qué quiere de mí? —demandó Coraje en el automóvil.

—Mi nombre es Kathleen Bulgen, alias Dafne, soy tu tía abuela y no quiero nada de ti.

—¿Quiénes eran esas mujeres?

—Brujas.

—¿Y también usted?

—También.

Coraje estaba sorprendido, no tenía ningún registro de una tía abuela, aunque sabía perfectamente que su madre había migrado desde Escocia cuando era joven.

Si bien las matemáticas tampoco eran su fuerte, las cuentas cerraban.

El automóvil anduvo unos minutos, luego se detuvo ante una casita modesta con una puerta muy alta. La mujer golpeó dos veces con suavidad.

—¿Quién se atreve? —dijo una voz grave.

—Dafne.

—Solo conozco una Dafne y hace más de 15 años que no sale de su casa.

—Vamos, Bogart, abre la puerta.

—¿Estás sola?

—Sabes perfectamente que hay un muchacho parado junto a mí.

—¿Quién es? ¿Traes Liquen contigo?

—Si no abres la puerta de una vez…

Un hombre de aproximadamente un metro noventa los hizo pasar. No parecía muy feliz con la visita.

—Solo es por unas noches —explicó Dafne.

—Esto no es un hotel —se quejó Bogart. Su casa lucía un tanto recargada, había adornos y antigüedades en cada rincón. Sobre las paredes colgaban cientos de cuadros de todas las formas y tamaños a punto tal que ya no quedaba espacio libre en las paredes.

—No toquen nada —advirtió.

Antes de convertirse en un traficante, Bogart de Boehm había servido a la Guardia Prusiana en Hohenzollern.

Harto del régimen militar, había desertado y negociado una amnistía a cambio de información clasificada.

Básicamente, un traidor. Dafne había participado del acuerdo cuando aún era Rectora del Club de las Leonas de Edimburgo.

—¿Cuál es la historia de este? —se mofó el hombre al verlo entrar.

—Demasiado cuento para lo que queda de noche, necesitamos dos camas.

—Sus habitaciones están abajo.

Coraje se desplomó en un catre; un último pensamiento invadió su cerebro antes de caer dormido, tenía una tía abuela que cuidaba de él.

Antes de cerrar los ojos, sintió un puntazo en la boca del estómago, se apresuró en colocar las gotas debajo de la lengua, llevaba más de cincuenta días con esos dolores.