El secreto del dragón escondido ORINADO
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ORINADO

Cuando Coraje se despertó, no recordaba dónde estaba, ni cuánto tiempo había pasado; olfateó algo delicioso, por un instante creyó que estaba en la pequeña mansión en el número 16 de la calle 20, en el exclusivo barrio del Gramercy Park.

Diciembre horneaba unos pancakes, hasta que el movimiento ondular le recordó que estaba a bordo de una embarcación.

Viktor tenía razón, el olor a pescado podrido había desaparecido en altamar.

Se incorporó con molestias. Se lavó la cara. Estaba pálido y más huesudo que nunca. Entre la odisea a Hohenzollern y la Carrera de las Casas había bajado varios kilos.

Afuera, en la cubierta, hacía frío, la bruma no le permitía ver más allá de unos pocos metros.

—Así que este es el pasajero americano. Vaya forma de dormir. Debes ser alguien importante. Pagaron demasiado oro para traficarte hasta Londres en un inmundo barco pesquero —dijo un marinero mientras intentaba encender un húmedo cigarro.

—¿Por qué alguien querría ir a Londres? Los ingleses tienen pésimo gusto; pescado y patatas fritas, es todo lo que saben hacer; los escoceses, en cambio…

—¿Dónde estamos? —preguntó Coraje.

—Meridiano 53, Mar Báltico… la bañadera de Neptuno, aunque también podríamos decir que estamos parados en la cubierta de un horroroso buque pesquero.

—No se ve nada.

—Hasta que crucemos el Báltico, la bruma será todo lo que verás, estás desabrigado. ¿Quieres un cigarro? ¿Cuántos años tienes? No conozco Norteamérica. Tampoco me interesa hacerlo, Yanquis, hot dogs... ¡Qué basura! ¡Los escoceses, en cambio, ja!

—Gracias, no fumo.

—Haces bien, estos cigarros alemanes saben a flatulencia de gorila, los cigarros escoceses, en cambio...

—¿Apuesto a que usted es Escocés?

—Mis ancestros lo eran, no entiendo por qué se fueron de ese hermoso país. ¡Qué desgracia!

—¿Conoce Escocia, supongo? —preguntó Coraje.

—En mi mente, todo lo que puedo ver es Escocia; sin embargo, nunca me he atrevido a pisarla. Temo jamás poder salir; dicen que las praderas son más verdes, los edificios bajos y las mujeres atrevidas, aquí, en cambio, todo es bruma. Mi nombre es Grey.

—Timotheo Coraje —respondió.

—Vaya apellido, ¿Le haces honor?

—Lo intento.

—Veo que ya ha conocido a Grey, habla mucho, friega poco —los interrumpió Viktor.

—¿Vienes a desayunar? —lo invitó. Entraron a la cocina del barco, los marineros a bordo del Toro Viejo eran parcos, ninguno se detuvo para saludar.

—¿Estás mejor? —preguntó Viktor.

—Fue solo un dolor de estómago —respondió.

—Nunca había visto a un muchacho temblar así por un dolor de estómago, espero que esa medicina que traes haga su trabajo, no hay doctor a bordo del Toro Viejo; el que más sabe de medicina es Muriel, el sacamuelas.

—¿Quieres café? —ofreció el cocinero. Era un hombre grande, de origen oriental, estaba transpirado; no tenía pelo y se podían ver los pliegues de grasa en su cuello.

—Gracias —contestó; bebió un sorbo y no pudo evitar sentir la acidez. —Sabe a orina —protestó.

—Lo es —se rió el cocinero y todos en la cocina comenzaron a burlarse.

Ni a Timotheo Coraje ni a quien les cuenta esta historia les importó que el cocinero pesara 114 kilos.

El muchacho se abalanzó sobre el cocinero sin pensarlo, mientras los marineros vitoreaban y reían.

Le costó varios minutos separar sus manos de su grasienta cara.

Finalmente, el cocinero lo tomó del cuello con una sola mano y lo sentó en la silla con fuerza.

—Regla Número 1: Nadie critica mi café. Regla Número 2: Me vuelves a tocar y te parto el cuello. Regla Número 3: No la recuerdo, pero si la rompes te mato.

—Idiota —murmuró.

—En alta mar dicen que la orina es lo mejor para el dolor de estómago —sonrió Viktor—. Nuestro buen amigo solo quería ayudar. Vamos, sirvan un café decente al muchacho —ordenó.

—No, gracias —replicó y se retiró a su camarote, mientras los demás marineros seguían tentados de la risa.

—Son unos imbéciles —se escuchó la voz de Viktor reprendiéndolos, pero luego el mismo Viktor entró a reír a carcajadas. —Orina, je, je, je... Vaya recibimiento.