LAS BRUJAS DE BERWICK
El taxi los dejó en el centro de Edimburgo, se detuvieron frente a un pub a pedido de Drakar. Su informante le había enviado esa dirección para que se encontraran.
Se sentaron en una mesita sobre la vereda —Dos haggis, un whisky y un refresco para el americano —ordenó Drakar. Trajeron dos pasteles de carne, o algo parecido, un vaso de whisky y la popular soda escocesa, Irn-Bru sabor naranja.
Drakar miraba su reloj de mano, todavía faltaba un buen rato para que su informante llegara.
Ordenó dos y tres bebidas más antes de levantarse para ir a orinar.
Coraje se sentía a gusto. Los escoceses eran gente cálida y amable, el pub estaba repleto.
Todos sonreían y bebían cuando una llamativa muchacha se sentó sin pedir permiso en su mesa.
—¿Americano? —dijo riendo.
—No —mintió Coraje mientras disimuladamente apretaba la manija de su morral con una mano y el paraguas con la otra.
—Americano —afirmó la muchacha y, tomando el vaso de whisky que había quedado sobre la mesa, lamió las últimas gotas.
—Está hip-confundida —dijo con la boca entrecerrada simulando un acento inglés poco creíble.
—¿Te enseño a quitar el hipo?
—No hip-gracias.
—Dicen que un buen susto es la mejor forma.
—No soy hip-americano.
—Si tú no eres americano —se burló—, yo no soy hip-bruja —dijo la muchacha abriendo los ojos rojos llenos de cólera.
Coraje se levantó en forma abrupta, mientras que el tonto de Drakar entraba al baño en el ruidoso pub.
Una mano lo tocó por detrás, se dio vuelta, pero no había nadie.
De pronto, sintió que le metían un pedazo de tela húmedo en la boca, olía a alcohol y comenzó a marearse.
Luego lo arrastraron hasta lo que parecía ser un automóvil.
Forcejeó sin éxito, mientras su cuerpo se aflojaba, dejando caer el paraguas en la calle antes de perder el conocimiento.
Drakar salió del baño y fue a la barra por dos porrones de cerveza. Cuando llegó a la mesa vacía, se le borró la sonrisa de borracho, su informante lo había engañado.
Coraje recobró el conocimiento. Estaba en una habitación en alguna parte de Edimburgo, tenía los ojos tapados, veía negro entre manchas de luces que se movían sobre su cabeza. sus pies y manos estaban atados. Un grupo de mujeres discutían entusiasmadas a su alrededor.
—¿Cómo se atreve a haber venido hasta aquí?
—Mequetrefe.
—Niño insolente.
—Yo digo que lo matemos.
—Destripémoslo, mandemos sus pedacitos a Hohenzollern.
—¿Está en la lista, Geillis?
—No lo sé.
—Cortemos su lengua; mejor las orejas, las tiene grandes.
Las mujeres estallaron en carcajadas mientras dirimían qué hacer con el muchacho. —¿No deberíamos avisar a su abuela? —dijo una voz un poco más preocupada.
—Claro que no tonta, las Wiccas de Berwick no rendimos cuentas al Coven de Edimburgo.