El secreto del dragón escondido VIKTOR
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A medianoche, Coraje partió en un antiguo carruaje militar hacia el norte. Gulliver, el anciano de los establos, salió encapuchado a despedirlo en las afueras del castillo.

—Es lo mejor que pude hacer —dijo el viejo entregándole un gotero—. Hay algunos ingredientes extraños que no estoy seguro de haber podido descifrar.

Coraje le había dejado a Gulliver una muestra de las gotas que le habían preparado a bordo del Nautilus por el dolor de estómago, para ver si el anciano podía preparar algo similar, como para aguantar hasta regresar a Nueva York.

—Ten —dijo Gulliver entregándole un perro de madera diminuto tallado a mano—. Lo hice para ti. Los perros traen buena suerte.

La carreta anduvo toda la noche por la Ruta de los Castillos, luego tomaron el sendero de la Ruta Romántica en sentido norte.

Coraje se mantuvo alerta, dormitando liviano.

Al amanecer desayunaron en Wurzburgo, donde cambiaron caballos y continuaron sin parar el resto del día por la Ruta de las Hadas hasta Hamburgo.

Llegaron al alba. A Coraje le dolía la espalda de tanto andar por los pedregosos caminos.

—Arriba lagartija —lo despertó un soldado —bienvenido a Hamburgo, hasta aquí llegas, nosotros seguimos viaje hasta Rostock.

—¿Cómo llego hasta el puerto? —preguntó mientras ajustaba su morral al hombro, pero el carruaje ya se había echado a andar.

—Ve hasta la torre, desde allí se ve el mar.

Coraje levantó la vista, una enorme torre con un reloj se levantaba a unos ochocientos metros de distancia. Caminó hasta allí; Sir Jules le había dicho que vendrían a él.

—El arcángel San Miguel victorioso sobre el mal —dijo una voz varonil detrás de él, refiriéndose a la escultura sobre la torre del reloj.

—¿Viktoria? —preguntó Coraje.

—¿Acaso parezco mujer? —se mofó —Viktor es mi nombre y tú debes ser el muchacho que viene de Hohenzollern. Bienvenido a Hamburgo, la Puerta de Alemania. Zarpamos en una hora. Pensábamos que no llegarías a tiempo. ¿Ya has probado las salchichas alemanas?

El hombre sonrió y apoyando su mano en su espalda lo invitó a acompañarlo. Entraron en un pub y ordenaron el desayuno. Viktor era un charlatán agradable, de esos que generan confianza con facilidad. Pero a pesar de hablar por los codos, Viktor parecía intranquilo y movía los ojos de par en par.

—Nos vieron.

—¿Quiénes?

—Wiccas.

Viktor dejó unas monedas sobre la mesa y salieron del pub apurados, caminaron por la costanera y se internaron en el puerto.

Devolvió sin demasiada expresividad los saludos a los marineros que se cruzaban y descendieron por un muelle.

Tras golpear tres veces el casco de una embarcación venida a menos, les abrieron la escotilla.

Se trataba de un barco pesquero de peso mediano. Estaba sucio y por donde mirabas había algo emparchado, el olor a pescado tumbaba.

—Cuando lleguemos a altamar el olor desaparecerá, bienvenido al Toro Viejo —dijo y lo llevó hasta un camarote, ante la mirada poco amistosa de la tripulación.

Coraje se recostó sobre la estrecha cama y una vez más sintió una punzada en un costado de la panza, seguida de otra cerca de las costillas. El ataque abdominal lo paralizó. Luego su cuerpo comenzó a temblar.

Viktor entró en la habitación y lo encontró temblando sobre el catre. Coraje señaló su morral y Viktor metió la mano sacando uno de los goteros. Cuando Coraje tomó su medicina el dolor cedió.

—No me dijeron nada en Hohenzollern sobre este temita.

—Lo siento —se disculpó.

—Mantén tu medicina contigo —dijo y salió del camarote golpeando la puerta. —Lo que sea por dinero —lo escuchó decir Coraje.