DICIEMBRE Y KATIA
Coraje salió del pub. Todavía no anochecía.
La calle estaba atestada de trabajadores regresando a sus hogares.
El motel Liverpool era pequeño. Tenía un cartel luminoso descompuesto que brillaba con intermitencia.
Cruzó la calle y entró al lobby. La puerta sonó como un cascabel detrás de él.
La muchacha en el mostrador miró con cara de desconfiada.
—¿Llueve? —preguntó al notar que llevaba un paraguas en su mano—. El motel está lleno —dijo regresando a su revista.
—Habitación 9 —señaló Coraje.
—¿Lo esperan?
—Solo me gustaría dejarles una nota.
—Un penique el papel, medio penique la pluma.
Coraje sacó un dólar norteamericano de su bolsillo. —No damos cambio en moneda extranjera.
Coraje comenzó a escribir, hasta que le pareció escuchar la voz de Diciembre y Katia bajando al vestíbulo por las escaleras. Cuando la mujer del mostrador levantó la mirada, ya se había marchado.
Diciembre y Katia bajaban por una apretada escalera conversando sobre el clima londinense, a Diciembre se le frenó el corazón cuando lo vio de espaldas. Conocía de memoria esa posición desgarbada, y la curiosa manera de rascarse la cabeza.
—¡Señor! —exclamó el mayordomo, pero ya era tarde, Coraje había salido a la calle y desaparecido en medio de la muchedumbre.
Diciembre salió como un loco, pero solo recibió quejas de peatones que intentaban caminar apurados. Volvió al vestíbulo entusiasmado.
—Parece como si hubiera visto un fantasma —advirtió Katia.
—Acabo de ver a Coraje.
—¿Eh?
—Podría jurarlo por Quebec que estaba parado aquí.
Diciembre se acercó al mostrador, la muchacha le sacaba lustre a la moneda de 1 dólar. —Ese muchacho, ¿qué quería? —la interrogó Diciembre.
—No lo sé, dejó una nota para la 9.
—¿Cómo que dejó una nota? —gritó desesperado—. ¿Dónde?
—Un penique para ver la nota —demandó la mujer.
Katia sacó una moneda de su bolsillo y la apoyó sobre el mostrador de conserjería con fuerza. Luego la mujer sacó una notita y se la entregó.
Diciembre cruzó la calle hasta el Pub de enfrente. Katia lo esperaba afuera. Se encontró con un Drakar prácticamente desmayado de la borrachera, tenía un hematoma en la cabeza producto del garrotazo que había recibido mientras intentaba proteger a Coraje a bordo del Toro Viejo.
—Coraje estuvo aquí —exclamó exaltado Diciembre—. Dejó una nota en el vestíbulo del hotel, debemos buscarlo.
—Sí, estuve con él hace unos minutos, ¿Dónde se habrá metido? —dijo Drakar mirando alrededor—. Ah, ya lo recuerdo: desapareció.
—Debemos buscarlo.
—Imposible. Está en altamar. Beba algo —lo animó Drakar—. Coraje los encontrará cuando sea apropiado, mientras tanto, solo podemos beber.
Diciembre pestañeó siete veces mirando el techo, parecía que el vikingo le estaba tomando el pelo; si Coraje estaba en la ciudad era imperioso salir a buscarlo.
—Oiga, hace tres días que se la pasa bebiendo en esta pocilga, no podemos seguir así.
—Verschwinden, pum, se fue, desapareció, estuvo de pasada, ya no está más, como un gas que se te escapa, ¿me entiende?
Diciembre se sentó desganado. —¿A qué vino?
—El muchacho estaba en aprietos, pero no se preocupe. Ya lo resolví —dijo enseñándole su chichón.
—¿No lo notó flaco?
—Ahora que lo menciona... A propósito, ¿no tendrá unas libras?
El mayordomo sacó un fajo de billetes y los dejó sobre la mesa. Luego salió a la calle, Katia lo esperaba en la acera.
—Parece que Coraje está haciendo de las suyas —afirmó.