LA LEONA
DE EDIMBURGO
Del otro lado de la ciudad, un cuervo aleteaba alterado entre los tejados. Se detuvo sobre una casa de piedra y se coló por una ventana apenas abierta. El cuervo comenzó a cambiar de forma y en unos pocos segundos se transformó en una esbelta señorita.
—Vas a llenar mi living de plumas —se quejó una mujer sin mover un músculo. Estaba sentada en un sofá, su rostro estaba endurecido, parecía no respirar. La luna la iluminó, estaba decrépita. Delante de ella había una bandeja con dos tazas, azúcar y una tetera hirviente.
—Dafne, pero qué horror. ¿Te viste al espejo? ¿Hace cuánto que no tomas tu Liquen?
—Hmm —contestó Kathleen Bulgen, alias Dafne, con amargura. Luego se llevó un extraño anillo a la boca. Con los dientes le quitó la piedra y dejó caer una gota desde el interior del anillo.
En un abrir y cerrar de ojos, su pelo cobró color, sus arrugas se encogieron, la espalda se le enderezó y hasta se le hincharon los pechos. La mujer que había ingresado por la ventana se arrodilló en señal de reverencia. Luego se puso de pie. —¿Vas a invitarme con una taza de té o no?
—Pensé que los cuervos solo comían gusanos.
—Mitad agua, mitad leche, media de azúcar —dijo la invitada y bebió un sorbo, echándose hacia atrás relajada.
—Me imagino que no has cruzado medio Edimburgo a medianoche para beber té con leche —afirmó la dueña de casa.
—¿Qué? ¿Acaso ya no se puede visitar a una vieja amiga cuando se la extraña?
—Vieja sí; amiga no.
—Cuando te cuente lo que esta tarde llegó a mis oídos, vamos a ser un poco más amigas.
—Si es acerca de Ana, prefiero no enterarme de los chismes.
—Tibio —respondió la invitada.
—La última wicca que vino a venderme información sobre Ana todavía está buscando sus ojos —la amenazó Dafne.
—¿Cómo lo quieres, rápido o lento? —preguntó la visitante con seguridad.
—Ya escupe el rumor, cuervo, o…
—Un vikingo apestoso, ¿Te suena?
—Drakar Semptor, guardián de Hohenzollern.
—Está aquí, en Edimburgo.
—Qué raro. ¿Dónde se esconde?
—Está emborrachándose en una taberna en Leeds y la calle 12, llegó hace algunas horas en taxi. ¿Puedes creerlo?
—¿Qué dicen las Leonas?
—Todavía no se deciden, algunas quieren hacerle una emboscada, otras son un poco más conservadoras, prefieren seguirle el rastro, creen que Drakar puede ayudarlas a dar con el paradero del Duke Perro.
—No hay motivo para atacarlo. Es mejor seguirlo. Si el Duke Perro realmente tiene el Diario de Maddam Thenesis lo mejor es vigilar a Drakar.
—Ese vikingo debe haber asesinado más de 300 wiccas —dijo la mujer estrige bebiendo el resto del té.
—Sí, pero ninguna escocesa.
—¿Es una recomendación oficial? —preguntó la estrige a gusto.
—¿Eso es lo que has venido a buscar, cuervo, una recomendación? ¿El rectorado no tiene voz propia?
—El Rectorado no está tan interesado en el vikingo, sino en su peculiar acompañante.
—¿Quién es? —preguntó Dafne, pero la estrige guardó silencio unos segundos creando un clima de suspenso perfecto.
—Es solo un niño —dijo haciéndose la distraída; había estado esperando ver la reacción de Dafne desde que había puesto una pluma sobre su casa.
Dafne escupió su té, como un elefante con trompa. No hicieron falta más aclaraciones.
—Voy para allá.
—Ya no está en el pub, las wiccas de Berwick lo tienen: 555, Murchison Street, si no te apuras, van a destriparlo.
—Imposible, Timotheo está en la lista.
—El niño fue removido de la lista.
Acto seguido la mujer estrige sonrió y en pocos segundos era un cuervo otra vez, se paró en la ventana y se echó a volar mimetizándose con la oscuridad.
Dafne apretó los dientes, debía actuar. En un, dos, tres, ya estaba frente al edificio del 555 en Murchison Street. Derribó la puerta solo con pensarlo. Caminó por un oscuro pasillo hasta un hall principal y allí estaba él.
—Quiten las manos del niño —les advirtió.
—Miren quien llegó —se burló una.
—No es tan niño, ya tiene un bigote —se rió otra colocando sus manos bajo su túnica.
—Voy a contar hasta 3 —sugirió Dafne y automáticamente fue rodeada por las cinco mujeres.
—¿No estás un poco vieja para esto? —advirtió otra.
—1…. 2….
— Vamos, no seas tonta, Dafne.
—3.
Todo duró pocos segundos, Dafne se vio envuelta en un aperreo hombro a hombro contra tres de las cinco brujas. Las otras dos se abstuvieron; enfrentarse con la exrectora del Club de Las Leonas de Edimburgo era poco estratégico.
La primera en caer desmayada fue Euphemia Maclean, seguida de Agnes Dugan, la tercera en postrarse de rodillas frente a la feroz leona fue Geillis Duncan. Las tres habían sido entrenadas bajo su supervisión, varias decenas de años atrás.
Dafne se tocó una costilla, tenía sangre, aunque rápidamente autosanó. Las tres brujas derrotadas se fueron incorporando para volver a la carga. Aunque esta vez Dafne fue menos benevolente, tomó a Agnes por detrás asfixiándola.
—Un paso en falso y le parto el cuello —las amenazó.
—Si lastimas a una de nosotras, el niño no saldrá con vida de esta habitación —la contraamenazaron.
—Tampoco ninguna de ustedes —dijo apretándole más el cuello, luego la soltó. —¿Acaso se volvieron locas? El niño está en la lista —afirmó Dafne.
—Ya no lo está —le explicaron.
—Hasta donde yo sé, el niño está en la lista, punto final —reafirmó.
—La lista de los muertos —murmuró una de ellas.
Dafne era fuerte, y podía dar batalla a las tres, pero ya no era lo suficientemente rápida como para garantizar la seguridad de Coraje.
—Puedes llevarte al niño, solo estábamos jugando —dijo Geillis Duncan.
—¿A cambio de qué? —preguntó sabiendo que había un precio por pagar.
—Tu recomendación para la postulación de Euphemia, en la próxima asamblea.
—Ya no participo de asambleas.
—La próxima vez lo harás.
—Trato hecho —prometió cortando su muñeca dejando caer su sangre. Las otras hicieron lo mismo. Luego sus cicatrices autosanaron. Dafne soltó las ataduras en las manos de Coraje.
Lo primero que hizo el muchacho fue intentar quitarse el vendaje, pero ella lo detuvo. —Mejor no verles la cara —susurró.
—¿Quién eres? —preguntó.
—Tu hada madrina.
Afuera estaba húmedo, el aire lo despabiló como una taza de café. La mujer alzó la mano y un taxi apareció como por arte de magia. Coraje pensó en escapar, no había dudas de que esa mujer era una bruja, pero no tenía muchas opciones.
—No tienes que venir si no quieres —sugirió leyendo su mente.
—¡El paraguas! —exclamó.
—¿Perdiste algo? —preguntó Dafne.
—Sí, el paraguas.
—Creo saber quién puede tenerlo, mañana vamos a recuperarlo, ahora necesitamos salir de aquí —le explicó y subieron al automóvil alejándose entre la neblina.