El secreto del dragón escondido BABE RUTH
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BABE RUTH

El Mary Blue ancló lejos de la costa. Para llevar a Coraje hasta la orilla, bajaron un viejo bote por estribor junto a dos marineros que remaban silenciosos.

—Si encuentras al Duke Perro, puedes darle una bofetada de mi parte —dijo Viktoria, antes de despedirlo. La bruma no los dejaba ver más allá de un metro, apenas se vislumbraban unas borrosas lucecitas a lo lejos.

La escollera sur era una costa rocosa despoblada. Los remeros del Mary Blue lo obligaron a descender entre las rocas y Coraje se mojó los pies hasta las rodillas. El agua estaba helada.

Todavía no amanecía ni la bruma cedía. Entre las rocas filosas Coraje se abrió paso hasta una pequeña playa deshabitada.

Miró atrás, ya no había rastros del bote ni los remeros.

Se sacó los zapatos empapados. El frío no lo dejaba pensar.

Trepó hasta la cima de la escollera con el afán de encontrar algo de civilización, pero apenas llegó a divisar unas luces lejanas.

Para colmo comenzó a llover. Buscó refugio entre las rocas tiritando de frío.

Al cabo de unos minutos no sentía ni el dedo gordo del pie.

Si no salía de allí, era hombre muerto. Coraje apretó los dientes.

Si el desafortunado viaje a Hohenzollern no había sido suficiente como para frenar su determinación de seguir adelante, un pie congelado y un poco de frío no lo iban a detener.

Caminar fue la mejor decisión. El cuerpo comenzó a ganar temperatura y la lluvia cesó.

Después de unos minutos de caminata estaba casi seco y se sentía mejor.

No tenía la menor idea de dónde estaba. Suponía que Drakar lo estaría esperando.

A media mañana divisó a un viajante que caminaba en sentido opuesto, se trataba de alguien grande y el andar le resultaba familiar.

Cuando estuvo a menos de doscientos metros, lo reconoció.

—¡Drakar! —gritó.

—Te ves pésimo —se mofó el vikingo—. Lamento la demora. ¿Cómo estás?

—Helado.

—El amuleto, tonto. Puedes usarlo para encontrarme.

—Lo olvidé.

—Mejor, esos viajes astrales traen secuelas.

—¿Qué tipo de secuelas?

—Básicamente, locura, alucinaciones, dolor de cabeza y hasta podrías perder una extremidad.

—¿Dolor de tripas? —preguntó pensando que tal vez era eso lo que le estaba provocando los infartos intestinales.

—Mmm… no que yo sepa, pero podría.

—¿Dónde están Diciembre y Katia?

—Están a salvo, pronto nos reuniremos con ellos; la muchacha encontró al Profesor Novik, Diciembre se quedó con ellos, nos esperan en Londres, pero antes tenemos unos asuntos que resolver.

Se escuchó el sonido como de un motor a los lejos; una nube de tierra se acercaba a toda velocidad por el camino. Cuando los alcanzó se detuvo a un costado tapándolos en polvo. Se trataba de un automóvil negro. Tenía un letrero con la leyenda “Taxi” sobre el techo.

El chofer bajó la ventanilla, no parecía muy amistoso.

—¡Buenos días! —saludó el vikingo.

—Buenos para usted —contestó en un inglés cerrado.

—¿Se dirige a Edimburgo? —preguntó Drakar.

—¿Dónde más?

—¿Puede llevarnos?

—No estoy de turno.

Drakar sacó una moneda que parecía valiosa.

—No estoy de turno —repitió el hombre.

Coraje observó que dentro del taxi el hombre tenía una fotografía de un niño vestido de baseball.

—Baseball —dijo Coraje.

—Mi hijo es un fanático de los Gigantes de Nueva York.

Coraje sonrió y sacó de su morral una tarjeta de Babe Ruth.

—La tarjeta y la moneda.

—Trato hecho —se apresuró en contestar Coraje, con tal de no caminar.

Las ruedas se abombaron cuando Drakar se subió al automóvil.

En pocos minutos corrían a buena velocidad por un camino terroso.

Drakar estiró sus brazos y se echó a dormir.

Coraje, en cambio, se perdió en el paisaje.

Escocia tenía toda la paleta de verdes que un ser humano podía llegar a imaginar.

La velocidad del automóvil generaba un efecto borroso, mezclando todos los verdes en un único verde de mil colores.

Demasiado poético, ¿no? Va de nuevo. Subieron al taxi, las ruedas casi explotan.

El vikingo bostezó mientras Coraje veía todo verde.