El secreto del dragón escondido ENTRE ALFILES
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ENTRE ALFILES

Coraje casi cae varias veces en el empinado descenso hacia el monte negro. Un despreocupado defensor le seguía los pasos. A lo lejos se escuchaban las voces y gritos de la emboscada de los Borbones para atrapar al resto de los Lores.

Coraje se vio obligado a rodear la entrada al bosque hasta el ala Noreste para evitar ser visto.

Se trataba de un paisaje tan tupido que debajo de los árboles parecía de noche.

Si seguía las instrucciones de Lord Bodellier y atravesaba el bosque por la mitad, llegaría más adelante del segundo lugar seguro.

No tenía la menor idea de qué hacer después.

Se escucharon sonar cuatro cuernos más, señal de que las demás casas habían sido eliminadas. Solo quedaban tres casas en carrera y él era el último corredor por la Casa de los Lores.

Desorientado, decidió trepar a lo alto de un árbol para poder ver más allá. A su izquierda había un pequeño claro. Probablemente aquel era el segundo lugar seguro del que Lord Bodellier le había hablado. A su derecha, en cambio, se abría un camino cuesta arriba de regreso a Hohenzollern.

Sonó otro cuerno y poco a poco comenzaron a aparecer corredores con la insignia de los Borbones y la de los Arianos en el claro.

Se los notaba alegres y distendidos. Su plan estratégico de batalla había resultado a la perfección.

Coraje estaba demasiado lejos como para oír la conversación, pero veía cómo se estrechaban las manos entre ellos.

Solamente restaba la recta final hasta Hohenzollern.

Los corredores debían pasar entre los alfiles para ganar la carrera.

Aquel corredor que primero atravesara la barrera de los alfiles y entregara su estandarte ante su retador, otorgaría a su Casa el derecho de desafiar a Sulhat en un duelo, y en caso de vencer, hacerse acreedor del doble voto ante el Consejo anual de Hohenzollern.

Se escucharon pasos. Coraje miró abajo. Era el defensor de la Casa de los Borbones, quien le había seguido el trazo. Al llegar hasta el final de sus huellas, miró hacia arriba y lo descubrió.

Comenzó a trepar. El hombre tenía espaldas grandes y brazos robustos, con poco esfuerzo logró ponerse a pocos metros.

—Es solo un juego, niño, nadie tiene que salir lastimado.

Coraje sacó el estandarte de su bolsillo.

—Eso es, muchacho. Pásalo y podremos ir juntos a ver el final de la carrera.

Se escuchó un cuerno más largo sonar y desde la copa del árbol vieron cómo los corredores emprendían el tramo final al trote hacia Hohenzollern. El defensor se acercó un poco más, estaba parado en la misma rama que Coraje. —El estandarte, niño —insistió.

Ni en los planes de este narrador, ni mucho menos en los del joven Coraje estaba la posibilidad de entregarse.

Se deslizó hasta la rama de abajo y comenzó a descender en forma atolondrada.

El defensor Borbón lo seguía furiosamente.

Apenas tres metros antes de llegar al suelo, Coraje tuvo que saltar para evitar que lo atrapara.

El defensor hizo lo mismo, con la mala suerte de torcer su tobillo al aterrizar.

—Estúpido niño —exclamó intentando ponerse de pie.

—Lo lamento —respondió—. Tengo que seguir.

—Los alfiles van a hacerte pedazos.

—Buena carrera —respondió Coraje dándole la espalda.

Aceleró hacia el oeste, Tras correr casi sin pensar durante un rato, salió del espeso bosque y divisó a los corredores Arianos y Borbones quienes trotaban suavemente emprendiendo la recta final hasta Hohenzollern, apenas unos metros más adelante.

—Buena Carrera —los saludó.

—Buena Carrera —devolvió el saludo un corredor ariano sorprendido.

