El secreto del dragón escondido EL ORIGEN
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EL ORIGEN

DE BENJHAMIN

—El mapa de los inmortales, ahora —le reprochó.

—¿Para qué quieres vivir mil años?

—No me interesa vivir mil años, solo un par de años más.

—El mapa tiene un precio demasiado alto, no puedes pagarlo.

—Les traeré ese maldito Diario. Soy el único que puede burlar al Duque Perro. Lo hice una vez y podría hacerlo de nuevo —afirmó Benjhamin.

—¿Y luego qué? ¿Crees que dejaríamos a un inmortal largarse así nomás? No alcanza.

—Serviré eternamente a la guardia de Hohenzollern.

—No lo sé, Benjhamin, aplicaste una vez y el mapa te fue denegado; tu conducta …

Sir Jules Le Blanc cargaba con la cruz de haber mentido a Sir Benjhamin durante años sobre sus orígenes.

Le había jurado a Hugo que jamás contaría su secreto, esa había sido la condición de su esposa Sara para aceptar a Benjhamin en su hogar.

Una parte oscura de Sir Jules anhelaba que Benjhamin falleciera para acabar con semejante carga.

Entregarle el mapa de los inmortales era igual a cargar con esa cruz para siempre.

Si iba a ceder, antes debía contarle la verdad.

—Para conocer el mapa de los inmortales debes ser un hombre libre.

—¿Y acaso no lo soy?

—Hacer lo que se te da la gana dista del concepto de libertad que tenemos los inmortales, deberás servir a Hohenzollern para siempre como un hombre libre.

—Bien.

—Eso no es todo, debes renunciar a Ana y olvidarte de Lord Morlocke. ¿Por qué mejor no regresas a Nueva York con tu hijo?, Les diré que fuiste en busca de pistas. Tendrías una vida tranquila y podrías recuperar el tiempo perdido.

—Para morir como una rata en menos de un año o dos y luego vengan a buscarlo para que termine lo que su padre no pudo, jamás.

—Preveré que dejen al muchacho en paz.

—¿Puedes garantizarlo? —preguntó mirándolo a los ojos.

—No.

—Entonces entrégame el maldito mapa.

—Lo haré, pero antes debes conocer la verdad que te hará libre. Debes jurar que la aceptarás como tal y no tomarás cartas en el asunto ni represalias.

—¿Qué puede ser peor? —se mofó.

—Deberás jurar defender a la guardia por siempre, frente a un testigo de sangre.

—Traigan a mi hijo.

Sir Jules mandó a llamar a Coraje. Mathilda entró con él.

—Wiccas —se quejó Benjhamin al verla entrar.

Mathilda ordenó que trajeran un brebaje. Todos bebieron. Al cabo de unos minutos quedaron dormidos y entraron en un trance profundo.

En la visión que Mathilda les compartió, Sir Jules lucía más joven, era de noche. Estaba parado frente a la casa de campo en Vermont y cargaba a un niño en sus brazos. Hugo, el abuelo de Coraje, le abrió la puerta sorprendido y le apuntó con su escopeta de doble caño a la cabeza.

—¿De quién es? —le preguntó al reconocer a su viejo amigo.

—Hijo de Wicca —respondió Le Blanc con tono seco.

—¿Dónde estaba?

—Buenos Aires. Uno de mis hombres lo encontró y no pudo terminar el trabajo. Lo trajo hasta Hohenzollern para que definamos su futuro. Mathilda rogó que nos lo quedáramos, pero ya sabes lo que opino sobre tener hijos.

—Ser vulnerable no es tan grave, Sir Jules —exclamó Hugo.

—Cuando el mundo recae sobre tus hombros lo es —replicó Le Blanc.

Entraron a la casa y tras una fuerte discusión en la que Sir Jules intentó atravesar al niño con un filoso cuchillo, se retiró.

—James necesita un hermano menor. Tal vez esta sea la única manera de lograrlo —fue todo lo que Hugo tuvo que decirle a Sara para convencerla; ella se sentía en deuda eterna con su esposo y no dudó en aceptar a la criatura.

Hugo Coraje no podía tener hijos. Su esposa Sara ya estaba embarazada cuando la había conocido; él le había ofrecido matrimonio para salvar su honor.

—Solo una condición —dijo su esposa—. Si va a vivir con nosotros, será criado como un hijo más. Se llamará Benjhamin, llevará nuestro apellido y nunca deberá saber su origen biológico.

Así fue como James y Benjhamin se criaron como hermanos, bajo la supervisión de Hugo, quien los instruyó en la Logia de Hohenzollern, como si fueran sus propios hijos, aunque ninguno de los dos lo era.