—¿Cómo llegaste tan lejos, mocoso? —le preguntó un corredor—. ¿Tu padre sabe que estás acá?

—El tuyo lo sabe —respondió Coraje y los demás corredores rieron. Otro corredor, quien parecía el mayor de todos, tomó la palabra. —El muchacho está en su derecho de seguir. Niño, ¿estás seguro de querer avanzar? Detrás de esa curva, a solo 300 metros hay veinte alfiles deseosos de aplastarte.

—18 —respondió Coraje.

—Correcto, los dos alfiles de la casa de los Lores tratarán de ayudarte pero, así y todo, los demás van a hacerte comer el suelo.

—Lo he probado antes, no sabe tan mal —dijo otro de los corredores poniéndole la mano en la espalda.

Los corredores se apiñaron codos contra codos y comenzaron a trotar más rápidamente hasta la curva colina arriba.

Divisaron una muralla de alfiles bloqueando el camino a unos doscientos metros.

Más atrás un segundo cordón de alfiles esperaba para atrapar a los afortunados que lograran atravesar la primera barrera.

El descalabro duró unos pocos segundos. Se lanzaron a máxima velocidad contra la primera columna de alfiles que bloqueaban el camino.

Coraje mantenía el paso firme detrás del malón estudiando la situación.

Los alfiles fueron brutales: en menos de un santiamén quedaron apenas cinco corredores en pie que lograron atravesar la primera embestida.

Para mantenerse en carrera, tuvo que saltar entre dos alfiles que lo acorralaron colándose con un golpe de suerte en la sexta posición.

Los cinco corredores corrían en fila uno detrás del otro. La estrategia de correr en fila les brindaba una mayor oportunidad para atravesar la segunda barrera.

El choque fue nuevamente violento. Los primeros tres de la fila fueron derribados y solo dos corredores, un Ariano y otro Borbón, lograron abrirse paso a través de la barrera humana. Los seguía de cerca Coraje, quien, aprovechando la distracción, se deslizó por debajo de las piernas de un alfil.

Ya no quedaban más obstáculos entre ellos y Hohenzollern. Los tres ya estaban clasificados para que sus casas pudieran batirse a duelo entre ellas y luego retar a Sulhat.

—Buena carrera, niño —lo felicitó el corredor Borbón. El Ariano, en cambio, solo gruñó y aceleró el paso, el hombre corría como un animal salvaje.

De pronto, más adelante, divisaron a un robusto hombre de la Casa de los Dragones, parado en medio del camino. Se trataba de un alfil que no debería haber estado en esa posición. El alfil se abalanzó contra el Ariano que iba en primer lugar derrumbándolo.

—¿Qué haces aquí? —se quejó el corredor fastidiado.

—Me rezagué —dijo el alfil reincorporándose orgulloso de haber descalificado a uno de los tres finalistas.

—Maldita sea —protestó el Ariano golpeando el suelo con su puño mientras Coraje y el Borbón los pasaban a toda velocidad por al lado.

—Buena carrera —los felicitó el alfil poniéndose de pie.

El corredor Borbón y Coraje se pusieron a la par en el tramo final hacia Hohenzollern. El Borbón estaba contento. Hacía varios años que nadie de su Casa llegaba a entregarle el estandarte a su retador.

—Nos vemos en la llegada —se despidió acelerando el paso. Coraje juntó aire y se mantuvo a la par.

—No voy a ser el hazmerreír de Hohenzollern, niñito. Primero entro yo. Tú sigues detrás —ordenó el Borbón apurando el tranco.

Pero Coraje se mantuvo a paso firme sin dejar que se alejara demasiado. Sus piernas estaban tiesas, al borde del calambre.

—¿Qué tal un empate? —sugirió Coraje mirándolo a los ojos.

—Solo uno puede llevarse la gloria de la carrera de las Casas —le respondió y volvió a sacar fuerzas de quién sabe dónde para acelerar su paso, enseñándole su nuca, una vez más.